miércoles, 9 de junio de 2010

Lo que Chile no sintió



¡Ay, si el desatino tuviera límites! Pero no, señores. No lo tiene. Así como la estupidez humana que tampoco  tiene. Bien nos lo demostró nuestro a estas alturas ex embajador en Argentina que, en un arranque de sinceridad derechista pocas veces visto, se mandó unas declaraciones dignas de ser grabadas en bronce y guardadas en  los anales de la Historia universal de la estupidez. Lo hizo, además, en uno de los medios más importantes y difundidos de la república Argentina. Lo hizo, a sabiendas, de que nuestros hermanos argentinos sintieron también en carne propia los rigores de una dictadura militar, lo hizo a pesar de que por más que él, la derecha y el actual gobiernos han intentado una y otra vez echarle tierra encima a la historia reciente de nuestro país. 

La entrevista aparecida en El Clarín en sí es bastante insólita, Basta con leer que nuestro embajador no tenía idea que Estados Unidos había tenido algo que ver con  el golpe de Estado ("pronunciamiento militar" lo llama él, lindo eufemismo), quizá también ignora que no solo en Chile, sino en toda Latinoamérica. Pero yo solo quiero detenerme en una de sus declaraciones: la de que la mayoría de Chile no sintió la dictadura, es más, se sintió aliviada de vivir en dictadura.

Yo esperaría que una persona de más de treinta años se sintiera profundamente ofendida por estas declaraciones. Y claro, como no, si las palabras del embajador Otero equivalen a decir que las personas en Chile se sintieron felices de pasar casi dos décadas sin la molesta obligación de elegir a sus autoridades. Casi veinte años liberados de pensar, disentir, poner el grito en el cielo si se le daba la gana. Quiso decir, el señor Otero, que por todo el régimen militar la gente no sintió miedo del carabinero en la esquina, del auto estacionado frente a la casa, de meterse al sindicato, de participar en una reunión política por inocente que fuera. No, claro que no. La gente no sintió que le privatizasen las empresas que eran de todos, que las vendieran a precios irrisorios, entre cuatro paredes. La gente no sintió nada cuando ponía y ponía recursos de amparo para que el ministerio del interior se dignara a decirles dónde estaban sus familiares subidos en plena vía pública a la fuerza en siniestros Opalas negros. No, queridos lectores, los chilenos no sintieron nada cuando pasaron casi diez años con toque de queda, cuando se acabaron los teatros, las peñas, los shows de revista, las inocentes fiestas familiares sin autorización previa de la autoridad competente. No sentían nada cuando civiles no identificados se apersonaban en las fábricas, en las colas del banco, en las salas de espera de los hospitales... nada de nada se sentía cuando en 17 años no se levantó un hospital, no se compró un vagón de tren, cuando se municipalizó la salud y la educación, cuando se impuso una constitución de chiste con chilenos de primera, segunda y tercera clase... cuando se les redujo en dos tercios la pensión a los pensionados, cuando se privatizó el fondo de pensiones... no, seguramente los obreros no sintieron nada cuando una a una las fábricas se fueron cerrando, cuando el vecino no regresó nunca más del Estadio Nacional, o de Tres o Cuatro Álamos... o si regresó, digamos de Villa Grimaldi, de Venda Sexy, de Londres 38, ya nunca fue el mismo...

No. No sentimos nada. Cuando a mis seis años mi papá lloraba por los compañeros degollados y tirados a la orilla del camino. No, nada se sintió cuando unos años después, en Pisagua, aparecían esas personas vendadas, amarradas de pies y manos, apiladas unas sobre otras, aún con sus lentes, con sus camisas, con sus billeteras, como detenidas en el tiempo... fusiladas sin un proceso, sin el derecho a un abogado ni a un juez, sin derecho a un velorio, a un entierro, a una misa por sus almas. 

Se equivocó señor ex embajador Otero. Usted quizá no sintió la dictadura. Usted y sus amigos. Pero la mayoría de los chilenos sí la sintieron y sus efectos se sienten hasta hoy. Porque gran parte de lo malo que somos hoy se lo debemos a esa dictadura y a gente como usted, señor ex embajador Otero.

lunes, 31 de mayo de 2010

Mala gente que camina y va apestando la tierra...


"En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,


y pedantones al paño 
que miran, callan y piensan
que saben, porque no beben
el vino de las tabernas


mala gente que camina
y va apestando la tierra..."


(He andado muchos caminos, fragmento. Antonio Machado)

Quisiera no tener que escribir esto. Quisiera que mi espíritu, mi alma, lo que hay dentro de mi ser entero no me empujase, no me obligase a escribir cosas desde el dolor, desde la rabia, desde la desazón. Porque hoy me cuesta creer en las personas, hoy me cuesta ver en los otros a mis hermanos, y no deseo el futuro sino el castigo y me siento menos bueno. 
Y es que no entiendo, mi Dios, verdad que no entiendo. ¿Por qué, Señor? ¿Por qué personas, hijos tuyos, hermanos míos, pueden actuar así, como actúan, fuera de toda lógica, fuera de todo amor, fuera de la más mínima misericordia? 
Mi hermana salvó una perrita. La salvó de una muerte segura, por frío, por hambre. La salvó después de que sus dueños la tiraran a la calle, solo porque se aburrieron, porque quizá ensuciaba o tenían que gastar dinero en su alimentación. Mi hermana la salvó. Le dio comida. Le compró una casita. Y el animal se lo agradecía a diario, con su cola, con su compañía, con su alegría al verla a lo lejos. No podía traerla a casa, porque con tres perros ya no nos quedaba espacio, pero siempre buscó que estuviera mejor. Que no se mojara en la lluvia, que no pasara hambre, que no se la comieran viva las garrapatas. En casa le ayudábamos. Quizá intentando no encariñarnos, pero era inevitable. Y como podíamos le comprábamos alimento, remedios, antiparasitarios. Inclusive íbamos a esterilizarla para que no diera problemas, para que no molestara a nadie.
Aún así, vecinos furiosos nos conminaban a espantar al pobre animal, a deshacernos de él. Que es una locura gastarse el dinero en eso. Que afea el ambiente. Las críticas venían, inclusive, de quienes botaron a la calle a la pobre perrita. Y sin embargo, mi hermana siguió adelante, intentando hacer ver a las personas que la culpa de los perros callejeros no es de los perros, pero si las personas cree que la pobreza se origina porque hay pobres... poco podía hacer mi hermana.
Así que, un día, aprovechándose de la ausencia, se llevaron a la perra. Solo Tú, Señor, sabes qué le hicieron y dónde la dejaron. Sólo Tú, Señor, que no me contestas, sabes si vive, si está bien o sufre. Solo Tú puedes dimensionar el dolor de mi hermana. 
Quizá Tú si entiendes los por qué, Dios. Yo no puedo. Yo no sé siquiera si quiero entender. Solo sé que hay días, como hoy, que quisiera castigos, quisiera venganza, quisiera blandir una espada sangrienta. 
Te preguntarás, amable lector, de qué me extraño, de qué me espanto. ¿No han sido seres humanos quienes construyeron campos de concentración, sillas eléctricas, aparatos de tortura? ¿De qué te extrañas ahora? Si un hombre es capaz de matar a otro por unos pesos... ¿No es mucho más capaz de matar a un pobre perro?
Hay tanta, tanta mala gente que camina por la tierra... pero el poema de Machado tiene una segunda parte. Y, entonces, veo a mi hermana. Y ya no quiero tanto el castigo como la justicia. No quiero tanto la venganza como la paz. Y todavía dentro de mí creo que puede haber futuros, y que podemos ser "Buenas gentes que laboran, pasa y sueñan. Y en un día, como tantos, descansaremos bajo la tierra". 

jueves, 20 de mayo de 2010

Attack of the red jackets! (o dejar al gato cuidando la carnicería)





Pensar que hace solo unos años, unos cuantos lustros apenas, el color rojo se relacionaba con todo lo malo, lo "demoníaco", por así decirlo. Los "curas" rojos eran perversos seres que ayudaban a esconderse a los terroristas que se oponían al gobierno. Los "rojos", así, a secas, eran esos anacrónicos comunistas que seguían pegados en la "UP" y sus mil días del terror. Se nota que hoy han cambiado los tiempos. Hoy, nuestras flamantes autoridades se han "empoderado" (palabrita que mucho les gusta y rescataron del diccionario de Corominas) del rojo. Sí. Cuales repartidores de pizza y con la patriótica e incomprendida tarea de rescatar nuestro escudo patrio, las nuevas autoridades se mandaron a confeccionar vistosas y 100% nailon chaquetas rojas con el escudo por delante y por detrás (me recuerdan un poco al traje del hombre araña).
Y así de presidente a paje (que vendría siendo algo así como gobernador o subsecretario) se pasean sobre las ruinas de las ciudades prometiendo más "viviendas de emergencia", ese lindo eufemismo para "casuchas", que permitan a las personas no seguir congelándose o mojándose en este invierno que se nos viene. 
Pero las chaquetas rojas aseguran protagonismo, aseguran resaltar entre el grupo. Dan la sensación de estar siempre en acción, trabajando o repartiendo pizzas, pero moviéndose. Con todo, las chaquetas parece que no son de muy buena calidad, porque ya se están deshilachando, es decir, en buen chileno, están mostrando la hilacha.
Nuestro ministro de salud era dueño de una de las clínicas más importantes del país y, ups!, el hermano del presidente choca a una persona, se fuga del lugar, se va a la clínica y recién le practican la alcoholemia 13 horas después...
Nuestro presidente es dueño de un importante canal de televisión y, ups!, debe nombrar al director del canal estatal nacional: TVN...
Nuestro ministro del interior, que pide a diario altura de miras y sensatez, asiste al congreso y no encuentra nada más inteligente que ofender a un diputado con información que encuentra en el Facebook de alguien anónimo...
Nuestro presidente, que fuera dueño de una importante línea aérea, la vende después de muchas presiones, pero con una hábil triquiñuela consigue pagar menos impuestos. La legalidad de esa triquiñuela debe ser revisada por el director de impuestos internos pero, ups! he did it again, el director es nombrado por el presidente...
Podríamos seguir, pero sería más de lo mismo. Nuestro presidente, en un derroche de inteligencia, señaló en Argentina que "Solo los santos y los muertos no tienen conflictos de interés", pero por lo visto el 95% de los chilenos estamos muertos o hemos sido ascendidos a los altares, porque no tenemos conflictos de interés en nuestro días a día. 
Lo que hoy ocurre con nuestras autoridades es uno de los grandes enemigos de la democracia: la concentración del poder. El poder económico, los medios de comunicación y, finalmente, el poder político. Todo cargado hacia una derecha voraz y ultraconservadora. Y aunque realmente nunca las autoridades incurran en delito o falta alguna, la sombra de la duda estará allí, lo que puede terminar siendo aún más dañino. 
Hemos de esperar que las chaquetas rojas solucionen de verdad sus conflictos de interés a la brevedad, aunque si he de ser sincero, lo dudo bastante, porque hasta ahora el pueblo a través de su voto, votó para dejar a los gatos que mientras más comen más hambre tienen, cuidando la carnicería.

martes, 27 de abril de 2010

"La Verdad os hará libres"



"Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la Verdad; y la Verdad los hará libres". Juan 8:32


A quienes nos consideramos católicos, cómo nos ha dolido lo que ocurre con nuestra iglesia. A veces, se puede sentir uno solo contra el mundo. Cuando escuchamos a la gente decir cosas como: "Todos los curas son pedófilos", o "que la iglesia ya no tiene nada que dar a los hombres", no podemos dejar de dolernos. Me duele mi iglesia.

Me duele por sus propios errores. Me duele por las faltas de unos pocos que pagan muchos. Me duele porque no se actuó desde el principio como se debía, intentando encubrir, trasladar, olvidar lo que ocurría. Me duele por la soltura con que muchos hablan, los medios opinan y algunos prevarican. Me duele, sobre todo, por las víctimas, por quienes depositaron su amor, su fe en personas que debían estar al servicio de Dios, de Cristo y su pueblo, y se aprovecharon de su condición para cometer algunos de los crímenes más horribles contra otro ser humano. 

Hace tiempo que, lamenteblemente, la iglesia católica ha estado equivocando el rumbo. En Chile esto es claro y evidente. Durante los 70 y 80 fue una verdadera columna vertebrar de la sociedad chilena herida. Fue la que defendió a los indefensos. Fue la que alimentó a los habrientos. Fue la que protegió a los perseguidos. Fue la que se atrevió a hablar, siempre con la paz, a los dictadores. Pero en nuestros días, la iglesia se ha alejado de su pueblo. Se ha alejado de la acción social. No está, como se dice en buen chileno, "donde las papas queman".

Mucho obispo y mucho cardenal de "oración y espiritualidad", pero muy pocos de "acción y participación". No creo que el maná caiga del cielo para los pobres solo con esa espiritualidad. No caerá porque el maná lo tienen acaparado unos pocos y se lo venden en cuotas a los muchos. 

La iglesia debe decir la verdad y pedir perdón por lo que tenga que pedir perdón. Con humildad y con fe en su propio futuro. Pero las sociedad entera también debe dejar la hipocresía de lado. Para muchos es harto más fácil ser un críticos desinformado que un cristiano comprometido.

Tengo aún fe en que la iglesia avanzará hacia un futuro mejor. Tengo fe en que será más abierta al diálogo y la participación. Tengo fe en que así como salió fortalecida del Concilio Vaticano II, tiene ahora también la oportunidad de hacer grandes cosas para estar cada vez más cerca de su pueblo. 

Porque sigo creyendo en Dios. Porque sigo creyendo en la Verdad y sé que la Verdad nos hace libres.

martes, 6 de abril de 2010

¿Es Chile un país solidario?


Hace ya unas cuantas décadas, ese gran hombre a quien tan atinadamente el presidente Lagos llamó "padre de la Patria de nuestros tiempos", San Alberto Hurtado, se hizo una pregunta que en la sociedad chilena de la época sacó más de una roncha: ¿Es Chile un país católico?

Desde la perspectiva del padre Hurtado, un país que mayoritariamente se decía y declaraba católico, es decir cristiano, no podía vivir tan sumido en la injusticia social y en la iniquidad que condenaba por generaciones a las personas a padecer la miseria más abyecta y la explotación más brutal. No podía concebir nuestro santo que quienes más católicos se declaraban fueran a la vez los que más acaparaban para sí las riqueza, más explotaban a sus trabajadores y, lo que es peor aún, eran quienes más cerraban los ojos ante las flagrantes injusticias que veían por doquier.

Han pasado muchos años desde entonces. Ya no cabría quizá preguntarse si Chile es o no un país católico (cada día somos menos los que nos reconocemos bajo esa fe), pero sí vale hacerse la pregunta: ¿Es Chile una país solidario?

Desde pequeños, ya en la escuela, se nos decía que nosotros, los chilenos, éramos un pueblo valiente, patriótico y solidario. Nuestra buenas, pero miopes, profesoras nos daban largas peroratas acerca de esos valores tan fundamentales de nuestra idiosincracia. Y claro, juntabamos monediatas de a peso o de a diez en cajitas de cartón para al cuaresma, o por octubre, en cajas de zapatos, juntabamos las chauchas para la Teletón, y nos hacía felices saber que esas moneditas, cual milagroso objeto, permitirían a un niño, a un par, ponerse de pie, caminar, tal vez ir al colegio o salir a jugar. Y los buenos curitas del catecismo, nos decían que nada agradaba más a Dios que ayudar a nuestro prójimo, pero aún más si nuestro prójimo ni se enteraba que lo estabamos ayudando. "Que nunca sepa tu mano izquierda lo que hizo tu derecha" me decían, y para mí eso se transformó en un axioma de vida.

Y las encuestas, los medios de comunicación, la gente común y corriente en la calle afirman con orgullo: "somos un pueblo solidario. Cuando hay que ayudar ayudamos", y se sonríen y se sienten satisfechos y duermen cómodamente y sin sobresaltos por las noches.

Pero... yo no estoy de acuerdo. No somos más solidarios que cualquier otro país. No nos distingue la solidaridad y, menos aún, nos da superioridad moral alguna. No, perdónenme en verdad, pero no. Chile no es un país solidario. Y no los somos porque nuestros "pecados" como sociedad son tanto de acción como de omisión.

Las tragedias que cada cierto tiempo nos azotan, hacen que sintamos la necesidad de ayudar y de que no ayuden y protejan. Y nuestros mesías de los mass media nos aúnan en campañas para ir en ayuda de quienes más nos necesitan. Y, al igual que la viuda pobre que da sus dos monedas de cobre, millones de chilenos donan lo que pueden para ayudar, porque realmente creen que ayudan. Pero tras la viuda pobre, aparecen los fariseos que dan sus millones de monedas de oro. Y quienes observan se sorprenden y maravillan y dicen "Qué buenos son estos señores empresarios que donan mil millones para la reconstrucción" Pobre gente ilusa... no saben que nunca es bueno el que pregona de serlo.

Vamonos por parte.

No puede el nuestro ser una país solidario si un pequeñísimo porcentaje de él concetra casi el 80% de las riquezas, y nos las comparte ni tiene intenciones de hacerlo. Si usted, amable lector, piensa que determinado empresario o empresa es "buena" porque donó una importante cifra frente a las cámaras, lo siento, pero desengáñese. Con los impuestos que no va pagar por el concepto de "donación", le aseguro que salió ganando con lo donado. Y las empresas donan, que sé yo, cien millones, pero gastan quinientos en publicidad para anunciarle a todos los chilenos que ellos son buenos y donaron cien. Algunas empresas son tan pero tan buenas, que donan "Cien", pero después papá gobierno les hace un contrato exclusivo para la reconstrucción por "mil". ¡Cuánta bondad!

Después, qué decir de nuestra primera autoridad, que no solo no contento con no cumplir su palabra de vender sus acciones de varias empresas antes de asumir la primera magistratura, luego de que los hace, busca la manera de pagar la menor cantidad de impuestos posibles, aún a sabiendas de que el país necesita recursos con urgencia. Claro, no violó ninguna ley. No hizo nada ilegal... ¿Pero y la ética? ¿Dónde está la moralidad? ¿Cómos se puede predicar con el ejemplo entonces? Quizá usted me diga: "Bah, cualquiera hubiese hecho lo mismo" Tal vez... pero no estamos hablando de que el cajero automático le pase un billete de dosmil en lugar de uno de mil... estamos hablando de 50 millones de dólares en impuestos... ¿Cuánto se puede hacer con eso? ¿Puede usted dimensionar esa cifra, imaginarla en sus manos? Lo que hizo el presidente es lo mismo que pasar junto a un hambriento con la billetera llena de dinero y no darle siquiera un trozo de pan. No hizo nada malo, pero tampoco nada bueno. Nada bueno pudiendo hacerlo y eso, eso si que es malo.

Nuestros medios de comunicación, con una responsabilidad social nunca antes vista, cubrieron para nosotros la tragedia, las lágrimas y el dolor. Pusieron en nuestras pantallas a las víctimas una y otra vez, trasnformando la pena en algo carente de sentido, convirtiendo a las mismas personas en "cosas" para vender a la hora de las noticias. A un niño que necesitaba recobrar su vida normal, lo marcaron para siempre con el triste apodo de "Zafrada" y las autoridades en pleno corrieron a sacarse fotos con él. Y el pobre niño no necesitaba nada de eso, sino solo una casa digna y una escuela donde estudiar. Sin parafernalia, sin flashes, sin pelotas de fútbol presidenciales.

Y el pueblo. La gente. Se lo traga todo sin procesar. No se cuestiona nada. Absorbe y absorbe como esponjas sin límite. Se deslumbra con las luces de los reflectores, las sonrisas del cantante sin talento y las nuevas pechugas de la modelo de moda en la farándula. Algunos hasta pintan su auto con consignas bien intencionadas y otros izan las banderas en casa. Y mientras, las isapres y las AFPs les chupoan los sueldos. Y mientras, siguen explotandolos porque no se sindicalizan. Y mientras, les van a privatizar empresas que son de todos, pero no me interesa. Y mientras, todos queremos ser ricos y exitosos y los demás que se las arreglen como puedan.

No, no somos un país solidario. Tenemos dentro nuestro el potencial para serlo. Pero se necesita más que un terremoto 8,8 para despertar a nuestras adormiladas almas.
Vale.

jueves, 4 de marzo de 2010

La gran grieta

 


Sin duda, después del sábado pasado, nuestras noches no serán las mismas durante un largo tiempo. Podría utilizae este espacio que siento como lo más mío para hablar de aquello, del miedo y la angustia, de lo que hice en esos atroces momentos en que la tierra se sacudió para mostrarnos quién es la que manda en verdad, pero no. Podría quizá hacer llamados a la solidaridad, a colgar banderas chilenas en nuestros pórticos, a donar dinero para la teletón de "Chile ayuda a Chile", pero creo que mis palabras no modificaran las decisiones que en el corazón de las personas ya están tomadas.
Quiero, en esta ocasión, hablar de otras cosas. Temas que para mí son tan trágicos como el terremoto que nos afectó como país. Quiero hablar del terremoto que nos afecta como nación, quiero hablar sobre la gran grieta que parte el corazón de Chile.
Los medios de comunicación, ávidos de sintonía que es lo mismo que decir dinero, nos muestran desoladoras imágenes de las zonas más afectadas, y no bastando ya el dolor que causa la destrucción material de Chile, nos invitan a presenciar en alta definición, saqueo a supermercados, centros comerciales, farmacias. Con horror comprobamos que nuestros compatriotas no buscan presas del hambre solo alimentos y agua para dar de comer a sus hijos, sino que vemos como bajo sus brazos llevan consigo televisores de plasma, lavadoras, botellas de whisky, reproductores de música y una serie de artilugios que nada tienen que ver con satisfacer las necesidades básicas del ser humano.
Ergo, asistimos al patético espectáculo de vecinos armándose de palos, cuchillos y armas de fuego para defender sus propiedades, porque alguien les dijo que escuchó a alguien que había dicho que un amigo sabía de alguien que vio a sus vecinos preparándose como una horda de bárbaros para saquear los barrios de la gente decente. Y otra vez, desde el otro lado del río, los invasores se dejarían caer para arrebatar los frutos de toda una vida a la gente bien de nuestro país que también sufría, pero en orden.
Y como ningún espectáculo está completo sin una gran actriz, la alcaldesa de Concepción y futura intendenta de la región del Biobío, llamaba a los militares a imponer el orden porque no pasaba de otra noche antes de que el caos fuera total y los salvajes hicieran mella de toda la población y la sacrosanta propiedad privada. Ella debía trasmitir calma, pero solo infunció pánico en sus electores.
Esa, amigos míos, es la gran grieta que terminó de desnudar el terremoto del sábado. No la provocó el sismo, la grieta ya estaba desde hace siglos, a veces más pequeña, pero nunca reparada, solo cubierta de estuco para que no se viera.
Estuco y pintura, para que la OCDE, el Banco Mundial, la ONU, el Banco Interaméricano, nuestros vecinos del continente, los turistas, nadie, nadie la viera. Y nostros, como pueblo, como nación, de tanto no verla y a la fuerza tratar de no pensar en ella, olvidamos que allí estaba realmente. 
La grieta, profunda y oscura, atraviesa a la mitad el corazón de nuestra patria. A través de ella podemos ver lo que realmente somos: un país pobre e injusto. Un país que se vanaglorió de los triunfos de un puñado de hombres especuladores, sin darse cuenta de que el pueblo solo recibía las migajas del éxito. Un país clasista y racista, que se ríe de los morenos, de los indios, de los pobres. Un país donde el capitalismo salvaje nos adormeció con su veneno, mientras nos susurraba al oído "todo está bien... para qué preocuparse..."
¿Qué queríamos realmente? ¿Clases de civilidad de quiénes no recibieron en su vida una educación de verdad? ¿De quienes no participan en las decisiones del país? ¿De quienes son excluidos sistemáticamente del mundo de la cultura, las ideas, la participación? ¿Qué querían realmente los medios, si ellos les han vendido circo por décadas a esos jóvenes saqueadores, mostrándoles cosas que no pueden tener, mundos a los que no pueden aspirar, estereotipos que no debieran imitar?
Lo que sucedió después del terremoto es la suma de lo mal que hemos hecho a nuestra nación. Es la verdad del modelo de sociedad que hemos construido, ya sea como dirigentes o como silentes, porque aquí sí que el que calla otorga.
¿Cómo podíamos realmente pretender que esos jóvenes que escapaban con plasmas bajo el brazo estuvieran mejor con una pala ayudando a sus compatriotas sepultados por el maremoto, si nunca nadie les mostró una veta de moral, de cívica? ¿Si nadie les dijo que sus vidas valían tanto como las de cualquier otro chileno, de cualquier otro ser humano? ¿Si les mostramos que la gente no vale por el solo hecho de ser personas, sino por el auto que maneja, la casa en la que vive y el televisor que contempla?
Nuestro presidente electo dice que los más importante es restablecer el orden público. Y tiene razón, pero él cree, ilusamente, que con toques de queda y uniformados en la calle basta. Pero se equivoca, pues el orden solo vendrá cuando nuestra sociedad sea realmente más justa. Cuando nuestros colegios sean iguales en calidad en Penco y en Vitacura. Cuando nuestros hospitales tengan la misma tecnología y calidad profesional que las clínicas privadas. Cuando los trabajadores y los empresarios se sienten en una mesa a negociar en igualdad de condiciones. Cuando una violación sea tan atroz en La Granja como en Las Condes. Cuando un hombre aindiado no sienta vergüenza al hablar con el gerente del banco.
Solo entonces, veremos a jóvenes con libros en sus manos.
Solo entonces se reparará la grieta.
Solo entonces el Reino de Dios estará más cerca de nosotros.
Solo entonces, amigos míos, podremos morirnos tranquilos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Trabajos de oficina


De a poco me voy acostumbrando a esta nueva vida de oficina. He dejado voluntariamente las salas de clases y las he reemplazado por carpetas, escritorios y teléfonos que suenan constantemente. Reemplacé las campanadas y los recreos por "coffee breaks" y "after office", y ya no imprimo y corrijo cientos de pruebas, sino que imprimo, ordeno, fotocopio y archivo miles de documentos. Y cambié las tranquilas calles de San Miguel y la Gran Avenida, por la Plaza de Armas y el atestatado centro de Santiago.

Hasta ahora me ha ido bien. El trabajo es tan mecánico que se aprende rápido. Tiene hasta algo de romántico; sumergido entre estas miles de carpetas que componen el archivo me siento un poco Benedetti, y hasta me he dado el tiempo para intentar escribir algo en mis ratos libres. Y beber buen café que sirven las buenas muchachas del café que está frente a la oficina y que se pasean coquetas en sus minifaldas anaranjadas, sonrientes a toda hora. Yo las miro, y apesar de lo que cree todos, pienso en que sus pobres pies deben terminar reventados al final del día con esos enormes tacos que les obligan a usar.

Mis compañeros de trabajo son simpáticos y nos repartimos los tres bastante bien el trabajo. Todos somos jóvenes y conversamos harto mientras trabajamos. Después de tantos años, he vuelto a trabajar con hombres más que con mujeres, aunque para variar, mi jefe es jefa. No tengo problemas con ello, ya estoy acostumbrado. Hasta se podría decir que me gusta tratar con mujeres para los menesteres del trabajo diario.

Pues bien, al fin encontré el tan ansiado trabajo, tengo más tiempo libre, ya no me caliento la cabeza con reuniones de apoderados negligentes, con pedagogos de biblioteca, directores con alma de economista y polícticas educativas salidas de la facultad de ingeniería de alguna prestigiosa universidad plagada de tecnócratas... pero...

Sin embargo, sucede, sin embargo que tengo extraños sueños por las noches. Sueños agobiantes en que me veo otra vez frente a una pizarra rodeado de los aborrecidos adolescentes de los que escapé. Y me veo escribiendo con plumones de colores, explicando, leyendo, respondiendo preguntas. Otras veces, sin darme cuenta, estoy recomendando libros a la gente, inclusive a los desconocidos, o corrigiendo los errores de ortografía de mis compañeros. Inclusive, me he visto dentro de librerías, cotizando libros de padagogía, manuales de PSU, textos de lingüística, sin saber cómo es que llegué a esos lugares. Bueno, bien dicen que somos animales de costumbres...

Mas, lo raro de esos sueños es que siempre me veo feliz, y yo no suelo soñar cosas felices. Pero, ¡Bah! los sueños sueños son... ¿Los son?

jueves, 21 de enero de 2010

La mala memoria...




Perdimos. Sí, en plural. Muchos me acompañan en este sentimiento, en la derrota. Perdimos y no queda más que aceptarlo, porque nosotros, a diferencia de los vencedores de hoy, sí creemos en la democracia, y como devotos de ella, la practicamos.
Sin embargo, siento que esta derrota resultó particularmente dura y dolorosa. Supongo que así han de ser las derrotas en donde los vencidos tuvieron también responsabilidad en su propia caída. Pero, y ahora sí es muy personal, me duele principalmente por el pueblo de Chile, por su dignidad, por su fe, por su alma.
La Concertación, como toda entidad conformada por hombres y mujeres, cometió errores, pecó de soberbia y se durmió efectivamente en los laureles. Pero con todo, hizo de Chile un lugar mejor, devolvió la dignidad a las personas y resguardó la libertad de todos. Nadie fue perseguido por agentes del Estado y la pobreza material se redujo como nunca antes en la historia. Qué lástima que la pobreza de nuestros espíritus no marchara a la par.
Nos hicimos un país de "nuevos ricos" ostentosos y altaneros. Una ciudad plagada de 4X4, de malls, de palmeras cual Miami. Las bibliotecas se abrieron, pero la gente no entró en ellas. Como dejó de lado tantos otros valores que nos daban sentido: pobres, pero honrados; orgullosos, pero con motivos; férreos, pero solidarios.
"Éxito, éxito, éxito", esa se hizo la consigna. A cualquier costo. De cualquier modo. La derecha y su poder, el capital, sembraron bien su semilla en nuestro pueblo. Y dio frutos.
"Todos seremos empresarios, emprendedores. Esa es la promesa. Moverse, moverse y moverse para ello, nada de detenciones, ni reflexiones. Cuidadito con andar buscándole la quinta pata al gato o haciéndose esas preguntas tontas acerca del sentido de las cosas o la trascendencia. La única trascendencia es la herencia que dejarás en el banco para tus hijos".
Antes, la herencia era una sólida educación, una biblioteca pagada a cuotas y construida en toda una vida. La herencia era el recuerdo de un almuerzo bajo el parrón de la casa, ir por el día a la playa, jugar a la pelota en la calle con tu papá. Era poder comprarse una Citroneta después de años de ahorro. Era ser feliz por lo que vamos haciendo y no por lo que vamos teniendo e incluso, con lo que le vamos quitando al otro.
Pero Chile cambió. ¡Viva el cambio! celebran algunos. Para esos que celebran, los tipos como yo somos solo románticos incurables. Perdedores  irremediables. Somos perversos seres de izquierda y resentidos porque nos molesta el "éxito" de los demás. Pero no creo que el éxito sea contagioso. No se pega por contacto. Sobre todo, no creo en el éxito que se basa en la explotación de la personas, en la competencia salvaje e inmisericorde. No creo en quienes tienen tanto, pero siempre quieren más.
No se trata de querer que todos seamos pobres, como señalan algunos. Se trata de que todos tengan justicia. No solo de que todos lleven pan a su casa, sino que también puedan llevar libros, juegos, viajes. Se trata de cubrir mis necesidades y mis sueños, pero nunca a costa de frustrar los de los demás.
Chile cambió. Hace rato en realidad. Nos vendieron el cuento de que antes de todo o todos estoy yo, yo, yo y yo. Mi familia y yo y los demás, que se las arreglen. Nos vendieron el cuento de que a los pobres no se les regala el pescado, se les enseña a pescar. Claro, difícilmente se pesca bien si el pescador no tiene caña o está muerto de hambre durante la faena.
Nos vendieron el cuento de que todo está resuelto. De que ya no hay heridas. De que es mejor olvidar y mirar para adelante y no por el "retrovisor".
Nuestro problema es la mala memoria. Porque nos quejamos de nuestros malos sueldos, pero votamos por quienes nos explotan. Nos quejamos de la cesantía, pero votamos por quienes la generan por su especulación. Nos quejamos de la delicuencia, pero votamos por quienes ayudan a generarla a través de la injusticia que su avaricia provoca.
En el fondo, amigos míos, a pesar de las 4X4, seguimos siendo los que Paulo Freire dijo hace tantos años: peones de fundo explotados por capataces y patrones, pero lejos de aborrecerlos, solo queremos llegar a ser como ellos.
Dios no ampare.

sábado, 9 de enero de 2010

La insoportable levedad del ser... chileno



Ad portas de la segunda vuelta de la elección presidencial, que de muchas formas definirá el futuro de nuestro país, a pesar de lo que muchos piensan, me siento a ratos profundamente decepcionado de la forma de pensar, de opinar y de actuar de muchos de mis compatriotas. No hablo solo de los que -como se dice en buen chileno- se han dado vuelta la chaqueta al considerar que el barco de la Concertación zozobrará el 17 próximo, sino principalmente del pueblo raso, ese que vota más por lo que otros le dicen o lo que ve en la televisión que por una sólida y profunda convicción política.
Hoy, paseo Huérfanos, no puedo evitar oír la conversación de una pareja... "Veinte años llevan robando, por eso la gente quiere un cambio". ¿Con qué liviandad las personas en nuestro país hablan de los "delitos" del otro, mucho más de los de nuestra clase política? Yo mismo he escuchado acusaciones atroces acerca de autoridades que harían palidecer a cualquier juez, verbi gracia: Que el Transantiago le pertenece a Ricardo Lagos, que las termoeléctricas son el negocio de Frei, que TODOS los personeros de la Concertación que han ocupado algún cargo se han hecho ricos, y así suma y sigue... entonces, yo me pregunto, ¿Por qué esos antecedentes no están en manos de los tribunales de justicia?
Por eso me da risa cuando escucho a tantos de decir que no votarían por Frei porque robó tanto en su gobierno. Hablan porque cual guacamayos repiten lo que le escucharon a otros, sin importarles un carajo la honra de las personas o sin darle siquiera una mínima pincelada crítica a las estupideces que opinan.
Hace solo unos años, medio Chile se dejó meter el dedo en la boca por las acusaciones de Gemita Bueno en contra del actual presidente del Senado, Jovino Novoa. Bastó con que un diario publicara sus acusaciones para que la gente lo creyera, sin otorgar si quiera el beneficio de la duda al senador. Y resulta que era inocente. Sabe Dios que Novoa no es santo de mi devoción política, pero como toda persona tenía derecho a que se le considerara inocente hasta probar lo contrario. Por eso me duele, como concertacionista, que la gente hable tan suelta de lengua de cosas que no sabe, haga acusaciones sin fundamentos y que se deje manipular con tanta facilidad por los poderes fácticos que quieren poner en marcha su teoría del desalojo.
¿Transantiago es lo peor que hay? Pues no. Los accidentes han disminuido en dos tercios y la contaminación por gases se redujo 70%. Hay una tarifa integrada, los choferes no son asaltados y los escolares nunca más han tenido que lidiar con esos antiguos tratos de los conductores... pero la gente repite y repite que el Transantiago es malo... ¿Por qué?
¿El AUGE no funciona? Los estudios señalan que sobre el 80% de las garantías se cubren dentro de los plazos y el resto con retrasos inferiores a los dos meses, atendiéndose incluso en clínicas privadas cuando no existe disponibilidad el los hospitales públicos... ¿Y cuántas veces escuchamos que las esperas son eternas? Si la espera es eterna en su consultorio le tengo una sorpresa: el alcalde es muchísimo más responsable que el ministro de salud, así que piense en eso primero.
Claro que nos falta mucho. Muchísimo que mejorar, pero lo que hemos avanzado es enorme. La derecha a través de los medios que controla nos ha querido hacer creer que poco y nada se ha hecho los temas importantes, y duele ver como la gente se traga esas cosas sin siquiera procesarlas un poco. Pero no los culpo, si hasta intelectuales como Jorge Edwards dicen estupideces como que aquí en Chile la Concertación es casi un PRI como el de México. Pero lo dice en medios sin control ni censura del Estado, lo dice en la Biblioteca Nacional junto a su candidato al que no se le pone ninguna traba para ocupar edificios públicos, lo puede decir en la calle sin que la policía lo persiga y lo puede decir sin que por ello tema por su vida... entonces... ¿Es la Concertación como el PRI? ¿Hay o no estado de derecho en Chile?
La próxima vez, querido lector, que escuches una acusación, pregúntate primero la veracidad y la fuente, antes de creer solo porque todos lo dicen.

P.S.: Se me olvidaba. Distinto es el caso de cierto candidato que SÍ tiene procesos pendientes por estafa y multas de la SVS por uso de información privilegiada. En ese caso si hay pruebas las que están a disposición de cualquiera... solo busquen en Google.
P.S2.: La foto es de los primeros días de diciembre. Un niño en edad escolar repartía propaganda de Piñera en paseo Huérfanos... como para pensar en los derechos laborales en un gobierno de derecha.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Año Nuevo... ¿Vida nueva?



Termina una año más... cuántos se ha ido ya, creo que así va la cancioncilla ésa. Y aunque para mí, realmente, el  Año Nuevo no es más que un formalismo para cambiar de página el calendario y agregarle otra cifra al año, hoy de verdad quisiera creer un poco en esas cosas que dice la gente con tanta liviandad, esas cosas de "dejar atrás lo viejo" eso de "empezar de nuevo".
El 2009 no fue para mí un buen año. Por más que intento mirar hacia atrás, no logro encontrarle nada bueno. Ya lo he dicho antes en este mismo espacio... es, literalmente, como si nada bueno me hubiese acontecido. Ni en lo personal, ni en lo laboral, ni en lo económico, ni en la salud... nada. Nothing happens...
Por ello es que me gustaría creer que el 2010, último año de la década, las cosas cambiaran. Me gustaría creer que sentiré con fuerza de nuevo eso que se llama "alegría" y, por qué no, quizá "felicidad". Pero, por ahora, me parece más plausible seguir en picada hacia los abismos de la desesperanza que encontrar los caminos del sol y eso, amigos mío, me aterra.
Que pasará mañana. No tengo la menor idea. Como la mayoría de ustedes, pero con la diferencia de que el común de los mortales tiene al menos una vaga idea del "mañana". Yo, por mi parte, estoy en la niebla... como un corcho en la mitad del Pacífico. Será extraño un marzo sin sala de profesores, sin colegas a quienes preguntar por sus vacaciones, sin libro de clases y pasada de lista.
Me pregunto... ¿Cómo empezar de nuevo cuando uno ya arrastra consigo mismo? ¿Con una historia? ¿Con una buena parte de la vida?
Ojalá el 2010 sea un año mejor para mí. Por mientras solo habrá que aguardar.
Año Nuevo, vida nueva... lo dudo.