lunes, 14 de marzo de 2011

Un año menos






A pesar de lo racional (o mejor dicho, occidentalista) que intento ser, muchos fenómenos que enmarcan el gobierno de Piñera no me cuadran. Como si la naturaleza se tomara una revancha ante el aura de exitismo que rodea a nuestro presidente de la República. Una especie de canje karmínico, una compensación. No puedo dejar de pensar en lo que alguien me dijo una vez: "Quien tanto tiene, que incluso le sobra, es porque ha cogido lo que no le correspondía, obviamente, privando a otros de su parte". Hace un par de días, se cumplió el primer año del gobierno que se autodesignó como "el de la excelencia". Nuevamente, las celebraciones se vieron absolutamente opacadas por las tragedias de la naturaleza, que a diferencia de lo que ocurrió durante la ceremonia de cambio de mando, ahora venían -literalmente- del otro lado del mundo. El atroz e inconmesurable terremoto de Japón y el posterior tsunami concentraron con  razón la atención del mundo y, obviamente, la de los chilenos. 
Su Excelencia, probablemente, debe haberse sentido por segunda vez como personaje de relleno en su propia obra. Tal como cuando asumió y los diarios y noticieros dieron mayor cobertura a las réplicas y las caras de espanto de los asistentes al congreso, ahora apenas si hubo una que otra mención a los actos oficiales del primer año de un gobierno de derecha democrática después de más de cincuenta años. Un duro golpe para alguien con un ego inflamado por años de buenos y suculentos negocios que lo convirtieron en uno de los hombres más ricos del planeta.
Lo cierto es que, para el 50% de los chilenos que rechazamos el gobierno (de acuerdo a las encuestas más pro gobierno), este ha sido un año que si bien no fue un caos atroz, tampoco tiene nada que celebrarle. Chile no es hoy mejor de lo que fue ayer, sino que, por el contrario, las injusticias se han profundizado aún más y el modelo se consagra a cada instante ante la apatía enervante de los chilenos.
Los más ricos han encontrado en el gobierno de Piñera las mejores oportunidades para hacerse aún más ricos (cabe recordar que la fortuna de S.E. se incrementó en 200 USD solo el 2010, y eso que estaba "fuera" de los negocios), y además, ahora no solo son ricos, sino también poderosos, pues se hicieron también del poder político. Nadie se engañe ni espante, este es un gobierno de los empresaurios empresarios.
La concreción de las promesas de campaña no se ha dado, y solo se manifiesta a través de "ideas de proyectos de ley" que aún no se presentan al congreso y quién sabe cuándo lo harán. Así que los jubilados podrán morirse esperando el fin del 7% de cotización de la salud, o las mujeres el post natal de seis meses, que incluso como proyecto, es discriminatorio y deja fuera a todas las mujeres que laboren al margen de contratos estables (lamentablemente, una gran cantidad).
Mientras, todas las reformas de fortalecimiento a los derechos laborales se encontraron con el muro llamado Evelyn Matthei, que no por nada es hija de uno de los generales de la Junta Militar que gobernó Chile en el terror por 17 años. Matthei representa a la más rancia y reaccionaria derecha chilena, esa que aún ve peones de fundo y encomiendas de la realeza. Ni hablar, entonces de sindicalización universal o fortalecimiento de la Negociación Colectiva. Si se vislumbra la "flexibilidad laboral", lindo eufemismo para hablar de precarización del empleo y más explotación con salarios bajos. 
En materia de educación, y con la venía de la Concertación, a estas alturas un Zombi de la política chilena, se aprobó la "revolucionaria" reforma educativa que, básicamente consiste en alejar lo más posible al Estado de la función docente, desfinanciar a las universidades públicas hasta ojalá acabar con ellas, y hacer más y más horas de clases a los escolares. Pura educación bancaria, como diría Paulo Freire que al ver el proyecto, debe todavía estar revolcándose en su tumba. A este paso, en una década no habrá escuelas públicas en Chile, ni universidades estatales.
So pretexto de reconstruir el país, se decidió modificar el impuesto a las mineras. Se les aumento una misería la tasa, pero se les garantizó casi dos décadas de impuestos sin alzas. Negocio redondo para las transnacionales que se llevan el oro, la plata, el litio y el cobre de Chile sin pagar casi nada por ello. 
¿Y la reconstrucción? De acuerdo al gobierno un éxito. Miles de chilenos con un papelito que los acredita como poseedores de subsidio de reconstrucción... aunque el papelito es más bien como esos números para ser atendido en alguna repartición pública. Van en el número 50 y la mayoría de ellos tiene del mil para arriba. Mientras, otro invierno en el barro, en mediaguas, sin agua ni alcantarillado. 
Los que sí no se mojarán este invierno son los regalones de la intendenta del Biobío, Jacqueline Van Rysselberghe, quienes gracias a unas "mentirijillas" piadosas de la intendenta, consiguieron subsidios que estaban destinados a los damnificados. En cualquier país que no fuera Chile, una actitud como la de la intendenta hubiese significado su cabeza en una pica (desde un punto de vista político, me refiero), pero acá, por miedo a la extrema derecha (A.K.A UDI), se legitimó la corrupción y la mentira como forma de hacer gobierno. Así que ya sabe, gánese el favor y el compadrazgo de alguien en el gobierno si quiere obtener algo.
¿Y para qué vamos a enumerar las pequeñas tragedias diarias? El alza de casi 30% en los pasajes del transporte público en solo un año; el encarecimiento de los alimentos y combustibles, la nula mejoría en la atención pública de salud; el fin del bono marzo y el bono de invierno de los jubilados (con los que lo abuelos más pobres compraban sus remedios o la parafina con que capear los fríos inviernos); la construcción de por lo menos tres centrales térmicas de combustibles fósiles que contaminarán pueblos y naturaleza intacta (a pesar de que en campaña se prometió lo contrario); la represión a los pueblos originarios; la concentración de los medios de comunicación; el masivo despido de funcionarios públicos; la privatización de los pocos recursos que quedan de un antiguo Estado social; las vergüenzas que nos hace pasar el presidente cada vez que abre la boca, etc., etc.
Lo peor, es que la oposición prácticamente no existe y nadie se atrevería a afirmar que con la Concertación en el poder, la cosa sería muy distinta. Recordemos que durante casi veinte años perpetuaron un modelo que en el discurso decían odiar, pero que en la práctica les permitió dormitar en los laureles gracias al stato quo que cimentaron.
Pues bien... paciencia, paciencia. Solo quedan tres años. 
De alguna manera, nos la ingeniaremos para no solo sobrevivir, sino además, hacernos más fuertes.
Vale.