miércoles, 8 de noviembre de 2006


Un día de furia... (O "volverse loco un rato")

Para alguien como yo, que siempre me he considerado pacífico y sosegado, resulta extraño convertirse en un energumeno completamente enajenado en solo 5 segundos y, de paso, producto de esa transformación, dejar la escoba en el inmobiliario de mi hogar.
Sí. Cual olla a presión rellena de hidrógeno, terminé por explotar después de una vida de quedarme callado, evitar la confrontación y soportar estoicamente aquello que me pareciese mal. Era obvio; algún día debía ocurrir. Y ocurrió.
Por una tonta discusión (como lo son la mayoría) que se produjo en mi casa, el desayuno del sábado pasado se me arruinó. En medio de palabras hirientes, acusaciones y recriminaciones mutuas y argumentos pueriles, yo quise intervenir en favor de la paz y el entendimiento, pero mi balbuceo no fue escuchado y las palabras se ahogaron en mi laringe.
Portazos más, portazos menos, cada uno se fue enojado y enrabiado por su lado. Yo no estaba enojado, sino más bien triste y con una especie de angustia, que es lo que siempre me ocurre en estos casos.
Me di a la tarea de intentar ordenar unos cables que siempre se enredan en el televisor del living y no sé por que extraño artilugio el dichoso cable no se desprendio de su enchufe con la facilidad que esperaba... entonces sucedió...
Todo me parece hoy como un sueño y a veces no estoy muy seguro de si me ocurrió en verdad. Recuerdo algo así como chispazos. Arrojé -creo- cables y todo lo que estuviese unido a ellos por los aires, desbaraté una silla de computación contra las paredes, tiré las flores (florero incluido) al suelo y, me dijeron, quise voltear la mesa del comedor con todo lo que tuviere encima. Al parecer gritaba como poseso quizá qué sarta de incoherencias. De lo único que me acuerdo bien es que desperté de una especie de transe en el suelo, con el rostro desencajado, medio ahogado y con mi madre abarazandome e intentando que calmarme.
No hubo después de eso enojos, regaños ni recriminasiones. Lejos de lo que esperaba, sólo hubo una comprensión que a mí me parecía inverosímil. Era si como todo el mundo hacía tiempo hubiese esperado algo así de violento de mi parte. Mis enojos nunca habían pasado de amoratarme y gritar un rato. Pero esto fue más de lo que nunca me creí capaz. Y saben qué; me sentí muy bien después.
Claro que me tardé unos días en ser capaz de volver a mirar a los ojos a mi familia, pues me avergoncé profundamente de mi brutal actitud, actitud que siempre critiqué en los demás. Pero realmente fue catártico y enmancipador. Creo que fue bueno, pues debo haber botado rabias acumuladas desde mi más tierna infancia. Disipé las golpizas escolares que recibí, los motes ofensivos, las humillaciones públicas, las injusticias de las que fui objeto, los malos ratos, las incomprensiones de 26 años, ¡Qué sé yo cuánto más!
Desde hoy trataré de ser más activo en cuanto a mis emociones, señalar con más arrojo y decisión mi enojo o inconformismo. Así, si Dios quiere, nunca más volveré a explotar de esa manera.
No sería bueno que algún día arroje a un alumno por la ventana del tercer piso...

martes, 24 de octubre de 2006


La indecisión

Estoy escribiendo al fin. Me ha costado bastante decidirme a hacerlo. Vencer la inmensa abulia que me carcome desde dentro, superar esa pesadez de mi alma, que contagia cada fibra de mi cuerpo.

Con el tiempo, me he ido convenciendo de que lo difícil no es emprender una tarea; lo difícil, lo realmente difícil, es decidirse a comenzar. Y mi vida ha estado llena de esa flagelante y culposa indecisión. Probablemente, este problema proviene de la formación de la que somos el resultado. Mi carácter pasó por el tamiz incierto del pacifismo; del no molestar. "No hagas lo que no quieres que te hagan" se transformó en mi consigna, pero también lo fue el "no molestes" "no hagas el redículo" "la risa abunda en la boca de..." "La inteligencia es proporcional a la seriedad" "el espíritu prevalece sobre la carne" y muchas otras más.

Por lo anterior, me convertí desde pequeño en un ser que se debatía entre el pasar desapercibido y el sobresalir, lo que a fin de cuentas, es una mezcla de agua y aceite, algo que a la postre no junta ni pega.

En consecuencia: nunca destaqué en nada. Probablemente, fui el alumno más perfectamente estándar de mi generación. Quizá también el más deseable por el modelo educacional chileno: lo suficientemente normal para no reprobar y lo suficientemente bruto para no opacar a nadie. Fui (aunque, casi con seguridad aún lo soy) un producto fácil de digerir, agradable al paladar, pero inocuo, que no deja regusto y, por sobre todo, fácil de olvidar. Mucha gente me conoció, conversó conmigo, me sonrió, pero no me recordarían ni aunque fuésemos vecinos.

No los culpo por olvidarme. Es muy sencillo echar al olvido a alguien que jamás tuvo la voluntad de ser "algo" en la vida. Y por algo, no me refiero a tener un título o comprarse una casa o un auto. Eso lo hace cualquiera con un poco de suerte y una pizca de esfuerzo. Por ser "algo" me refiuero a "hacer algo", bien o mal, pero a hacerlo, a actuar, moverse; a arrastrar y no simplemente flotar cómodamente.

¿Cuánto no me atrevo? ¿cuánto "mejor que no" ha habido en mi vida? ¿Cuántas oportunidades desperdiciadas? ¿Cuántos sueños infecundos?

¿Decir: "me gustas" es tan difícil? ¿decir "no", decir "sí"? Evidentemente, es más fácil decir "podría ser" o "lo voy a pensar"

La mayoría de los sueños se mueren porque no se atrevió alguien a realizarlos. Yo soy uno de ésos, que prefiere mirar el bosque antes de atravesarlo, por lo mismo, nunca será un gran hombre. Para mí, las cosas y las personas, son objetos de estudio, no de pasión. Ni la religión, ni la política ni las artes. De todo sé un poco, de nada me he hecho guerrero.

Los grandes hombres son los que se atrevieron a emprender el camino, aunque después se arrepientan de ello.

Nunca es tarde, dicen. El problema es: ¿me atreveré a tomar mi mochila y salir a caminar, algún día?

martes, 17 de octubre de 2006


Años

Ha pasado un año más en mi vida. Aquí estoy nuevamente. Me pregunto, como a diario, qué será de mí mañana. Me levantaré temprano e iré a trabajar. Por la tarde volveré a mi casa para pensar en qué será de mí pasado mañana. Así es la rutina, tal vez así es la vida.
Recuerdo que la víspera de mis cumpleaños, cuando era pequeño, no podía dormir. Era emocionante cumplir años, ser más grande, recibir regalos y saludos. Si tenías suerte, hasta el o los profesores te saludaban. Tus compañeros te daban una "capotera" o te hacían un manteo.
En la adolescencia, los cumpleaños comienzan a cambiar. Muy a mi pesar, se acabaron las piñatas, las sorpresas y la leche con chocolate. Ya eres "grande" y debes hacer "carretes" con baile y ojalá "copete". Quizá por eso desde los 15 hasta los 20 no volví a celebrar mi cumpleaños. Nunca me adapté a ser un adolscente normal.
En la universidad tuve mis mejores cumpleaños. Recuerdo uno en particular. Jamás había sido tan saludado como cuando cumplí 21. Sé que es una superficialidad, pero es muy agradable que te saluden, te abracen y te deseen cosas buenas. Se siente muy bien recibir tarjetas y algún lápiz o chocolate de añadidura.
Los años pasaron por mí, como pasan por la mayoría de las personas, dejando huellas imborrables. Buenos recuerdos, grandes dolores, remordimientos incurables, alegrías y etapas que no viví. Me cuesta creer que viví tantos años preguntándome si este año encontraría un amor... ¡Qué cosas!
No puedo evitar sentirme melancólico en este momento. Pienso en lo que he hecho, pero pienso más en lo que no he hecho. Siempre es difícil aceptar que no se puede recuperar el tiempo perdido. Cuesta resignarse a que lo que no se vivió, lo que no se hizo ya nunca podrá hacerse o vivirse. No puedo volver y decir lo que no dije, abrazar a quien no abracé, besar a quien debí atreverme a hacerlo.
¿Pude haber sido otro? Sólo Dios lo sabe. La gracia está en aprender a vivir con lo que somos y seguir intentando alcanzar nuestros sueños, porque en el fondo son éstos, los sueños, los que te dan la fuerza para vencer el desánimo y la indecisión.
Lo malo es que cada día, sueño menos.

martes, 3 de octubre de 2006


Los libros y yo

Hay olores que nos encantan. Todos tenemos nuestros preferidos. Por ejemplo, cuando era estudiante, muchas veces sentía el olor de las mujeres recién perfumadas en la mañana, cuando pasaba junto a ellas en la micro. Llegué a pensar, en una ocasión, "esta mujer huele a verano". ¿Qué cosas, no?
Sin embargo, otro de mis aromas favoritos no es tan sensual como el de las bellas mujeres, pero es igualmente poderoso para mí: el olor de los libros, el olor a biblioteca, a galería de la calle San Diego. Ese olor del papel amarillo y reseco, de las tapas desteñidas, de la negra tinta sobre el papel.
¿Cuándo nació este amor por los libros, por la literatura? No lo sé a ciencia cierta, pero creo tener una noción. Antes de la reforma, no existían todos esos libros infantiles que leen los niños hoy -léase Barco a vapor, por ejemplo-, por lo que leíamos los clásicos en cuanto a aventuras se refiere. Tocó, cierto buen día, que después de leer varios Papeluchos que sí me habían gustado, mi profesora nos mandara leer Colmillo blanco. Escuché a mis compañeros quejarse acerca de lo largo que era el libro, pero, por sobre todo, sobre lo aburrido que resultaba leer. Para mí, la lectura era algo habitual. Crecí en casa de mis abuelos, mi tata leía todo el tiempo, dos o tres libros a la vez. El diario, al menos los domingos, era sagrado. En mi casa, había una biblioteca abundante y añosa. Mi padres se encargaron de aumentarla, comprando enciclopedias, colecciones y diccionarios. ¿Por qué habría entonces de resultarme fome leer?
No obstante, quizá prejuiciado por los nefastos comentarios de mis compañeros, no conseguía avanzar en la lectura de Colmillo blanco. Mi madre se dio cuenta de esta situación, y en lugar de llamarme la atención por estar viendo Pipiripao en vez de leer, hizo algo de lo que estaré agradecido por toda mi vida: tomó el libro, me dijo que me tendiera juento a ella en la cama, y comenzó a leerme. Aún no podía concentrarme y me aburría, pero ella me dijo "imagina. Imagina que es una película. Cierra los ojos e imagina". Entonces la vi. Era la nieve, los bosque, los perros y los lobos. Era Kiche y sus cachorros que aparecían, de súbito ante mí. Por primera vez en mi vida me di cuenta de estar en un espectáculo creado para mí. Era el director de la película, tenía el guion, ahora solo debía filmarla. ¡Qué maravilla fue ese día!
Desde ese entonces, jamás dejé de leer, y mi apetito ante los libros solo era comparable con el de los helados.
Prácticamente todos los clásicos Zig-Zag pasaron ante mis ávidas pupilas. Julio Verne, Salgari, London, Manuel Rojas... ¡Qué humanidad hay en Manuel Rojas! ¡en sus personajes desarraigados y sufrientes, pero poseedores de una dignidad universal! Muchos años después, esas características las encontré en los personajes de Óscar Castro y su maravillosa La vida simplemente.
Fui reprendido duramente muchas noches a causa de mis deseos de leer hasta altas horas, y creo que debo usar gafas hoy, por el mal hábito de leer con la luz apagada y bajo la colcha. Y probablemente, mi papá nunca sabrá que fui tan feliz, cuando a mi hermano y a mí nos leía cada noche un fragmento de 20.000 leguas de viaje submarino.
Había leído a chilenos y europeos, pero a casi ningún hispanoamericano, pero cuando gané el concurso de cuentos de mi liceo, el premio fue un libro: Crónica de una muerte anunciada. ¡Aquello fue encontrarse con otra realidad, que a mis quince años, era incapaz de explicar!
En mi mente, todavía retumban esas palabras como si fuesen parte de un conjuro: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Tan maravillosa como Cien años de soledad es la novela de amor más humana que he leído, y también es de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
Perdón, ya sé que me estoy extendciendo demasiado, pero ¿Cómo dejar afuera a Borges y Cortázar?, ¿si son capaces con sus cuentos de ganarte por knock-out y dejarte en silencio y con los ojos abieros por largo rato? ¿Cómo no mencionar a Benedetti y su Tregua, que me dejo llorando una hora sobre la cama? ¿Cómo no nombrar a Kafka, a Carpentier, a Camus? ¿Cómo no contarles que yo también sufro de los mismos males de Martín Romaña, trasunto de Bryce Echenique? ¿De qué manera no hablar de los traumático y fascinate que resultó leer 2666 o Los detectives salvajes del finado Bolaño? ¿Cómo no hacer una pequeña referencia a un Gigante Egoísta, a Un Príncipe feliz o a un Fantasma de Canterville? ¿Es posible no hablar de la poesía alada de Neruda, la sensualidad de Garcilaso, la desasón de Mistral, la profundidad de Quevedo, la acidez de Parra? Imposible y doloroso resultaría para mí dejar a alguien fuera.

Favor no se molesten, ya me llevo mi boca.
Para terminar, solo quisiera hacer mención al mejor libro que existe (y si alguien no está de acuerdo, que se atenga a las consecuencias), y, lo siento Señor, no me refiero a la Biblia, sino a El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Por ahí decía un famoso quijotista: "dichosos los que no han leído el Quijote, pues aún tienen algo importante que hacer en la vida".

Disculpen el apasionamiento, pero habló un hombre que sobre el papel, ha podido ser muchas veces, lo que nunca será en la realidad.
Vale.

miércoles, 20 de septiembre de 2006

La "Maldita" primavera.

Como todos los años ha llegado la primavera. Ya sé que en este momento, desocupado lector, está pensando en que lo que acabo de señalar es una obviedad, pero permítame esa licencia.
Durante años -tal vez por 20 años-, me dediqué a maldecir la estación de la flores. Desde el momento en que una brisna de viento llegaba a mi rostro trayendo el perfume de las flores en ciernes, mi ánimo, si es que aún era posible, empezaba a disminuir. Y es que me quedaba tan bien el frío y la lluvia. La hojas secas, la tierra húmeda, los vidrios empañados, los abrigos largos y los paraguas. Pero no, por más que lo deseara, la vida a la que tanto temía avanzaba avasalladora ante mí, sobre mí.
Escucahaba a la gente decirse, amorosamente, "¿Escuchaste a los pajarillos cantar hoy en la mañana?" "¿Oíste al zorzal trinar?". Y claro que lo había oído, cochinos pajarracos, despertándome a las cuatro de la mañana con su estridente gritar y gritar. Y qué decir de las policromáticas flores: ¡que bellos colores, qué hermosas texturas, qué maravillosos perfumes, QUÉ INCRÍBLES PARTÍCULAS DE POLEN!... y así, tener que sonarse constantemente, tomar clorfenamina, tener que respirar las pelucitas que soltaban los plátanos orientales que algún paisajista, de cuya madre siempre me acuerdo, tuvo la genial ideas de plantar por casi todo Santiago.
Se nos va septiembre, nos viene octubre. A diario ver noticias de suicidas, soportar crepúsculos de película, mirar un cielo celeste, surcado por algodonadas nubes y volantines cortados, a su vez, estos últimos, perseguidos por mocosos dispuestos a dar su vida por un trozo de papel con dos palos de coligüe.
Para que hablar de lo desagradable que resultaba no poder pasear tranquilo por plazas y parques. Intentar caminar por el césped y tropezar con cientos, con miles de parejas jurándose amor eterno, besándose con pasión, haciéndose arrumacos. ¡Me cortaban la digestión! Desde lejos los miraba con saña. "por que no se van a estudiar mejor" pensaba mientras fruncía aún más el ceño y ponía mi cara más torva. Por dentro, desde mi centro, desde el corazón mismo manaba como de una fuente, la bilis que me corroía hasta la médula.
Pero, sin lugar a dudas, lo que más me enfermaba, era la secreta certeza de que nada era cierto. Saber, muy dentro de mí, que no odiaba la primavera, que me gustaban los días soleados, que habría querido llevarme todas las flores conmigo. La verdad, tan cierta como que hay Dios, de que era una envidia casi piadosa la que me impulsaba a insultar a los amantes primaverales y sus caminares de la mano. Me gustaba el invierno, porque en mi amargura, en mi eterno vestir de gris, pasaba desapercibido, la gente no me veía, no necesitaba explicar mi soledad. Creía, realmente, que mis largos abrigos ocultaban mi existencia; como si el paraguas ocultara la vergüenza de querer amar y no encontrar a quién ni cómo.
Hoy, aún tengo que tomar antihistamínicos, pero la primavera se ha reconciliado conmigo. Perdón, yo me reconcilié con ella. Me cuesta reconocerlo, pero sí me gusta la primavera, tanto como tener a ese alguien con quien compartirla. A ese alguien con quien caminar de la mano por los parques, a pesar de tener que estar sonándome a cada rato. Tener, por fin, a quien regalar mis flores que crecieron al aparo de la sombra por tanto tiempo.
Y llegará la primavera todos los años, porque como dijo Neruda: "podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera".

miércoles, 13 de septiembre de 2006


¡¡¡Güeragüeragüei!!!

¿Qué nos hace chilenos?
La respuesta no es sencilla. O quizá lo es demasiado.
En estricto rigor, nacimos en un territorio delimitado y nuestra acta de nacimiento nos confirma de nacionalidad chilena. Lo dice nuestro carné, nuestro currículo y el hecho de que la mayoría conoce la Canción Nacional (al menos la parte que siempre se canta).
Sin embargo, no podría decir que eso me hace chileno. Es más fácil decir que NO me hace chileno (entiéndase que es una opinión muy personal):
- La selección de "fúrbol" y mucho menos las mujeres que orbitan a los furbolistas.
- La mal llamada farándula
- El patriotismo exacerbado (más bien el chovinismo)
- Los chistes de chilenos ("porque, se han fijado, la picardía del chileno...")
- Las dictaduras
- El Chino Ríos
- Las fondas
- Los mall y todas los "parade" aunque sean love
- Los avisos comerciales de cerveza
- ETC, ETC...

Ahora, que me hace sentir chileno:
- Nuestra historia, aunque tenga muchos yerros (es obvio, ¿no?)
- La democracia
- Pedro Aguirre Cerda
- Los poetas
- El San Cristóbal, el Mapocho, El Maipo, la cordillera...
- El olor de la tierra húmeda del sur
- La humitas con harto tomate debajo de un parrón...
- Los obreros, los profesores... los estudiantes
- La hermandad hispanoamericana
- El castellano
- La injusticia (porque nos obliga a combatirla)
- El padre Hurtado
- La cueca
- Valparaíso, Chiloé, Isla Negra, Valle del Elqui...
- Etc...

Pero, pese a todo, creo que lo que más me hace chileno es que, aunque quiero conocer el mundo y salir, no me gustaría vivir en otro lado que no fuera este pedazo de tierra y mar "que nos dio por baluarte el Señor", porque acá, en Chile, nos quedan muchas, muchísimas cosas buenas por hacer.
¡Viva Chile, mierda!

jueves, 7 de septiembre de 2006


Vampiro soy.

Lo venía sospechando hacía tiempo. Pero ya lo he confirmado plenamente. Soy un vampiro. Pero a diferencia del seductor conde Drácula yo no chupo la sangre de nadie. Claro está que tampoco tengo castillo ni capa, y tampoco tengo la facultad de transformarme en murciélago y, pese a que no me gustan los ajos, no resultan mortales para mí. En cuanto a una estaca en el corazón, creo que eso sí podría matarme.
Mas lejos de bromas, sí creo tener algo de vampiro en mi ser. Cuando estoy solo, me es fácil caer en la melancolía y en la tristeza. Cuando me encuentro rodeado de gente, cuando puedo conversar, bromear, aprender o enseñar, me siento alegre, "nutrido", se podría decir.
Y es que soy el vampiro de las alegrías y energías de las personas. Chupo su vitalidad, succiono sus esperanzas y anhelos, sorbo las pequeñas tragedias cotidianas. Me alimento de sus historias.
En cierta forma, proyecto mi vida en sus vidas. Me pregunto cómo sería vivir sus experiencias, estar en sus pellejos. La imaginación debe ser otro regalo de Prometeo a los hombres. Y es que cada persona es una historia que se relaciona con otro y ésta con otra hasta el infinito. Todos somos círculos que nos interceptaremos en algún punto, infinitamente.
Si me preguntaran, diría que soy copuchento. Me encanta escuchar historias ajenas; imaginarme el rostro de la mujer infiel, del marido cornudo, el patrón explotador, el cabro chico insoportable. Escuchar chistes y bromear. Esa es la sangre que succiono de los demás, impúnemente.
Y esas vidas de otros, también las vivo yo, y puedo ser muchos más, en un tiempo.

domingo, 3 de septiembre de 2006


Tenemos Parranda parra rato...

Así es, queridos ciudadanos. Así que, sáquense los cocodrilos de los bolsillos y dense un tiempo para visitar las Obras Públicas de Nicanor Parra en el centro cultural Palacio de la Moneda. Estoy seguro que se divertirán o se ofenderán, pero no quedarán indiferentes. Les dejo un jeroglífico para que se diviertan mientras:

TBC
TπC
TKG
TDG
IBB
GGG

;-)

viernes, 1 de septiembre de 2006


About me...

Quizá alguien se preguntó por qué "De vocación amarga..." El siguiente fragmento de una gran novela lo expresa de una manera imposible de superar. Definitivamente, ando en mis días amargos. Disfrútenlos.

La "esperanza" de volver a verla (reflexionó Bruno con melancólica ironía). Y también se dijo: ¿no serán todas las esperanzas de los hombres tan grotescas como éstas? Ya qué dada la índole del mundo, tenemos esperanzas en acontecimientos que, de producirse, sólo nos proporcionarían frustración y amargura: motivo por el cual los pesimistas se reclutan entre los ex esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades. Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante, aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse siempre fuerte y vigoroso, necesitase de vez en cuando de un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión.

Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas.

jueves, 31 de agosto de 2006

Un día de esos...

Hoy fue un día de esos.
Fue uno de aquellos días en que se piensa, simplemente, no debí levantarme. No, no debí. No tomé desayuno, salí atrasado, llegué corriendo a mi trabajo... y el día recién empezaba.
Siempre tuve el anhelo de ser como una piedra "porque ésa ya no siente", pero Dios se encargó de hacerme más sencible de lo que quisiera. ¿En qué podría afectarme que una alumna me falte el respeto? Soy adulto, estudié pedagogía y se supone que sé manejar esas cosas. Pero no es cierto. Me duele. Me afecta. Mis alumnos ni imaginan cuánto me duele cuando no puedo hacer una clase por el desorden y el bullicio. Ni piensan cuán apenado me siento cuando sé y los veo haciendo otras cosas, escuchando música, comiendo en clases, hablando por celular. Por otro lado, el experto soy yo. Pero quisiera ser como esa piedra a la que ni el aire o la humedad traspasan. Pero soy una esponja de mar, en un mar tan inmenso. Me siento, de pronto, el hombre más incapaz y solo del mundo. Solo ante Dios.
Me enteré, en la tarde de una noticia trágica. No la comentaré. No tendría sentido hacerlo. Trato de mantener la compostura, de mantenerme sereno, como una persona adulta (recuerdo: persona significa máscara), pero apenas soporto las náuseas y las ganas de salir corriendo y sentarme en un parque, en un café o en cualquier lugar en que pueda respirar. Sin embargo, no escapo. La vida no es (y no tiene porque ser) un lecho de rosas. Después de todo, si yo sufro, ¿No sufren, acaso, también los demás? Y si río, ¿no hay quien ría también?
Probablemente mañana, ante la puerta del carro del metro, viendo mi reflejo en el vidrio, volveré a pensar "¿y si no bajo?. ¿Y si sigo de largo?" No lo haré, lo sé. La libertad y la imaginación son tan amigas como lo son la responsabilidad y la razón.
Mejor me voy a dormir, ya ni sé lo que digo. Me demoré en escribir porque, para coronar el día, no me funcionaba el mouse ni los puerto USB. Uf.

Después de todo, como bien se dice en la última escena de Lo que el viento se llevó, "Mañana será otro día".
Gracias a Dios.