domingo, 18 de mayo de 2008



Homo Flaite


Lo recuerdo bien. Debe haber sido por el 97. Estaba en segundo medio y mis compañeros y yo usábamos el término "cuma" para referirnos a todo aquello que nos pareciese vulgar o para las personas que generaciones anteriores llamaban "patos malos". Pero luego apareció una nueva clase de cumas, que no eran como los otros, porque sin darnos cuenta, muchos compañeros de curso se fueron transformando en ellos: eran los "flaites".
He escuchado varias explicaciones acerca de la etimología de esta palabra, pero ninguna me parece acertada, pues yo si sé de dónde salió el término: gracias a una zapatillas. No recuerdo la marca con exactitud (parece que eran Nike o Converse), pero el modelo era "Fly" y era un modelo que no conocía los colores sobrios o la distribución apolínea de sus componentes. El caso es que se transformó en el tipo de zapatillas favoritas de una clase de "cumas", los más jóvenes. Muchas veces eran falsificaciones o símiles, pero se diversificaron tan rápido que no nos dimos ni cuenta cuando una parte de los "cumas" evolucionaron (o involucionaron, no sé) a "flaites". Después de las zapatillas, los buzos anchos, los gorros de viseras curvas, las cadenas gruesas al cuello y teníamos el conjunto. Ojalá esto solo hubiese sido una moda de pésimo gusto, pero el cambio mayor no estuvo en la ropa, sino en la cultura, nació la cultura "flaite" que hoy por hoy (y, por favor, perdónenme lo que digo) es la que impera en Chile.
Sí, amabilísimos lectores, Chile es un país de flaites. Y no se espanten de mis dichos, porque no me refiero a un tipo de personas, ni a una clase social (de hecho hay muchos flaytes de Plaza Italia para arriba), sino a una clase de cultura que se impuso y que no sé si alguna vez dejará de reinar. Como será, que hasta es bien visto ser flaite y los medios de comunicación los ensalzan y los invitan a sus matinales y talk-shows.
Cuando estaba en el colegio, no había nada peor que ser confundido con un flaite. Era una ofensa que te dijeran que tenías "chocos" o "choco pandas" (esa especie de 'cola' de pelo que te crecía en la nuca y te tocaba el cuello de la camisa). Hablar mal daba vergüenza. Fumar mariguana estaba muy mal visto. Rayar los vidrios del metro era impensable, menos subirse con una radio a la micro o el metro y molestar a los demás pasajeros con música que quizá no quieren oír. Beber cerveza en la calle, no dar el asiento a las viejitas, hablar a gritos. Todo eso no era parte de la cultura en la que fui criado. Nosotros podíamos ser del Colo, la U o la Cato, pero nuestra vida no cambiaba mucho si nuestro equipo ganaba o perdía. Nuestros objetivos en la vida pasaban más allá del partido del domingo. Pero esa clase de cultura se debilitó, y ahora respira tristemente, casi sofocada.
Ahora, el individualismo la lleva. Sí, porque para ser flaite de tomo y lomo hay que ser profundamente individaulista, sino la cosa no funciona, porque hay que perder absolutamente el respeto por los demás para llevar a cabo las pretensiones falites. Por ejemplo: ¿Qué clase de flaite dejaría de fumar droga o beber cerveza en una plaza solo porque hay niños cerca? ¿O que falite sería uno si dejara pasar la oportunidad de rayar los vidrios del metro para escribir su "tag" que solo Dios sabe que quiere decir?
Y ser flaite no pasa solo por lo folclórico de estas acciones. Las mujeres flaites (que nunca han oído hablar de Simone de Bouvier) se desacreditan a sí mismas, transformándose en los objetos que tantas otras mujeres lucharon por liberar. Todavía me cuesta creer que haya mujeres a las que les encante el reggaeton, a estas alturas himno oficial de Banana Republic y Faitesburgo.
Al flaite no le preocupan los problemas del mundo, solo vive y saca provecho de él. Mientras pueda comprarse Zapatillas con resortes y con un espectro cromático desde el ultravioleta al infrarrojo, todo bien. Mejor si las combina con ropa deportiva (que no es para hacer deporte) Nike o Adidas.
El flaite no vota, no lee, no ve noticias. El faite va a trabajar y le importa un carajo reventar las puertas de la micro en la mañana para poder subirse sin pagar. El faite no tiene tendencia política, no forma sindicatos y si enferma, le basta con insultar a los funcionarios en el hospital para acelerar su atención.
Al flaite no le importa que Chile tenga mal distribución de la riqueza (mientras haya chorreo), que exista ley de subcontratación, menos. Le da lo mismo la gente de Chaitén y los animales de Chaitén. No se preocupa por el calentamiento global ni por la alfabetización electrónica, mientras sepa usar el Messenger y su Sony Ericsson Walkman o su Nokia 5300, todo bakán.
El flaitee stá orgulloso de ser flaite, esto es, de ser ignorante, de que le importe solo él y su entorno, de beber cerveza hasta reventar, de vivir sumido en el presente continuo.
Es Chile un país de flaites, y lo peor es que ya no es necesaria la ropa para serlo. Basta con vivir como estamos viviendo para ir transformándonos lentamente: ver (y disfrutar) la basura que da nuestra televisión, usar el computador solo para chatear, no agarrar jamás un libro, comprar películas piratas que, más encima, son pésimas, leer las Últimas Noticias, ensuciar y destruir nuestra ciudad, no reclamar jamás y desquitarse haciendo todo de mala gana y mal.
Así, el stato quo sigue y seguirá, porque para quienes tienen y seguirán teniendo el poder, los flaites son una bendición.


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Para "distender un poco" este oscuro comentario, un vídeo (como dicen los españoles).
http://www.youtube.com/watch?v=le7Pfdoo_rU


viernes, 18 de abril de 2008



Defender la alegría.


¿Cuánto cuesta estar alegre?
Mucho y nada.

"Me cuesta la alegría", así le dije a uno de mis alumnos mientras viajábamos en el metro. Lo confesé con pena evidente, ante la más evidente alegría de mi interlocutor. Él, en cambio, sí estaba alegre. Y está alegre porque dentro de el habita la esperanza, de una manera que yo ya olvidé. "Compañero Tapia", así llamamos en el colegio al alumno de quien les hablo. Desde hace unos años es miembro de las Juventudes Comunistas y se le nota. En un mar de jóvenes a los que la política les importa tanto como el fin del mundo, obviamente el destaca por su discurso y sus argumentos. Y, por lo menos para mí, lo que más destaca de él es esa férrea esperanza que tiene en el ser humano. "Para mí siempre ha sido más fácil creer en Dios que en el hombre", le digo presa de mi habitual amargura a Tapia. Pero no, él sigue firme en la fe que posee en las personas, se da cuenta de sus vicios y errores, pero siempre cree en que algo puede cambiar para mejor. "Hubo un tiempo en que yo también lo creía". Pero con la experiencia me doy cuenta de que siempre son más los rebaños que los pastores y más los esclavos que los libres. Yo mismo ya no sé si considerarme un hombre que lucha por la justicia y la solidaridad o solo como un neo burgués de tomo y lomo.
Pero nada lo amilana. Él sigue alegre pese a todo. Pese a sus problemas (que no son pocos), pese a la injusticia, pese al hecho de que las personas se venden a diario por pequeñas dádivas, pese a que cada día nos hacemos más individualistas y duros de cabeza y corazón, pese a los desesperanzados, borrachos de sombra negra como yo. Él defiende su derecho a estar alegre, porque tiene manos, porque tiene boca, porque tiene piernas, porque tiene fe.
Nos separamos en la estación La Cisterna, allí debe emprender su viaje hacia San Bernardo. Mientras se aleja, me volteo a verlo y entonces me doy cuenta de que estoy alegre por él y creo, a pesar de todo, que hay esperanzas mientras existan jóvenes como él que defiendan el derecho de ser alegres.

viernes, 11 de abril de 2008



Padre

Hoy, en uno de mis inagotables viajes en metro, vine a caer en cuenta que por estos días debe haber sido la última vez que vi a mi padre bajar del metro caminando solo y seguro, como solía ser. Recuerdo que yo iba unos carros adelante y lo distinguí a lo lejos, con su parka color crema y en compañía de mi hermano que trabajaba junto con él. Traía la cara que comparten la mayoría de los pasajeros del metro al volver de sus trabajos, cara de rutina, de fatiga, pero a la vez de alivio por la jornada concluida. Me quedé esperándolo, lo saludé y caminamos juntos a casa la buena distancia que hay desde la estación. Como casi siempre en su bolso traía algo de alimento para los pobres perros callejeros que viven dentro del hospital Sótero del Río, el que repartió lo mejor que pudo entre los hambrientos canes. Quién habría pensado que solo unas semanas más tarde, no volvería a ver a esos perros sino desde la ventana de su cuarto de hospital.

Hoy sí sé que es verdad eso de que la vida puede cambiarte en un segundo, y que eso que te dicen de siempre irte de casa en "buena" con quienes amas es verdad, porque la hermana muerte puede darte una sorpresa en cualquier momento. Mi padre, gracias a Dios, está vivo, pero nunca será el mismo del que me despedí una mañana antes de partir al trabajo. Si es que me despedí realmente de él ese día...

No quiero en esta ocasión hablarles de su enfermedad, ni de las experiencias extraídas del largo y a ratos doloroso proceso que significó sobrellevarla. Es verdad que he prometido en otras ocasiones hablar de ese tema, pero no será hoy. Quiero ahora hablar solo de mi padre. Poner por escrito algunas cosas de él, y la verdad, no sé bien por qué lo quiero hacer.

No sé, en realidad, si podría decir que la relación que tengo o tuve con él ha sido cercana. Para ser sincero, creo que nunca conversé con él temas para mí muy personales y sensibles. Nunca le conté acerca de mis primeros amores y no recuerdo haber hecho esas típicas preguntas de sexo que dicen que uno hace al papá.

Cuando pequeño, creo que mi papá me despertaba un sentimiento que era mezcla de fascinación y miedo. Lo veía lleno de seguridad, capaz de hacer lo que se propusiera, pero a la vez distante y ajeno. No era como los papá de mis amigos. Nunca me llevo al estadio ni jugó a la pelota conmigo, aunque me llevó a pescar varias veces. No era fácil equivocarse o ser torpe en su presencia, pues era más que severo ante el error. Sentí muchas veces un tremendo pavor ante cualquier tarea encomendad por él, solo porque sabía que podría no hacer las cosas como se esperaba de mí.

En mi adolescencia, creí que lo odiaría por el resto de mi vida. Aunque nunca fui rebelde, sentía un profundo rencor por ese padre de mi infancia que tantas veces denostó acerca de mis capacidades. Pensaba en las constantes peleas con mi mamá, en sus bruscos, y muchas veces injustos, retos, en su poca preocupación por lo que me pasaba, en sus eternas jaquecas, en lo que me faltaba y él no podía -o no sabía- darme. Por muchos ratos, creí que era el peor padre sobre la tierra. Y, sin embargo, habría dado parte de mi vida por ser como él. Por poseer esa lógica para resolver los problemas, por manipular las herramientas como él, por cocinar como él. Por ser capaz de hacer un nudo o clavar un clavo derecho en la pared.

Mas los caminos de Dios son misteriosos.

Un Viernes Santo, me despertó el teléfono. Nunca supe muy bien por qué o cómo, pero yo ya sabía lo que era, pero lo confirmé después, cuando los cimientos de la casa se remecieron y los perros de todo el barrio aullaron al mismo tiempo por un minuto. Mi abuelo Fernando, el padre de mi padre, estaba muy enfermo y había fallecido en el auto de mi papá mientras él lo llevaba al hospital. Cuando regreso, sin derramar una lágrima ni mover un músculo, respondió a las preguntas de mamá con un escueto: "falleció". Eso fue todo... por el momento.

Sólo en el cementerio lo vi palidecer y sus ojos se humedecieron. Desconozco si la verdad lloró. Quizá con mamá sí, pero no recuerdo haberlo visto, pero un año después, y para la misma fecha, también falleció su hermano mayor. También recibió la noticia por teléfono. Esa vez, solo agachó la cabeza y mirando el suelo preguntó: "por qué", mientras mi mamá lo abrazaba. Entonces sí lloró y mucho. Lloró por su madre, muerta hacía años, por su hermano Emilio que había muerto cuando él era un niño, por su papá no llorado como se debía y ahora por su hermano mayor que también decidió partir en abril. Y lo que hasta hoy me marca para siempre, lloró conmigo, abrazado a mí. Por vez primera, supe que era tan frágil como cualquiera y también supe que yo si era importante para él. Ese día aprendí que estaba lejos de ser el súper hombre que un día creí.

Acepté con el tiempo que no debía ser perfecto, ni como los demás y, por sobre todo, me reconcilié con su figura y conmigo, pues supe que no necesitaba ni debía ser como él. Que yo era alguien muy distinto a él y eso, no era malo, solo era diferente.

Fui descubriendo su presencia en muchas cosas. En las pequeñas conversaciones de sobre mesa, en los arreglos del auto, en ver las noticias juntos, en el pan amasado que a veces nos prepara. Descubrí que mucha gente lo quiere y lo valora más de lo que él mismo piensa. Descubrí que siente una pena enorme por los animales abandonados, que es malísimo para los chistes, que el cigarro lo envejeció más rápido, que el café es maravilloso, que los problemas pueden arreglarse si uno analiza detenidamente las cosas.

Por eso me dolió tanto verlo enfermo. Por eso sufrí tanto por él. Por eso pasaba a verlo al hospital después del trabajo y me arrodillaba ante la Virgen en la capilla del hospital.

Todavía hay muchas cosas que no me gustan de él y en las que no quiero parecerme. Nuestra relación no es de plenitud, pero sí de bellos momentos: la lectura de 20.000 leguas de viaje submarino, mi primer pejerrey pescado en Rapel, armar una carpa, pasarle una llave o una tuerca, un viaje por la carretera de noche como copiloto, un abrazo en el momento más doloroso.

No creo que él llegue nunca a leer esto. Es mejor así. Me basta saber que me quiere y que lo quiero, sin necesitar grandes razones. Creo que mi papá es un hombre bueno, pero por sobre todo un hombre y por lo mismo imperfecto como todos los hombres. Doy gracias, otra vez, porque está con nosotros, porque volvió a caminar, porque está lúcido y, doy muchísimas gracias, porque una vez que termine de escribir, bajaré y podré darle un abrazo.



lunes, 31 de marzo de 2008




¡Me hierve la...!

Con idiganción, con rabia malsana, con furia, con cólera. Con todas mis tripas y crujir de mis huesos, siento el inminente fin de los Ferrocarriles del Estado. Ya sé que quizá soy repetitivo y que esta queja es de plano inútil y yo no soy más que un tonto soñador con alma de poeta frustrado, pero que le voy a hacer. Me da rabia y me siento del todo impotente porque sé que nada puedo hacer. Que yo, más todos los románticos que aman el tren, más los ferroviarios, más las personas de los pueblos que vivían gracias al tren, ni nos acercamos al peso de un economista que nos ve como bichos raros.

¡Si no hay rentabilidad no sirve! esa es la consigna en este país dominado quizá para siempre por los Chicago boys que no tienen alma ni corazón, si les abriéramos el pecho solo encontraríamos algo parecido a un batracio negro y viscoso y en sus frentes tienen algo parecido a la marca de Caín, solo que es un tatuaje que dice: in dolar we trust. Ellos no ven personas, solo cifras, porcentajes.

Me da rabia haber confiado mi voto y mis esperanzas a quienes prometieron un Chile mejor y hoy solo nos entregan un Chile mejor solo para ellos, un Chile cada día mejor solo para quienes han vivido siempre de la mejor manera. Recuerdo haber leído por ahí, alguna vez, acerca de un "Estado docente", de una "Función social del Estado", pero ya ni sé si eso fue verdad, hoy solo sé que cada uno se rasca como puede y si no puede, no importa, uno menos en la perfecta inecuación del Chile del siglo XXI. ¡Y yo voté por usted señor Lagos, yo creí en usted, confié en verdad de corazón en su "estoy contigo"!

Quizá nunca cumpla mi sueño de viajar hasta Puerto Montt en tren. Es lo más probable. Pero la esperanza es imposible de matar, si la perdiéramos, seríamos los seres más desdichados de la tierra. Quizá otros hombres mejores que éstos que nos gobiernan hoy (concertación y derecha son prácticamente lo mismo para mí ya), menos egoístas y más humanos, vuelvan a acordarse de esa tontería que dice la constitución: "El Estado está al servicio de la persona humana y su finalidad es promover el bien común, para lo que debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional su mayor realización espiritual y material posible..."

Yo, me tragaré mi rabia y seguiré soñando que recorro el sur a través de una vía férrea...
Un día más, un sueño menos.
Vale.


sábado, 8 de marzo de 2008



Al colegio otra vez

Como un leve soplo del viento estival, pasaron las vacaciones de este año. Ya estamos nuevamente en marzo y con él, hemos de regresar la mayoría, otra vez, a nuestras obligaciones habituales después de la tregua que nos dan los meses del verano. Yo, que a mis tiernos 5 años un día ingresé a una sala de clases, por lo visto, no saldré más. Y es que yo mismo, al decidirme a estudiar pedagogía, libremente escogí ligar mi vida a las aulas, los recreo y los estudiantes.
Para no pecar de hipócrita, queridos lectores, debo confesar que en los cinco años que llevo de profesor, me he cuestionado en más de una ocasión la decisión profesional que tomé. Para mí, por lo menos, resultó bastante traumático darme cuenta de que lo que aprendí en la universidad acerca de pedagogía me sirvió bastante poco a la hora de afrontar a los jóvenes de verdad. No sé realmente, a qué estudiantes conocieron mis profesores del departamento de formación pedagógica en la universadad, pero sin duda, no se parecen en nada a los que me ha tocado tratar. Aunque la verdad, mis profesores hace años que no ponían un pie en la sala de clases de un colegio, y vivían, más bien, en el etéreo mundo de los libros de la editorial Paidós o Kapeluz. De eso me di cuenta en mi primera práctica real en aula, cuando al llegar al colegio donde escogía hacer la práctica me encontré con un alboroto gigantesco y una ambulancia entrando rauda por el portón, y es que un alumno del primero medio había clavado un puñal en el corazón de otro compañero, como venganza por una rencilla que habían tenido con anterioridad. En esa primero práctica supe también lo miserables que pueden llegar a ser los sostenedores de colegios y lo malo que es el sistema de financiamiento municipal y subvencionado de la educación.
Afortunadamente, después llegué a otro colegio que es donde aún trabajo hoy, que si bien no es una maravilla, es un lugar decente y bueno donde ejercer. Claro que le faltan muchas cosas, pero al menos realmente es un colegio y no un negocio.
Sin embargo, parece que la sociedad entera ha dejado de ver a la educación como un derecho fundamental y cómo la mejor contribución al desarrollo social y económico del país. La mayoría hoy ve en la educación un bien de mercado y un lucrativo negocio. Para que decir en qué se han transformado los profesores; meros empleados de apoderados, sostenedores y alumnos.
Con tristeza me ha tocado recibir las críticas de algunos apoderados en las reuniones o citaciones. "¡Resultados, resultados!" eso es lo que importa. Y no vaya uno a incurrir en el grave delito de llamar la atención a alguno de sus alumnos, porque es casi como ser un torturador: "¡Con qué derecho reta usted a mi niño, si yo le doy permiso para hacer lo que quiera!, ¡Yo misma le digo que no se quede callado cuando un profesor le diga algo!".
Tan triste como lo anterior resultan las políticas estatales para elevar los resultados. ¿Sabían que se premia a los colegios que menos repitientes tienen? ¡Ok!, ¡Arreglemos notas! Nada cuesta hacer que el 2 que Juanito sacó se transforme milagrosamente en un 5. He tenido colegas que llegan a palidecer si en una prueba hay más de diez rojo. Ya sé que usted, desocupado lector dirá que si en una prueba hay muchos rojos, debe ser porque se ha enseñado mal. Yo mismo era de esa opinión antes de saber cómo estudian los escolares chilenos. He llegado a presenciar inclusive, como cursos enteros se organizan y ponen de acuerdo para entregar pruebas en blanco solo porque les dio "lata" leer un libro.
Todo, finalmente, se transforma en un círculo vicioso. Los apoderados exigen solo resultados, achacando la mayoría de sus responsabilidades a la escuela, los profesores presionados, deciden exigir lo menos posible a los alumnos, y éstos últimos, al ser poco exigidos, también entregan muy poco de sí mismos. Por eso es que hay alumnos que en educación media tienen un promedio de notas 6,5 y en la PSU no llegan a los 500 puntos.
La educación chilena está hace años en crisis, y lamentablemente, no va a mejorar mientras se confunda cantidad con calidad, mientras continúe la municipalización, mientras los apoderados sigan abandonando a su suerte a sus pupilos, y mientras los profesores no despertemos del letargo y el miedo que muchas veces nos consume.
Yo mismo me he dado el trabajo de colocar hasta 30 rojos en una prueba, pese a los reclamos y los retos, pero una cosa sí les aseguro: la segunda vez solo tengo unos pocos rojos, porque los estudiantes chilenos no tienen una pizca de tontos y saben que cuando se le aprieta deben dar más.

sábado, 16 de febrero de 2008


Volver

Podría decir, amables lectores, que este verano me hallo más meláncolico que nunca. He visitado varios lugares que me han traído gratos recuerdos y quizá ahora comprendo lo que García Márquez señalaba acerca de la memoria y su capacidad para filtrar los recuerdos; para mí hasta los malos recuerdos hoy son buenos.

Como les comenté en mi última entrada, estuve en Pichilemu, que se llevó una buena parte de mi niñez. Casi sin quererlo, regresé hace unos días también a otro de los estivales lugares de mi infancia: Angol. Allí vive la hermana de mi abuela, y solíamos visitarla a menudo hace unos veinte años. Como sabrán, Angol es una ciudad de la IX región, pero más cercana de Los Ángeles que de Temuco, y para quiénes busquen un lugar altamente turístico, no les recomiendo Angol. Sin embargo, es una ciudad que para mí está llena de memoria.

Después de casi 20 años sin verse ni hablarse, mi abuela y su hermana decidieron reencontrarse, así que mi hermana y yo fuimos elegidos para acompañar a mi "bueli" en este periplo de la senectud. Tristemente para mí, que soy un amante de los trenes, el ferrocarril ya no llega a Angol, así que debimos abordar un bus desde la Alameda. ¡Cómo odio viajar en bus! Detesto no poder parar donde se me antoje o no poder pararme siquiera a estirar las piernas un rato. En fin, como me lo esperaba el viaje fue horrendo. De noche, sin aire acondicionado, escuchando ronquidos lejanos, el baño sin agua y sin la posibilidad de comprarse un café siquiera. Y eso que era un bus de una empresa grande y respetable como Tur Bus, pero en fin...

Llegamos a Angol a las seis y media de la mañana. Desde ese instante volví a sentir el olor del sur, de los ríos y los volcanes, de los bosques y los lagos. La ciudad estaba más moderna, pero seguía siendo la misma. Sin embargo, mi más grande impresión, fue pisar nuevamente la casa de mi tía abuela. Fue ver la casa y reconocerla. Es raro, pero sentí que el tiempo se había detenido en ese lugar. El olor fue lo que más me sorprendió. Apenes crucé el umbral y lo respiré, volví a tener seis años por una milésima de segundo, volví a sentirme feliz y seguro, con todo el tiempo del mundo para dejarme querer y dormir sin pensar en las horas del eterno mañana. El patio lleno de frondosos naranjos y durazneros, la cocina oliendo a leña y pan amasado, los dormitorios de techos altos y camas mullidas, el baño enorme y frío. Todo estaba igual, quizá más viejo, pero era ese pequeño espacio de la tierra en que con mi hermano jugábamos a ser quiénes nunca fuimos, con mi abuelo conversabamos hasta bien entrada la noche y con mi mamá entraba al baño, porque me daba miedo entrar solo a ese espacio húmedo de un eco que me parecía sobrenatural.

Es asombroso como uno se va haciendo viejo tan rápido. Los días se suceden con una prisa malévola. Pero, como ya lo he dicho varias veces antes, sigo estando convencido de que envejecer es ante todo añorar. Cuando el tren nocturno salía de Temuco con dirección a Santiago, y yo volvía en él, descubrí que me siento muy viejo, pero me queda el consuelo de que el niño que yo fui sigue corriendo por el patio de la casa de mi tía abuela en Angol.

domingo, 3 de febrero de 2008



Pichilemu, mi amor

Confieso que nunca he sido muy fanático de la playa, pero sí del mar. O más bien no gran entusiasta de lo que la mayoría de las personas gusta hacer en la playa. Para empezar la prefiero en invierno, ojalá con algo de frío y con ese mar alborotado y espumoso que azota las rocas, horadándolas por siglos. Prefiero las playas solitarias y silenciosas, donde solo la mar o el viento interrumpan mis pensamientos con sus naturales sonidos.
Afortunadamente, para la mayoría de las personas, el verano no permite que las playas estén solitarias y frías, sino atestadas y cálidas, y en ellas retocen las familias, chapoteen los niños, exhiban sus dorados cuerpos las mujeres y muestren los músculos (o los rollos) los hombres. En verano y principalmente en la V región, alcanza su paroxismo esta situación, donde además de de personas, se le debe sumar a la playa, toneladas de basura, melones con vino y radios con reguetón (si es que así se escribe, pero yo lo castellanizo) o cumbias de dudoso valor hermenéutico.
Gracias a Dios, existe Pichilemu.
Y no es que en Pichilemu no se den grandes grupos de gente más dispuestas a disfrutar la vida que este humilde narrador, sino que en Pichilemu aún se puede disfrutar de la tranquilidad, sobre todo en la mañana, pues para mí, las mañanas más hermosas de Chile están en los fríos y húmedos despertares de Pichilemu.
El amor por este balneario me viene de chico. Por muchos años mi familia y yo veraneamos allí, en los tiempos en que era difícil llegar a él desde Santiago. Me parece todavía increíble que en el viejo Peugeot 404 que tenía mi papá hubiésemos viajado tan cómodos seis personas. Era toda una travesía por caminos de tierra y cuestas interminables. En mi memoria siempre permanecen vivos los recuerdos de esa entrada a Pichilemu: después de la última cuesta, de fondo el mar y a un lado, el pueblo y esa copa de agua que era lo primero que uno podía ver. Mi hermano y yo eramos muy pequeños, pero aún hoy nos parece que las lunas más grandes y hermosas se veían en Pichilemu.
Con mi abuelo, nos levantábamos muy temprano para salir a caminar. Íbamos a los enormes bosques que rodeaban el pueblo, bordeábamos la laguna, caminábamos por la vía férreo y jugábamos a dar vuelta los trenes en la tornamesa de la estación. Mi papá salía solo a pescar lenguados de madrugada (y por Dios que atrapó uno inmenso, como de siete kilos) y por las tardes y al anochecer, lo acompañábamos a la laguna Petrel a pescar pejerreyes que le sirvieran de carnada para la pesca matutina. Por las noches, un paseo por la calle Ortúzar o por Aníbal Pinto, para comerse unos churros o apostarle a que cajita iba a entra el cuy. Claro que igual ibamos en las tardes a bañarnos a la playa, pero yo, por lo visto, desde siempre he sido más contemplativo que de acción.
Luego, por años no visité Pichilemu.
Volví con mis hermanos y mi polola hace un par de años para un feriado largo y lo encontré cambiado, pero con el mismo aire de tranquilidad que tanto me gusta. Volví otra vez este verano y lo noté aún más cambiado, pero en esencia sigue siendo el Pichilemu que tanto quiero.
Me preguntó alguien con cuál me quedaba, si con el de antes o con el de ahora. Obviamente yo, románticamente, dije que con el de antes, con el de casa antiguas, con caminos de tierra y "cabritas" celestes. Con el de balseo en Cáhuil y el de grandes bosques que lo cercaban. Pero es inútil intentar ganarle al tiempo. Ya muy pocas calles de tierra quedan. Hoy los puentes reemplazaron a las balsas. Ya no hay rieles ni durmientes. Ya no camino con mi abuelo ni pesco con mi papá. Todo a cambiado, pero le doy gracias a Pichilemu porque allí he sido feliz, porque allí soy feliz también ahora, en otras circunstancias.
Por eso, si me preguntaran dónde prefiero sentarme a pensar, diría que en las arenas de Pichilemu, frente al mar.

miércoles, 16 de enero de 2008

El ramal Talca - Constitución




Conozco a varias personas que creen "a pie juntillas" en las vidas anteriores. La mayoría de ellos dicen haber sido faraones, reyes, pricesas o grandes personajes de otros tiempos. Yo no creo en ello, quizá por mi formación católica, pero de haber vivido en un tiempo determinado, anteriormente, me habría gustado tener mi edad por la década de los 60. Me hubiese gustado mucho presenciar el mundo y el Chile de esa época de cambios sociales y utopías. Es raro, pero tengo algo parecido a una nostalgia de esos tiempos y, claro está, dicha nostalgia no tienen explicación lógica.
Lo más probable es que las historias de mi familia -en particular las de mi abuelo- tengan mucho que ver con eso. Desde niño me sentí transportado a otros tiempos en que las cosas eran diferentes y más sencillas. Una de las historias de ese pasado efímero que más me gustaba escuchar era la de los viajes en tren al sur que realizaban mis abuelos y mis padres. Las combinaciones en los ramales y esa increíble variedad de gentes que subían y bajaban en los pueblitos, cargando sus bultos, víveres y animales.
Desde chico, entonces, soñé con alguna vez realizar un viaje como aquéllos, para ser testigo presencial de una parte de Chile desconocida para mí. Pero Chile ya no era el mismo.
Para empezar, la otrora inmensa Empresa de los Ferrocarriles del Estado (EFE en la actualidad), es apenas una ínfima fracción de lo que fue y si antes se podía llegar a cualquier parte en tren , hoy con suerte llegas a Temuco y solo en verano. Los ramales ya no funcionan, y la imponente maestranza de San Bernardo hace ya más de una década se transformó en un complejo habitacional. Da pena pasearse por la Estación Central y ver como se pudren bajo el sol los carros que fueron parte de la historia de Chile. De la Estación Mapocho, mejor ni hablar.
Sin embargo, aún me quedaba una posibilidad de conocer algo de lo que fue el pasado del ferrocarril: el último ramal que aún funcional y que recorre unos 88 kilómetros que separan la ciudad de Talca del antiguo puerto de Constitución en la VII región.
Un llamado "buscarril" recorre este ramal. Es una máquina vieja, parecida a un micro con fuelles que funciona con petróleo y que corre por una trocha angosta. Se demora alrededor de tres horas y media en realizar el tramo y funciona todos los días.
Desde el primer minuto parece un regreso en el tiempo. La gente que en este buscarril viaja son campesinos, obreros y algún turista que como yo, siente nostalgias o curiosidad. Sus dos carros, se llenan de víveres, garrafas y ropas. La gente sale de sus pequeños poblados para abastecerse en Talca o constitución, y regresa por la tarde. Es su único medio de transporte, pues no hay caminos que comuniquen estas localidades. El tren serpentea por la orilla del río Maule, a no más de 20 kilómetros por hora, por unos rieles desgastados y con claras muestras de abandono. Y créanme, hay que tener aguante para realizar esta travesía, pues es un viaje duro y agotador, pero es algo que no se olvida y que vale la pena.
Este viaje no solo te acerca a lo que es la historia de Chile, sino que es también el último vestigio de la función social del ferrocarril, la función de ayudar a los chilenos que más lo necesitan a comunicarse con el resto del país. La gente que usa el servicio, quiere y respeta a las viejas máquinas y a sus tripulantes. Les regalan cosas (cajones de tomates, bebidas, animales) y ellos reciben encargos que compran y después pasan a dejar.
Quiera Dios que ferrocarriles del Estado no desaparezca y vuelva a ser alguna vez lo que fue: la forma de transporte para todos los chilenos y un orgullo para nuestro país.

miércoles, 2 de enero de 2008




Súper Mario Galaxy: ¡Okidoki!

Perdónenme la ñoñería queridos y escasos lectores, pero en esta ocasión es el corazón el que manda respecto a lo que estoy escribiendo ahora. Y cómo no, si me encuentro emocionada como hace años no estaba gracias a un videojuego. Ya les había contado antes acerca de mi particular relación con los juegos, en especial con los de la gran "N", como llaman los gamers a Nintendo. Pues sí, con algo de mal sano orgullo reconozco que fui uno de los primeros en tener una Wii, la nueva consola de Nintendo, en mi casa. La compré principalmente para poder jugar como Dios manda The legend of Zelda: The Twilight Princess, y debo decir que me di por satisfecho. Nunca había podido jugar con mis padres que -realmente- detestaban los juegos, pero con la Wii pude hacerlo, y, para mi sorpresa, ellos inclusive tomaron la iniciativa algunas veces. Con mi papá, antes de que enfermara (les contaré de eso alguna vez) jugábamos "golf" del que viene incluido en el Wii Sports y vaya que lo disfrutábamos.

Como siempre me resigné a las críticas de los detractores de Nintendo (Por si no lo saben, hay una férrea disputa entre los amantes del Nintendo, del PlayStation y más recientemente, del Xbox), acerca de que los juegos son gráficamente inferiores o parecen para preescolares. Concedo que gráficamente la Wii nunca será como el Play 3 o el Xbox 360, pero un juego no solo son buenos gráficos, sino diversión, novedad. Cuando un juego no te deja dormir tranquilo pensando en cómo pasar una etapa o tarareas su música en el metro mientras viajas, quiere decir que ese juego es genial.

Dicha experiencia casi "mística" solo ocurre en contadas ocasiones. La primera me pasó cuando conocí el Súper Mario Bros. de Nintendo en 8 modestos bits. En ese instante empezó mi pasión por los juegos. Todos los Marios de Nintendo fueron buenos y novedosos, y con Súper Mario World de Super Nintendo se coronaron las plataformas en 2 dimensiones. Yo sé que TODOS, alguna vez deben haber jugado un Súper Mario, aunque sea solo un ratito.

Muchos años después, y siendo ya adulto, recaí con el bigotón gásfiter. Era el genial Súper Mario 64 de Nintendo64. Ningún jugador del mundo podría contradecirme si afirmo que sentó las bases de la mayoría de los juegos en 3D que saldrían después. Sencillamente genial. No solo por sus gráficos, sino también po el mundo creado, sus desafíos y su música.
En ese mismo tiempo, el otro juego que no me dejó dormir fue el increíble La leyenda de Zelda: Ocarina del Tiempo; ¡Qué juegazo! Insuperable y de acuerdo a muchos entendidos, el mejor juego de la historia.

Como la idea no es alargarme más de lo debido, retomo el punto al que quiero llegar. Los juegos de Súper Mario son generalmente buenos, pero después del Mario 64 iba a resultar difícil superarse. El ejemplo es Súper Mario Sunshine, que sin ser un mal juego, dejó con gusto a poco a quienes nos gustan las historias del gásfiter italiano. De más está decir que el GameCube fue un fracaso como consola y como incentivo a jugar.

Pero eso cambió con Wii, y por eso estoy emocionado. El nuevo Súper Mario Galaxy es todo lo que los amantes del Nintendo podíamos querer. Una historia clásica de Súper Mario, mezclada a la perfección con todo lo bueno que podía ofrecer la Wii. Cómo siempre, el fontanero debe rescatar a la princesa Peach de las escamosas garras del perverso Bowser (sí, ya sé que eso no es muy novedoso) pero los gráficos, los mundos, la música y los retos son sencillamente maravillosos. Es un juego sencillo de jugar, pero a la vez complejo de terminar. Yo ya llevo 48 estrellas y hasta ahora, nada de él me cansa. Es todo lo que podía pedir en cuanto a juegos para esta Navidad.

Ya sé que más de alguno debe estar pensando que soy un nerd de lo peor que hay, y tienen razón, pero bueno, todos tiene sus pequeños dobleces, y los juegos son los míos.

Si alguien puede, lo invito a jugar el nuevo y maravilloso Súper Mario Galaxy para Wii.

P.D.: No, no trabajo para Nintendo.

martes, 11 de diciembre de 2007

Nuestras pequeñas miserias diarias

Época de Navidad. Otra vez. Con todo el ajetreo, casi ni me acuerdo qué se celebra. Tengo la cabeza como "papa" de tantas preocupaciones. Me gustaría decir "Tengo estos huesos hechos a las penas/ y a las cavilaciones estas sienes:/ pena que vas, cavilación que vienes/ como el mar de la playa a las arenas. / Como el mar de la playa a las arenas,/ voy en este naufragio de vaivenes". Me gustaría tanto ser poeta a veces, quizá por eso imagino que tal vez algún lejano e improbable parentesco tengo con Miguel Hernández. Total, si Huidobro decía que era pariente del Cid... en fin.

Perdón, pero me estaba alejando de lo que quería decir. A lo que iba es que siento que no me da para más ni el alma ni el cuerpo, en resumidas cuentas, estoy abatido; me siento derrotado. Quisiera dormir una siesta planetaria, de siglos. Dormir pensando solamente en que nada tengo que hacer al levantarme. Una buena siesta de niño. Pero debo vivir la vida que me tocó y que elegí, aunque en este lugar y en este instante, no me guste mucho.

Hoy, intentando hacer milagros con lo que me quedaba de sueldo, salí a pagar cuentas. Aunque mi presupuesto no lo contemplaba, decidí darme un gusto y beber un café en uno de esas cafeterías de mall que son todas iguales. No había mucha gente a esa hora, seguramente por la canícula inclemente, pese al aire acondicionado, pero los clientes que había no podían ser más disímiles. A mi lado, una pareja joven y "bella"; frente a mí, una joven de gafas y con un aire de "yo soy Bety, la fea", que acompañaba a dos ancianas que parecía habían sido compañeras de curso del presidente Balmaceda, una con bastones y la otra en silla de ruedas.

Como andaba con ganas de "no quiero contacto humano", saqué un libro e intenté leer un rato para no mirar ni escuchar a nadie. Me fue imposible. A mi lado, la pareja joven y bella, conversaban con el volumen muy elevado. Reían, y él le contaba a ella acerca de un negocio que un tal Guatón Pérez había arruinado. El tipo tenía bronceado de solarium, lentes de sol Armani (perdónenme, no sé como se escribe) y un reloj que seguramente era un excelente conductor de la electricidad. Ella era "Topísima" Buen cuerpo, bonito rostro, ropa que le sentaba de maravillas. Jugueteaba con su sandalia mientras coqueteaba con su interlocutor.

Las veteranas del frente, casi no hablaban. La muchacha hablaba pero no obtenía muchas respuestas. Las tres tenáin sendos helados, pero la joven debía dárselo a la de la silla de ruedas, que recibía la cuchara con avidez, pero que hacía un gesto como de asco al tragar. La otra señora, al parecer mucho más sana y lúcida, le daba ánimo a la otra. La muchacha les preguntaba a cada rato si tenían frío o si se sentían bien. La más joven contestaba. La otra, solo decía que ya quería irse, y acto seguido, lloraba con una pena que contagiaba a los demás. Nunca lo sabré, pero me parecía que lloraba de impotencia, de una impotencia que solo ella podía sentir, porque no podía ni llevarse una cuchara a la boca por sí misma.

La pareja de mi lado pidió la cuenta. 9.800 pesos. Él, solícito, sacó una enorme billetera negra de cuero, que dejaba ver todas sus tarjetas de crédito (unas diez, creo), todas Visa, Mastercard y American Express, sacó un billete de diez mil y pagó, sin dejar de sonreir con una sonrisa parecida a la del gato de Alicia en el País de las Maravillas, versión Disney.

Al frente, la joven, que decidí bautizar como Bety, abrazaba con ternura a la viejecilla en silla de ruedas, la consolaba como una madre a un hijo, le limpiaba con un pañuelo los ojos y le decía que ya se iban, que había que esperar a Martín, que debía estar por llegar. Realmente me conmovía ver como esa joven podía ser tan tierna y no perder la alegría al estar en contacto con tanta "miseria", pensaba yo, al estar con seres humanos a los que su cuerpo parecía abandonar sin liberar al alma primero.

La pareja joven recibió su vuelto. 200 pesos. Aunque las matemáticas no son mi fuerte, creo que el 10% de 9.800, son 980 pesos. Esa, me parecía, era la propina que gente tan exitosa debía dejar, como lo que correspondía en justicia. Pero no, él dejo solo los 200 del vuelto, y cuando se pusieron de pie, ella sacó cien más de la bandejita, arguyendo: "se demoró mucho con la cuenta", mientras se reía como si hubiese sido el mejor chiste del mundo.

Llegó Martín, finalmente, a la mesa del frente. Si hubiese estado con el uniforme de las SS alemanas no habría parecido tan nazi. Era alto, rubio y con un corte marcial en el cabello. Como para completar mejor el cuadro, llevaba en la mano un libro que en su portada tenía la foto de un militar y el título era algo como "La lucha heroica de Miguel Krasnoff", ¡Dios mío! Con un vozarrón déspota, igual que dando una orden, dijo sin mirar a nadie: "¡Vamos!" La viejita de la silla estiró los brazos hacia él, pero él ni se dignó a mirarla. La joven, que se veía asustada, tomó la silla y salió rápidamente detrás del hombre, pero antes me dio una mirada como pidiéndome perdón por tener un patrón como ése. En el apuro, no hubo propina tampoco.

A mí, me salió 1.000 el café y pagué con mi último billete de 5.000. Busqué alguna moneda en mis bolsillos para la propina, pero descubrí que solo andaba con veinte pesos. Mi vuelto eran cuatro billetes de mil como recién hechos. Me dolió, pero adivinen cuánto deje de propina.