martes, 27 de abril de 2010

"La Verdad os hará libres"



"Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la Verdad; y la Verdad los hará libres". Juan 8:32


A quienes nos consideramos católicos, cómo nos ha dolido lo que ocurre con nuestra iglesia. A veces, se puede sentir uno solo contra el mundo. Cuando escuchamos a la gente decir cosas como: "Todos los curas son pedófilos", o "que la iglesia ya no tiene nada que dar a los hombres", no podemos dejar de dolernos. Me duele mi iglesia.

Me duele por sus propios errores. Me duele por las faltas de unos pocos que pagan muchos. Me duele porque no se actuó desde el principio como se debía, intentando encubrir, trasladar, olvidar lo que ocurría. Me duele por la soltura con que muchos hablan, los medios opinan y algunos prevarican. Me duele, sobre todo, por las víctimas, por quienes depositaron su amor, su fe en personas que debían estar al servicio de Dios, de Cristo y su pueblo, y se aprovecharon de su condición para cometer algunos de los crímenes más horribles contra otro ser humano. 

Hace tiempo que, lamenteblemente, la iglesia católica ha estado equivocando el rumbo. En Chile esto es claro y evidente. Durante los 70 y 80 fue una verdadera columna vertebrar de la sociedad chilena herida. Fue la que defendió a los indefensos. Fue la que alimentó a los habrientos. Fue la que protegió a los perseguidos. Fue la que se atrevió a hablar, siempre con la paz, a los dictadores. Pero en nuestros días, la iglesia se ha alejado de su pueblo. Se ha alejado de la acción social. No está, como se dice en buen chileno, "donde las papas queman".

Mucho obispo y mucho cardenal de "oración y espiritualidad", pero muy pocos de "acción y participación". No creo que el maná caiga del cielo para los pobres solo con esa espiritualidad. No caerá porque el maná lo tienen acaparado unos pocos y se lo venden en cuotas a los muchos. 

La iglesia debe decir la verdad y pedir perdón por lo que tenga que pedir perdón. Con humildad y con fe en su propio futuro. Pero las sociedad entera también debe dejar la hipocresía de lado. Para muchos es harto más fácil ser un críticos desinformado que un cristiano comprometido.

Tengo aún fe en que la iglesia avanzará hacia un futuro mejor. Tengo fe en que será más abierta al diálogo y la participación. Tengo fe en que así como salió fortalecida del Concilio Vaticano II, tiene ahora también la oportunidad de hacer grandes cosas para estar cada vez más cerca de su pueblo. 

Porque sigo creyendo en Dios. Porque sigo creyendo en la Verdad y sé que la Verdad nos hace libres.

martes, 6 de abril de 2010

¿Es Chile un país solidario?


Hace ya unas cuantas décadas, ese gran hombre a quien tan atinadamente el presidente Lagos llamó "padre de la Patria de nuestros tiempos", San Alberto Hurtado, se hizo una pregunta que en la sociedad chilena de la época sacó más de una roncha: ¿Es Chile un país católico?

Desde la perspectiva del padre Hurtado, un país que mayoritariamente se decía y declaraba católico, es decir cristiano, no podía vivir tan sumido en la injusticia social y en la iniquidad que condenaba por generaciones a las personas a padecer la miseria más abyecta y la explotación más brutal. No podía concebir nuestro santo que quienes más católicos se declaraban fueran a la vez los que más acaparaban para sí las riqueza, más explotaban a sus trabajadores y, lo que es peor aún, eran quienes más cerraban los ojos ante las flagrantes injusticias que veían por doquier.

Han pasado muchos años desde entonces. Ya no cabría quizá preguntarse si Chile es o no un país católico (cada día somos menos los que nos reconocemos bajo esa fe), pero sí vale hacerse la pregunta: ¿Es Chile una país solidario?

Desde pequeños, ya en la escuela, se nos decía que nosotros, los chilenos, éramos un pueblo valiente, patriótico y solidario. Nuestra buenas, pero miopes, profesoras nos daban largas peroratas acerca de esos valores tan fundamentales de nuestra idiosincracia. Y claro, juntabamos monediatas de a peso o de a diez en cajitas de cartón para al cuaresma, o por octubre, en cajas de zapatos, juntabamos las chauchas para la Teletón, y nos hacía felices saber que esas moneditas, cual milagroso objeto, permitirían a un niño, a un par, ponerse de pie, caminar, tal vez ir al colegio o salir a jugar. Y los buenos curitas del catecismo, nos decían que nada agradaba más a Dios que ayudar a nuestro prójimo, pero aún más si nuestro prójimo ni se enteraba que lo estabamos ayudando. "Que nunca sepa tu mano izquierda lo que hizo tu derecha" me decían, y para mí eso se transformó en un axioma de vida.

Y las encuestas, los medios de comunicación, la gente común y corriente en la calle afirman con orgullo: "somos un pueblo solidario. Cuando hay que ayudar ayudamos", y se sonríen y se sienten satisfechos y duermen cómodamente y sin sobresaltos por las noches.

Pero... yo no estoy de acuerdo. No somos más solidarios que cualquier otro país. No nos distingue la solidaridad y, menos aún, nos da superioridad moral alguna. No, perdónenme en verdad, pero no. Chile no es un país solidario. Y no los somos porque nuestros "pecados" como sociedad son tanto de acción como de omisión.

Las tragedias que cada cierto tiempo nos azotan, hacen que sintamos la necesidad de ayudar y de que no ayuden y protejan. Y nuestros mesías de los mass media nos aúnan en campañas para ir en ayuda de quienes más nos necesitan. Y, al igual que la viuda pobre que da sus dos monedas de cobre, millones de chilenos donan lo que pueden para ayudar, porque realmente creen que ayudan. Pero tras la viuda pobre, aparecen los fariseos que dan sus millones de monedas de oro. Y quienes observan se sorprenden y maravillan y dicen "Qué buenos son estos señores empresarios que donan mil millones para la reconstrucción" Pobre gente ilusa... no saben que nunca es bueno el que pregona de serlo.

Vamonos por parte.

No puede el nuestro ser una país solidario si un pequeñísimo porcentaje de él concetra casi el 80% de las riquezas, y nos las comparte ni tiene intenciones de hacerlo. Si usted, amable lector, piensa que determinado empresario o empresa es "buena" porque donó una importante cifra frente a las cámaras, lo siento, pero desengáñese. Con los impuestos que no va pagar por el concepto de "donación", le aseguro que salió ganando con lo donado. Y las empresas donan, que sé yo, cien millones, pero gastan quinientos en publicidad para anunciarle a todos los chilenos que ellos son buenos y donaron cien. Algunas empresas son tan pero tan buenas, que donan "Cien", pero después papá gobierno les hace un contrato exclusivo para la reconstrucción por "mil". ¡Cuánta bondad!

Después, qué decir de nuestra primera autoridad, que no solo no contento con no cumplir su palabra de vender sus acciones de varias empresas antes de asumir la primera magistratura, luego de que los hace, busca la manera de pagar la menor cantidad de impuestos posibles, aún a sabiendas de que el país necesita recursos con urgencia. Claro, no violó ninguna ley. No hizo nada ilegal... ¿Pero y la ética? ¿Dónde está la moralidad? ¿Cómos se puede predicar con el ejemplo entonces? Quizá usted me diga: "Bah, cualquiera hubiese hecho lo mismo" Tal vez... pero no estamos hablando de que el cajero automático le pase un billete de dosmil en lugar de uno de mil... estamos hablando de 50 millones de dólares en impuestos... ¿Cuánto se puede hacer con eso? ¿Puede usted dimensionar esa cifra, imaginarla en sus manos? Lo que hizo el presidente es lo mismo que pasar junto a un hambriento con la billetera llena de dinero y no darle siquiera un trozo de pan. No hizo nada malo, pero tampoco nada bueno. Nada bueno pudiendo hacerlo y eso, eso si que es malo.

Nuestros medios de comunicación, con una responsabilidad social nunca antes vista, cubrieron para nosotros la tragedia, las lágrimas y el dolor. Pusieron en nuestras pantallas a las víctimas una y otra vez, trasnformando la pena en algo carente de sentido, convirtiendo a las mismas personas en "cosas" para vender a la hora de las noticias. A un niño que necesitaba recobrar su vida normal, lo marcaron para siempre con el triste apodo de "Zafrada" y las autoridades en pleno corrieron a sacarse fotos con él. Y el pobre niño no necesitaba nada de eso, sino solo una casa digna y una escuela donde estudiar. Sin parafernalia, sin flashes, sin pelotas de fútbol presidenciales.

Y el pueblo. La gente. Se lo traga todo sin procesar. No se cuestiona nada. Absorbe y absorbe como esponjas sin límite. Se deslumbra con las luces de los reflectores, las sonrisas del cantante sin talento y las nuevas pechugas de la modelo de moda en la farándula. Algunos hasta pintan su auto con consignas bien intencionadas y otros izan las banderas en casa. Y mientras, las isapres y las AFPs les chupoan los sueldos. Y mientras, siguen explotandolos porque no se sindicalizan. Y mientras, les van a privatizar empresas que son de todos, pero no me interesa. Y mientras, todos queremos ser ricos y exitosos y los demás que se las arreglen como puedan.

No, no somos un país solidario. Tenemos dentro nuestro el potencial para serlo. Pero se necesita más que un terremoto 8,8 para despertar a nuestras adormiladas almas.
Vale.

jueves, 4 de marzo de 2010

La gran grieta

 


Sin duda, después del sábado pasado, nuestras noches no serán las mismas durante un largo tiempo. Podría utilizae este espacio que siento como lo más mío para hablar de aquello, del miedo y la angustia, de lo que hice en esos atroces momentos en que la tierra se sacudió para mostrarnos quién es la que manda en verdad, pero no. Podría quizá hacer llamados a la solidaridad, a colgar banderas chilenas en nuestros pórticos, a donar dinero para la teletón de "Chile ayuda a Chile", pero creo que mis palabras no modificaran las decisiones que en el corazón de las personas ya están tomadas.
Quiero, en esta ocasión, hablar de otras cosas. Temas que para mí son tan trágicos como el terremoto que nos afectó como país. Quiero hablar del terremoto que nos afecta como nación, quiero hablar sobre la gran grieta que parte el corazón de Chile.
Los medios de comunicación, ávidos de sintonía que es lo mismo que decir dinero, nos muestran desoladoras imágenes de las zonas más afectadas, y no bastando ya el dolor que causa la destrucción material de Chile, nos invitan a presenciar en alta definición, saqueo a supermercados, centros comerciales, farmacias. Con horror comprobamos que nuestros compatriotas no buscan presas del hambre solo alimentos y agua para dar de comer a sus hijos, sino que vemos como bajo sus brazos llevan consigo televisores de plasma, lavadoras, botellas de whisky, reproductores de música y una serie de artilugios que nada tienen que ver con satisfacer las necesidades básicas del ser humano.
Ergo, asistimos al patético espectáculo de vecinos armándose de palos, cuchillos y armas de fuego para defender sus propiedades, porque alguien les dijo que escuchó a alguien que había dicho que un amigo sabía de alguien que vio a sus vecinos preparándose como una horda de bárbaros para saquear los barrios de la gente decente. Y otra vez, desde el otro lado del río, los invasores se dejarían caer para arrebatar los frutos de toda una vida a la gente bien de nuestro país que también sufría, pero en orden.
Y como ningún espectáculo está completo sin una gran actriz, la alcaldesa de Concepción y futura intendenta de la región del Biobío, llamaba a los militares a imponer el orden porque no pasaba de otra noche antes de que el caos fuera total y los salvajes hicieran mella de toda la población y la sacrosanta propiedad privada. Ella debía trasmitir calma, pero solo infunció pánico en sus electores.
Esa, amigos míos, es la gran grieta que terminó de desnudar el terremoto del sábado. No la provocó el sismo, la grieta ya estaba desde hace siglos, a veces más pequeña, pero nunca reparada, solo cubierta de estuco para que no se viera.
Estuco y pintura, para que la OCDE, el Banco Mundial, la ONU, el Banco Interaméricano, nuestros vecinos del continente, los turistas, nadie, nadie la viera. Y nostros, como pueblo, como nación, de tanto no verla y a la fuerza tratar de no pensar en ella, olvidamos que allí estaba realmente. 
La grieta, profunda y oscura, atraviesa a la mitad el corazón de nuestra patria. A través de ella podemos ver lo que realmente somos: un país pobre e injusto. Un país que se vanaglorió de los triunfos de un puñado de hombres especuladores, sin darse cuenta de que el pueblo solo recibía las migajas del éxito. Un país clasista y racista, que se ríe de los morenos, de los indios, de los pobres. Un país donde el capitalismo salvaje nos adormeció con su veneno, mientras nos susurraba al oído "todo está bien... para qué preocuparse..."
¿Qué queríamos realmente? ¿Clases de civilidad de quiénes no recibieron en su vida una educación de verdad? ¿De quienes no participan en las decisiones del país? ¿De quienes son excluidos sistemáticamente del mundo de la cultura, las ideas, la participación? ¿Qué querían realmente los medios, si ellos les han vendido circo por décadas a esos jóvenes saqueadores, mostrándoles cosas que no pueden tener, mundos a los que no pueden aspirar, estereotipos que no debieran imitar?
Lo que sucedió después del terremoto es la suma de lo mal que hemos hecho a nuestra nación. Es la verdad del modelo de sociedad que hemos construido, ya sea como dirigentes o como silentes, porque aquí sí que el que calla otorga.
¿Cómo podíamos realmente pretender que esos jóvenes que escapaban con plasmas bajo el brazo estuvieran mejor con una pala ayudando a sus compatriotas sepultados por el maremoto, si nunca nadie les mostró una veta de moral, de cívica? ¿Si nadie les dijo que sus vidas valían tanto como las de cualquier otro chileno, de cualquier otro ser humano? ¿Si les mostramos que la gente no vale por el solo hecho de ser personas, sino por el auto que maneja, la casa en la que vive y el televisor que contempla?
Nuestro presidente electo dice que los más importante es restablecer el orden público. Y tiene razón, pero él cree, ilusamente, que con toques de queda y uniformados en la calle basta. Pero se equivoca, pues el orden solo vendrá cuando nuestra sociedad sea realmente más justa. Cuando nuestros colegios sean iguales en calidad en Penco y en Vitacura. Cuando nuestros hospitales tengan la misma tecnología y calidad profesional que las clínicas privadas. Cuando los trabajadores y los empresarios se sienten en una mesa a negociar en igualdad de condiciones. Cuando una violación sea tan atroz en La Granja como en Las Condes. Cuando un hombre aindiado no sienta vergüenza al hablar con el gerente del banco.
Solo entonces, veremos a jóvenes con libros en sus manos.
Solo entonces se reparará la grieta.
Solo entonces el Reino de Dios estará más cerca de nosotros.
Solo entonces, amigos míos, podremos morirnos tranquilos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Trabajos de oficina


De a poco me voy acostumbrando a esta nueva vida de oficina. He dejado voluntariamente las salas de clases y las he reemplazado por carpetas, escritorios y teléfonos que suenan constantemente. Reemplacé las campanadas y los recreos por "coffee breaks" y "after office", y ya no imprimo y corrijo cientos de pruebas, sino que imprimo, ordeno, fotocopio y archivo miles de documentos. Y cambié las tranquilas calles de San Miguel y la Gran Avenida, por la Plaza de Armas y el atestatado centro de Santiago.

Hasta ahora me ha ido bien. El trabajo es tan mecánico que se aprende rápido. Tiene hasta algo de romántico; sumergido entre estas miles de carpetas que componen el archivo me siento un poco Benedetti, y hasta me he dado el tiempo para intentar escribir algo en mis ratos libres. Y beber buen café que sirven las buenas muchachas del café que está frente a la oficina y que se pasean coquetas en sus minifaldas anaranjadas, sonrientes a toda hora. Yo las miro, y apesar de lo que cree todos, pienso en que sus pobres pies deben terminar reventados al final del día con esos enormes tacos que les obligan a usar.

Mis compañeros de trabajo son simpáticos y nos repartimos los tres bastante bien el trabajo. Todos somos jóvenes y conversamos harto mientras trabajamos. Después de tantos años, he vuelto a trabajar con hombres más que con mujeres, aunque para variar, mi jefe es jefa. No tengo problemas con ello, ya estoy acostumbrado. Hasta se podría decir que me gusta tratar con mujeres para los menesteres del trabajo diario.

Pues bien, al fin encontré el tan ansiado trabajo, tengo más tiempo libre, ya no me caliento la cabeza con reuniones de apoderados negligentes, con pedagogos de biblioteca, directores con alma de economista y polícticas educativas salidas de la facultad de ingeniería de alguna prestigiosa universidad plagada de tecnócratas... pero...

Sin embargo, sucede, sin embargo que tengo extraños sueños por las noches. Sueños agobiantes en que me veo otra vez frente a una pizarra rodeado de los aborrecidos adolescentes de los que escapé. Y me veo escribiendo con plumones de colores, explicando, leyendo, respondiendo preguntas. Otras veces, sin darme cuenta, estoy recomendando libros a la gente, inclusive a los desconocidos, o corrigiendo los errores de ortografía de mis compañeros. Inclusive, me he visto dentro de librerías, cotizando libros de padagogía, manuales de PSU, textos de lingüística, sin saber cómo es que llegué a esos lugares. Bueno, bien dicen que somos animales de costumbres...

Mas, lo raro de esos sueños es que siempre me veo feliz, y yo no suelo soñar cosas felices. Pero, ¡Bah! los sueños sueños son... ¿Los son?

jueves, 21 de enero de 2010

La mala memoria...




Perdimos. Sí, en plural. Muchos me acompañan en este sentimiento, en la derrota. Perdimos y no queda más que aceptarlo, porque nosotros, a diferencia de los vencedores de hoy, sí creemos en la democracia, y como devotos de ella, la practicamos.
Sin embargo, siento que esta derrota resultó particularmente dura y dolorosa. Supongo que así han de ser las derrotas en donde los vencidos tuvieron también responsabilidad en su propia caída. Pero, y ahora sí es muy personal, me duele principalmente por el pueblo de Chile, por su dignidad, por su fe, por su alma.
La Concertación, como toda entidad conformada por hombres y mujeres, cometió errores, pecó de soberbia y se durmió efectivamente en los laureles. Pero con todo, hizo de Chile un lugar mejor, devolvió la dignidad a las personas y resguardó la libertad de todos. Nadie fue perseguido por agentes del Estado y la pobreza material se redujo como nunca antes en la historia. Qué lástima que la pobreza de nuestros espíritus no marchara a la par.
Nos hicimos un país de "nuevos ricos" ostentosos y altaneros. Una ciudad plagada de 4X4, de malls, de palmeras cual Miami. Las bibliotecas se abrieron, pero la gente no entró en ellas. Como dejó de lado tantos otros valores que nos daban sentido: pobres, pero honrados; orgullosos, pero con motivos; férreos, pero solidarios.
"Éxito, éxito, éxito", esa se hizo la consigna. A cualquier costo. De cualquier modo. La derecha y su poder, el capital, sembraron bien su semilla en nuestro pueblo. Y dio frutos.
"Todos seremos empresarios, emprendedores. Esa es la promesa. Moverse, moverse y moverse para ello, nada de detenciones, ni reflexiones. Cuidadito con andar buscándole la quinta pata al gato o haciéndose esas preguntas tontas acerca del sentido de las cosas o la trascendencia. La única trascendencia es la herencia que dejarás en el banco para tus hijos".
Antes, la herencia era una sólida educación, una biblioteca pagada a cuotas y construida en toda una vida. La herencia era el recuerdo de un almuerzo bajo el parrón de la casa, ir por el día a la playa, jugar a la pelota en la calle con tu papá. Era poder comprarse una Citroneta después de años de ahorro. Era ser feliz por lo que vamos haciendo y no por lo que vamos teniendo e incluso, con lo que le vamos quitando al otro.
Pero Chile cambió. ¡Viva el cambio! celebran algunos. Para esos que celebran, los tipos como yo somos solo románticos incurables. Perdedores  irremediables. Somos perversos seres de izquierda y resentidos porque nos molesta el "éxito" de los demás. Pero no creo que el éxito sea contagioso. No se pega por contacto. Sobre todo, no creo en el éxito que se basa en la explotación de la personas, en la competencia salvaje e inmisericorde. No creo en quienes tienen tanto, pero siempre quieren más.
No se trata de querer que todos seamos pobres, como señalan algunos. Se trata de que todos tengan justicia. No solo de que todos lleven pan a su casa, sino que también puedan llevar libros, juegos, viajes. Se trata de cubrir mis necesidades y mis sueños, pero nunca a costa de frustrar los de los demás.
Chile cambió. Hace rato en realidad. Nos vendieron el cuento de que antes de todo o todos estoy yo, yo, yo y yo. Mi familia y yo y los demás, que se las arreglen. Nos vendieron el cuento de que a los pobres no se les regala el pescado, se les enseña a pescar. Claro, difícilmente se pesca bien si el pescador no tiene caña o está muerto de hambre durante la faena.
Nos vendieron el cuento de que todo está resuelto. De que ya no hay heridas. De que es mejor olvidar y mirar para adelante y no por el "retrovisor".
Nuestro problema es la mala memoria. Porque nos quejamos de nuestros malos sueldos, pero votamos por quienes nos explotan. Nos quejamos de la cesantía, pero votamos por quienes la generan por su especulación. Nos quejamos de la delicuencia, pero votamos por quienes ayudan a generarla a través de la injusticia que su avaricia provoca.
En el fondo, amigos míos, a pesar de las 4X4, seguimos siendo los que Paulo Freire dijo hace tantos años: peones de fundo explotados por capataces y patrones, pero lejos de aborrecerlos, solo queremos llegar a ser como ellos.
Dios no ampare.

sábado, 9 de enero de 2010

La insoportable levedad del ser... chileno



Ad portas de la segunda vuelta de la elección presidencial, que de muchas formas definirá el futuro de nuestro país, a pesar de lo que muchos piensan, me siento a ratos profundamente decepcionado de la forma de pensar, de opinar y de actuar de muchos de mis compatriotas. No hablo solo de los que -como se dice en buen chileno- se han dado vuelta la chaqueta al considerar que el barco de la Concertación zozobrará el 17 próximo, sino principalmente del pueblo raso, ese que vota más por lo que otros le dicen o lo que ve en la televisión que por una sólida y profunda convicción política.
Hoy, paseo Huérfanos, no puedo evitar oír la conversación de una pareja... "Veinte años llevan robando, por eso la gente quiere un cambio". ¿Con qué liviandad las personas en nuestro país hablan de los "delitos" del otro, mucho más de los de nuestra clase política? Yo mismo he escuchado acusaciones atroces acerca de autoridades que harían palidecer a cualquier juez, verbi gracia: Que el Transantiago le pertenece a Ricardo Lagos, que las termoeléctricas son el negocio de Frei, que TODOS los personeros de la Concertación que han ocupado algún cargo se han hecho ricos, y así suma y sigue... entonces, yo me pregunto, ¿Por qué esos antecedentes no están en manos de los tribunales de justicia?
Por eso me da risa cuando escucho a tantos de decir que no votarían por Frei porque robó tanto en su gobierno. Hablan porque cual guacamayos repiten lo que le escucharon a otros, sin importarles un carajo la honra de las personas o sin darle siquiera una mínima pincelada crítica a las estupideces que opinan.
Hace solo unos años, medio Chile se dejó meter el dedo en la boca por las acusaciones de Gemita Bueno en contra del actual presidente del Senado, Jovino Novoa. Bastó con que un diario publicara sus acusaciones para que la gente lo creyera, sin otorgar si quiera el beneficio de la duda al senador. Y resulta que era inocente. Sabe Dios que Novoa no es santo de mi devoción política, pero como toda persona tenía derecho a que se le considerara inocente hasta probar lo contrario. Por eso me duele, como concertacionista, que la gente hable tan suelta de lengua de cosas que no sabe, haga acusaciones sin fundamentos y que se deje manipular con tanta facilidad por los poderes fácticos que quieren poner en marcha su teoría del desalojo.
¿Transantiago es lo peor que hay? Pues no. Los accidentes han disminuido en dos tercios y la contaminación por gases se redujo 70%. Hay una tarifa integrada, los choferes no son asaltados y los escolares nunca más han tenido que lidiar con esos antiguos tratos de los conductores... pero la gente repite y repite que el Transantiago es malo... ¿Por qué?
¿El AUGE no funciona? Los estudios señalan que sobre el 80% de las garantías se cubren dentro de los plazos y el resto con retrasos inferiores a los dos meses, atendiéndose incluso en clínicas privadas cuando no existe disponibilidad el los hospitales públicos... ¿Y cuántas veces escuchamos que las esperas son eternas? Si la espera es eterna en su consultorio le tengo una sorpresa: el alcalde es muchísimo más responsable que el ministro de salud, así que piense en eso primero.
Claro que nos falta mucho. Muchísimo que mejorar, pero lo que hemos avanzado es enorme. La derecha a través de los medios que controla nos ha querido hacer creer que poco y nada se ha hecho los temas importantes, y duele ver como la gente se traga esas cosas sin siquiera procesarlas un poco. Pero no los culpo, si hasta intelectuales como Jorge Edwards dicen estupideces como que aquí en Chile la Concertación es casi un PRI como el de México. Pero lo dice en medios sin control ni censura del Estado, lo dice en la Biblioteca Nacional junto a su candidato al que no se le pone ninguna traba para ocupar edificios públicos, lo puede decir en la calle sin que la policía lo persiga y lo puede decir sin que por ello tema por su vida... entonces... ¿Es la Concertación como el PRI? ¿Hay o no estado de derecho en Chile?
La próxima vez, querido lector, que escuches una acusación, pregúntate primero la veracidad y la fuente, antes de creer solo porque todos lo dicen.

P.S.: Se me olvidaba. Distinto es el caso de cierto candidato que SÍ tiene procesos pendientes por estafa y multas de la SVS por uso de información privilegiada. En ese caso si hay pruebas las que están a disposición de cualquiera... solo busquen en Google.
P.S2.: La foto es de los primeros días de diciembre. Un niño en edad escolar repartía propaganda de Piñera en paseo Huérfanos... como para pensar en los derechos laborales en un gobierno de derecha.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Año Nuevo... ¿Vida nueva?



Termina una año más... cuántos se ha ido ya, creo que así va la cancioncilla ésa. Y aunque para mí, realmente, el  Año Nuevo no es más que un formalismo para cambiar de página el calendario y agregarle otra cifra al año, hoy de verdad quisiera creer un poco en esas cosas que dice la gente con tanta liviandad, esas cosas de "dejar atrás lo viejo" eso de "empezar de nuevo".
El 2009 no fue para mí un buen año. Por más que intento mirar hacia atrás, no logro encontrarle nada bueno. Ya lo he dicho antes en este mismo espacio... es, literalmente, como si nada bueno me hubiese acontecido. Ni en lo personal, ni en lo laboral, ni en lo económico, ni en la salud... nada. Nothing happens...
Por ello es que me gustaría creer que el 2010, último año de la década, las cosas cambiaran. Me gustaría creer que sentiré con fuerza de nuevo eso que se llama "alegría" y, por qué no, quizá "felicidad". Pero, por ahora, me parece más plausible seguir en picada hacia los abismos de la desesperanza que encontrar los caminos del sol y eso, amigos mío, me aterra.
Que pasará mañana. No tengo la menor idea. Como la mayoría de ustedes, pero con la diferencia de que el común de los mortales tiene al menos una vaga idea del "mañana". Yo, por mi parte, estoy en la niebla... como un corcho en la mitad del Pacífico. Será extraño un marzo sin sala de profesores, sin colegas a quienes preguntar por sus vacaciones, sin libro de clases y pasada de lista.
Me pregunto... ¿Cómo empezar de nuevo cuando uno ya arrastra consigo mismo? ¿Con una historia? ¿Con una buena parte de la vida?
Ojalá el 2010 sea un año mejor para mí. Por mientras solo habrá que aguardar.
Año Nuevo, vida nueva... lo dudo.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Deus ex machina



Falta ya tan poco para fin de año... y todo, todo se mueve vertiginosamente a mi alrededor, menos yo, que me veo detenido, estático sobre mi eje, inmóvil e incapaz de avanzar (ni retroceder) de ningún modo.
Tantas veces antes, en mi vida anterior -antes de todo esto que me está pasando-, escuché a gentes que decían sentirse dentro de laberintos aplastantes o inmersos en abismos insondables, y yo, yo no los entendía, no podía ponerme en sus lugares. Para mí era todo claro: un problema, una o varias soluciones, y ya está. Pero ahora, yo estoy en el laberinto.
¿Cómo se hallan las salidas de los laberintos? Quizá si hubiese previsto más el futuro debía hacer como Teseo y conseguirme por allí un buen ovillo antes de meterme en laberintos, pero no preví que esto pasaría. Según mi psicóloga solo el tiempo y las exquisitas dosis de fluoxetina que deberé tomar me irán ir encontrando la salida a tanto muro que veo delante de mí. Pero algo no me convence del todo en su hipótesis. Puede que se deba, en todo caso, a que no puedo hoy por hoy ver nada con claridad... podría darme de bruces con la puerta y no sería capaz de verla.
¿No les ha pasado sentir que en meses, muchos meses, nada bueno les ha pasado? Sí, sé que eso puede ser muy injusto, pero más o menos así me siento, como si Dios (sé que Él no tiene tiempo para pequeñeces como esas) se hubiese ensañado conmigo más que con el resto.
Desde chico se me enseñó que el regalo más grande de Dios a los hombres era la libertad, el albedrío, llegando inclusive a darnos la capacidad de negar su existencia o rebelarnos ante Él. Pero yo quisiera en este momento una manifestación más presencial de Dios, que de una vez por todas le dé algo de luz otra vez a mi vida, me deje ver salidas y no solo laberintos oscuros cerniéndose sobre mí. Estoy pidiendo demasiado, un milagro quizá...
Einstein dijo que Dios no juega a los dados, queriendo poner de manifiesto que nada es azaroso en el universo, y por extensión en nuestras vidas. Si Dios se manifiesta entonces a través de lo que llamamos "coincidencias" o "casualidades", tienen muchas razón los que dicen que los caminos del Señor son misteriosos, casi tanto que escapan por completo al entendimiento de un simple mortal como yo.
Casi al terminar la sesión del viernes la psicóloga me preguntó: "¿Crees que ya tocaste el fondo?" Lo pensé unos segundos y le contesté: "No los sé, y eso me aterra. Si estuviera en el fondo solo cabría ir mejorando, como dice Serrat, pero me temo que todavía puede haber más profundidad en este pozo".

martes, 15 de diciembre de 2009

Necio



Yo quiero seguir jugando a lo perdido,
yo quiero ser a la zurda más que diestro,
yo quiero hacer un congreso del unido,
yo quiero rezar a fondo un hijonuestro.
Dirán que pasó de moda la locura,
dirán que la gente es mala y no merece,
mas yo seguiré soñando travesuras
(acaso multiplicar panes y peces)
(El Necio,  Silvio Rodríguez)


Debo confesar, queridos amigos en el espacio, que la desazón y la amargura, se apoderaron de mi corazón la tarde del domingo recién pasado. Una desazón y una amargura aún más fuertes que las que suelo llevar a cuestas tradicionalmente. Y cómo no, si presenciaba con estupor lo que para mí constituye una afrenta a la dignidad de un pueblo, de una nación... pero lo que es peor, una afrenta perpetrada por el mismo pueblo contra sí. Presenciaba que es cierto que el dinero y el poder económico todo lo pueden, todo lo compran, desde una mesa a una conciencia, desde un auto a un voto, a un senador, a un diputado... a un presidente.
Yo me considero un hombre de izquierda, católico y libre, aunque algunos crean que una combinación así no es posible. Me sé, además, medianamente inteligente. Lo suficiente, al menos, para saber que la Concertación ha cometido muchos errores en veinte años, pero es esa misma inteligencia la que me hace saber, intuir, desconfiar y predecir que en la derecha, esa que es la misma de antes, nada bueno hay. Se cambiaron un poco las máscaras, pero siguen siendo los mismos que gobernaban con los militares. Los mismos que se enriquecieron a costa del sufrimiento del pueblo, los mismos que iban a misa como si nada mientras aquí se mataba, se torturaba y se hacían desaparecer a miles de chilenos y ellos no decían nada..
Por eso mi desconcierto, mi desazón. Porque presencié como otro candidato que se decía de izquierda, prefería, según él por respeto a los pobres y a la clase media, entregarle a la derecha las llaves de La Moneda. Porque fui testigo, además, en tantas partes de mujeres y hombres, de trabajo, pobres, vendiéndose a las lisonjas de la derecha que les regala unos tarros de conserva, unos calendarios y promesas absurdas.
Pero ahora es cuándo. Ahora es cuando se debe superar esa desazón y luchar más que antes por lo que creo. Por no permitir que los que ya tienen "casi todo" lo tengan "todo". Aunque las encuestas estén en contra, aunque se llene de traidores la calle, aunque muchos me digan que todo está perdido y que hay que resignarse... todavía tengo el derecho de creer que hay más chilenos que como yo, queremos un mundo más justo para todos y no solo para quienes puedan pagarlo.
Todavía tengo el derecho de ser todo lo necio que quiera.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Autoayuda



Debo confesar, queridos e imaginarios lectores, que una (más) de las cosas que me hace enojar de esa forma que tanto odian quienes me conocen (sí, esa de los gritos y la misantropía crónica) es el tema de la literatura de autoayuda... Sip, la autoayuda, que partiendo del concepto mismo es una imbecilidad total.
Mi rabia aumenta aún más, cuando al visitar las librerías, la Feria del Libro o mirar el ránking de los libros más vendidos constato con horror el inmenso lugar que ocupan esas páginas de "autoayuda"
Partiendo del concepto todo está mal: ¿AUTOAYUDA? Auto del griego 'αύτο' que significa 'por sí mismo', es decir, me ayudo a mí mismo... por lo tanto, nadie me ayuda, soy yo quien me ayudo y como soy imbécil, pago por ayudarme solo. ¡Steve Jobs no le llega a los talones a Coelho!
No crean que esta ha sido una discusión breve... me ha tocado tener entretenidas discusiones con muchas personas, incluso amigos o familiares, por el temita de la autoayuda. Desde pequeño, para que vean. Recuerdo que la primera vez que me enfrenté a este tipo de literatura escritura fue en octavo básico, cuando mi tierna maestra de castellano, la señorita Pingüino (así le decíamos a la pobre) nos hizo leer esa bazofia new age de Juan Salvador Gaviota. Mis compañeros saltaban en una pata, claro, después de leer los cuentos del "Vaso de leche, el colo-colo, el delincuente" de Manuel Rojas, para ellos era una maravilla leerse un librillo de unas 50 páginas, de las cuales un tercio eran fotos mal fotocopiadas de gaviotas. Algo no me cuadró después de la lectura. Para enseñanzas ya tenía a mi mamá o al cura todas las mañanas en la misa. Pero esa cosilla media mesiánica ya me estaba dando como patada en los riñones, y eso que solo tenía 13 años. Con el tiempo, y sobre todo con la lectura, llegué a entender qué era lo que no estaba bien: nada.
En la universidad viví uno de los momentos que más huella me ha dejado acerca de esta psudoliteratura. Mi amiga Denís se debe acordar: Primer año, clase de Competencia comunicativa oral I (Qué nombrecitos, ¿no?). Todos debíamos hablar de un libro que nos hubiese marcado en nuestras vidas. Íbamos bien: Cien años de soledad, Cumbres borrascosas (though you may not belive!), Narciso y Goldmundo, hasta que una compañera saca El caballero de la armadura oxidada... FAIL! Nuestro profesor que era un amor (hoy es rector...) trató de ser lo más tierno y amable posible mientras destruía el libro favorito de mi compañera y de paso todo lo que ella había creído respecto a la literatura hasta entonces... pese al escarnio público, le hizo un favor ese día el profesor. Lo trágico (aunque gracioso para mí) fue que mientras el profe pedía se arrojara a la hoguera ése y muchos otros libracos como aquél, varios compañeros escondían con disimulo sus copias del mismo título.
Como me reconozco prejuicioso, mas no por ello incapaz de reconocer un error, decidí leerme aquellos libros de tan mala reputación entre los críticos literarios. Empecé con Coelho... Verónika decide morir... iba tan bien hasta...
Y es que eso pasa con los libros de autoayuda. Muchas veces empiezan bien, pero después... el final feliz, prefabricado. Las frasecitas cursis llenas de sabiduría comprada en el Mall, el plagio descarado de otras obras que sí son literatura. Aforismos como "La verdad esta en tu interior", "Eres bello, un ser de luz" "En tus vidas pasadas fuiste un príncipe, por qué ahora no?" ¡Fruslerías!
Y mientras, la vida. Por eso en el colegio me opuse siempre darles a leer toda esa basura a mis alumnos. A veces tuve que tranzar (pido perdón al curso que una vez les di a leer Juan Salvador Gaviota), pelearme con el profesor de antropología porque les daba a leer a los muchachos Juventud en éxtasis y los alumnos decían que yo era malo porque los hacía leer La vida es sueño... ¡El monstruo era el profe de antropología, no yo! Y por horroroso que parezca, he visto colegas que justifican la lectura de esos bodrios con tal de que los niños lean... eso es como decir "No importa que solo como papas fritas, con tal de que coma" Dios nos libre.
Solo hay que subirse al metro a la micro para ver qué leen las personas... eso habla muy mal de nosotros, no solo por la calidad de lo que leemos, sino porque debemos estar muy mal como sociedad si esperamos encontrar las respuestas a nuestra insoportable rutina de respirar todos los días en esos libros. Si al menos la gente buscara en la Biblia, digo para no pagar por una mala copia de cosas que estaban allí hace tanto.
La verdad, amigos, la autoayuda no es para ustedes ni para nadie. Es solo un negocio y muchos pagan por escuchar lo que quieren, es engaño. La literatura, la de verdad, no esta plagada de finales felices ni de respuestas, es más, la literatura está sembrada de dudas, dudas que te obligan a pensar, a reflexionar, a hacer latir tu corazón.
La autoayuda es como la música pop o las teleseries, hechas para dejar contentos a todos. Si quieres escuchar que eres bello, hermoso, un ser de luz, párate frente al espejo y dítelo tú mismo. Pero acuérdate que afuera siguen matando gente en las guerras, los niños se mueren de hambre mucho más cerca de lo que crees y tú estás lleno de deudas y no le encuentras el objetivo a tu existencia. Y ningún libro te va a salvar de la responsabilidad que en todo ello te cabe. La insoportable responsabilidad de seguir viviendo.
Vale.