miércoles, 16 de enero de 2008

El ramal Talca - Constitución




Conozco a varias personas que creen "a pie juntillas" en las vidas anteriores. La mayoría de ellos dicen haber sido faraones, reyes, pricesas o grandes personajes de otros tiempos. Yo no creo en ello, quizá por mi formación católica, pero de haber vivido en un tiempo determinado, anteriormente, me habría gustado tener mi edad por la década de los 60. Me hubiese gustado mucho presenciar el mundo y el Chile de esa época de cambios sociales y utopías. Es raro, pero tengo algo parecido a una nostalgia de esos tiempos y, claro está, dicha nostalgia no tienen explicación lógica.
Lo más probable es que las historias de mi familia -en particular las de mi abuelo- tengan mucho que ver con eso. Desde niño me sentí transportado a otros tiempos en que las cosas eran diferentes y más sencillas. Una de las historias de ese pasado efímero que más me gustaba escuchar era la de los viajes en tren al sur que realizaban mis abuelos y mis padres. Las combinaciones en los ramales y esa increíble variedad de gentes que subían y bajaban en los pueblitos, cargando sus bultos, víveres y animales.
Desde chico, entonces, soñé con alguna vez realizar un viaje como aquéllos, para ser testigo presencial de una parte de Chile desconocida para mí. Pero Chile ya no era el mismo.
Para empezar, la otrora inmensa Empresa de los Ferrocarriles del Estado (EFE en la actualidad), es apenas una ínfima fracción de lo que fue y si antes se podía llegar a cualquier parte en tren , hoy con suerte llegas a Temuco y solo en verano. Los ramales ya no funcionan, y la imponente maestranza de San Bernardo hace ya más de una década se transformó en un complejo habitacional. Da pena pasearse por la Estación Central y ver como se pudren bajo el sol los carros que fueron parte de la historia de Chile. De la Estación Mapocho, mejor ni hablar.
Sin embargo, aún me quedaba una posibilidad de conocer algo de lo que fue el pasado del ferrocarril: el último ramal que aún funcional y que recorre unos 88 kilómetros que separan la ciudad de Talca del antiguo puerto de Constitución en la VII región.
Un llamado "buscarril" recorre este ramal. Es una máquina vieja, parecida a un micro con fuelles que funciona con petróleo y que corre por una trocha angosta. Se demora alrededor de tres horas y media en realizar el tramo y funciona todos los días.
Desde el primer minuto parece un regreso en el tiempo. La gente que en este buscarril viaja son campesinos, obreros y algún turista que como yo, siente nostalgias o curiosidad. Sus dos carros, se llenan de víveres, garrafas y ropas. La gente sale de sus pequeños poblados para abastecerse en Talca o constitución, y regresa por la tarde. Es su único medio de transporte, pues no hay caminos que comuniquen estas localidades. El tren serpentea por la orilla del río Maule, a no más de 20 kilómetros por hora, por unos rieles desgastados y con claras muestras de abandono. Y créanme, hay que tener aguante para realizar esta travesía, pues es un viaje duro y agotador, pero es algo que no se olvida y que vale la pena.
Este viaje no solo te acerca a lo que es la historia de Chile, sino que es también el último vestigio de la función social del ferrocarril, la función de ayudar a los chilenos que más lo necesitan a comunicarse con el resto del país. La gente que usa el servicio, quiere y respeta a las viejas máquinas y a sus tripulantes. Les regalan cosas (cajones de tomates, bebidas, animales) y ellos reciben encargos que compran y después pasan a dejar.
Quiera Dios que ferrocarriles del Estado no desaparezca y vuelva a ser alguna vez lo que fue: la forma de transporte para todos los chilenos y un orgullo para nuestro país.

miércoles, 2 de enero de 2008




Súper Mario Galaxy: ¡Okidoki!

Perdónenme la ñoñería queridos y escasos lectores, pero en esta ocasión es el corazón el que manda respecto a lo que estoy escribiendo ahora. Y cómo no, si me encuentro emocionada como hace años no estaba gracias a un videojuego. Ya les había contado antes acerca de mi particular relación con los juegos, en especial con los de la gran "N", como llaman los gamers a Nintendo. Pues sí, con algo de mal sano orgullo reconozco que fui uno de los primeros en tener una Wii, la nueva consola de Nintendo, en mi casa. La compré principalmente para poder jugar como Dios manda The legend of Zelda: The Twilight Princess, y debo decir que me di por satisfecho. Nunca había podido jugar con mis padres que -realmente- detestaban los juegos, pero con la Wii pude hacerlo, y, para mi sorpresa, ellos inclusive tomaron la iniciativa algunas veces. Con mi papá, antes de que enfermara (les contaré de eso alguna vez) jugábamos "golf" del que viene incluido en el Wii Sports y vaya que lo disfrutábamos.

Como siempre me resigné a las críticas de los detractores de Nintendo (Por si no lo saben, hay una férrea disputa entre los amantes del Nintendo, del PlayStation y más recientemente, del Xbox), acerca de que los juegos son gráficamente inferiores o parecen para preescolares. Concedo que gráficamente la Wii nunca será como el Play 3 o el Xbox 360, pero un juego no solo son buenos gráficos, sino diversión, novedad. Cuando un juego no te deja dormir tranquilo pensando en cómo pasar una etapa o tarareas su música en el metro mientras viajas, quiere decir que ese juego es genial.

Dicha experiencia casi "mística" solo ocurre en contadas ocasiones. La primera me pasó cuando conocí el Súper Mario Bros. de Nintendo en 8 modestos bits. En ese instante empezó mi pasión por los juegos. Todos los Marios de Nintendo fueron buenos y novedosos, y con Súper Mario World de Super Nintendo se coronaron las plataformas en 2 dimensiones. Yo sé que TODOS, alguna vez deben haber jugado un Súper Mario, aunque sea solo un ratito.

Muchos años después, y siendo ya adulto, recaí con el bigotón gásfiter. Era el genial Súper Mario 64 de Nintendo64. Ningún jugador del mundo podría contradecirme si afirmo que sentó las bases de la mayoría de los juegos en 3D que saldrían después. Sencillamente genial. No solo por sus gráficos, sino también po el mundo creado, sus desafíos y su música.
En ese mismo tiempo, el otro juego que no me dejó dormir fue el increíble La leyenda de Zelda: Ocarina del Tiempo; ¡Qué juegazo! Insuperable y de acuerdo a muchos entendidos, el mejor juego de la historia.

Como la idea no es alargarme más de lo debido, retomo el punto al que quiero llegar. Los juegos de Súper Mario son generalmente buenos, pero después del Mario 64 iba a resultar difícil superarse. El ejemplo es Súper Mario Sunshine, que sin ser un mal juego, dejó con gusto a poco a quienes nos gustan las historias del gásfiter italiano. De más está decir que el GameCube fue un fracaso como consola y como incentivo a jugar.

Pero eso cambió con Wii, y por eso estoy emocionado. El nuevo Súper Mario Galaxy es todo lo que los amantes del Nintendo podíamos querer. Una historia clásica de Súper Mario, mezclada a la perfección con todo lo bueno que podía ofrecer la Wii. Cómo siempre, el fontanero debe rescatar a la princesa Peach de las escamosas garras del perverso Bowser (sí, ya sé que eso no es muy novedoso) pero los gráficos, los mundos, la música y los retos son sencillamente maravillosos. Es un juego sencillo de jugar, pero a la vez complejo de terminar. Yo ya llevo 48 estrellas y hasta ahora, nada de él me cansa. Es todo lo que podía pedir en cuanto a juegos para esta Navidad.

Ya sé que más de alguno debe estar pensando que soy un nerd de lo peor que hay, y tienen razón, pero bueno, todos tiene sus pequeños dobleces, y los juegos son los míos.

Si alguien puede, lo invito a jugar el nuevo y maravilloso Súper Mario Galaxy para Wii.

P.D.: No, no trabajo para Nintendo.

martes, 11 de diciembre de 2007

Nuestras pequeñas miserias diarias

Época de Navidad. Otra vez. Con todo el ajetreo, casi ni me acuerdo qué se celebra. Tengo la cabeza como "papa" de tantas preocupaciones. Me gustaría decir "Tengo estos huesos hechos a las penas/ y a las cavilaciones estas sienes:/ pena que vas, cavilación que vienes/ como el mar de la playa a las arenas. / Como el mar de la playa a las arenas,/ voy en este naufragio de vaivenes". Me gustaría tanto ser poeta a veces, quizá por eso imagino que tal vez algún lejano e improbable parentesco tengo con Miguel Hernández. Total, si Huidobro decía que era pariente del Cid... en fin.

Perdón, pero me estaba alejando de lo que quería decir. A lo que iba es que siento que no me da para más ni el alma ni el cuerpo, en resumidas cuentas, estoy abatido; me siento derrotado. Quisiera dormir una siesta planetaria, de siglos. Dormir pensando solamente en que nada tengo que hacer al levantarme. Una buena siesta de niño. Pero debo vivir la vida que me tocó y que elegí, aunque en este lugar y en este instante, no me guste mucho.

Hoy, intentando hacer milagros con lo que me quedaba de sueldo, salí a pagar cuentas. Aunque mi presupuesto no lo contemplaba, decidí darme un gusto y beber un café en uno de esas cafeterías de mall que son todas iguales. No había mucha gente a esa hora, seguramente por la canícula inclemente, pese al aire acondicionado, pero los clientes que había no podían ser más disímiles. A mi lado, una pareja joven y "bella"; frente a mí, una joven de gafas y con un aire de "yo soy Bety, la fea", que acompañaba a dos ancianas que parecía habían sido compañeras de curso del presidente Balmaceda, una con bastones y la otra en silla de ruedas.

Como andaba con ganas de "no quiero contacto humano", saqué un libro e intenté leer un rato para no mirar ni escuchar a nadie. Me fue imposible. A mi lado, la pareja joven y bella, conversaban con el volumen muy elevado. Reían, y él le contaba a ella acerca de un negocio que un tal Guatón Pérez había arruinado. El tipo tenía bronceado de solarium, lentes de sol Armani (perdónenme, no sé como se escribe) y un reloj que seguramente era un excelente conductor de la electricidad. Ella era "Topísima" Buen cuerpo, bonito rostro, ropa que le sentaba de maravillas. Jugueteaba con su sandalia mientras coqueteaba con su interlocutor.

Las veteranas del frente, casi no hablaban. La muchacha hablaba pero no obtenía muchas respuestas. Las tres tenáin sendos helados, pero la joven debía dárselo a la de la silla de ruedas, que recibía la cuchara con avidez, pero que hacía un gesto como de asco al tragar. La otra señora, al parecer mucho más sana y lúcida, le daba ánimo a la otra. La muchacha les preguntaba a cada rato si tenían frío o si se sentían bien. La más joven contestaba. La otra, solo decía que ya quería irse, y acto seguido, lloraba con una pena que contagiaba a los demás. Nunca lo sabré, pero me parecía que lloraba de impotencia, de una impotencia que solo ella podía sentir, porque no podía ni llevarse una cuchara a la boca por sí misma.

La pareja de mi lado pidió la cuenta. 9.800 pesos. Él, solícito, sacó una enorme billetera negra de cuero, que dejaba ver todas sus tarjetas de crédito (unas diez, creo), todas Visa, Mastercard y American Express, sacó un billete de diez mil y pagó, sin dejar de sonreir con una sonrisa parecida a la del gato de Alicia en el País de las Maravillas, versión Disney.

Al frente, la joven, que decidí bautizar como Bety, abrazaba con ternura a la viejecilla en silla de ruedas, la consolaba como una madre a un hijo, le limpiaba con un pañuelo los ojos y le decía que ya se iban, que había que esperar a Martín, que debía estar por llegar. Realmente me conmovía ver como esa joven podía ser tan tierna y no perder la alegría al estar en contacto con tanta "miseria", pensaba yo, al estar con seres humanos a los que su cuerpo parecía abandonar sin liberar al alma primero.

La pareja joven recibió su vuelto. 200 pesos. Aunque las matemáticas no son mi fuerte, creo que el 10% de 9.800, son 980 pesos. Esa, me parecía, era la propina que gente tan exitosa debía dejar, como lo que correspondía en justicia. Pero no, él dejo solo los 200 del vuelto, y cuando se pusieron de pie, ella sacó cien más de la bandejita, arguyendo: "se demoró mucho con la cuenta", mientras se reía como si hubiese sido el mejor chiste del mundo.

Llegó Martín, finalmente, a la mesa del frente. Si hubiese estado con el uniforme de las SS alemanas no habría parecido tan nazi. Era alto, rubio y con un corte marcial en el cabello. Como para completar mejor el cuadro, llevaba en la mano un libro que en su portada tenía la foto de un militar y el título era algo como "La lucha heroica de Miguel Krasnoff", ¡Dios mío! Con un vozarrón déspota, igual que dando una orden, dijo sin mirar a nadie: "¡Vamos!" La viejita de la silla estiró los brazos hacia él, pero él ni se dignó a mirarla. La joven, que se veía asustada, tomó la silla y salió rápidamente detrás del hombre, pero antes me dio una mirada como pidiéndome perdón por tener un patrón como ése. En el apuro, no hubo propina tampoco.

A mí, me salió 1.000 el café y pagué con mi último billete de 5.000. Busqué alguna moneda en mis bolsillos para la propina, pero descubrí que solo andaba con veinte pesos. Mi vuelto eran cuatro billetes de mil como recién hechos. Me dolió, pero adivinen cuánto deje de propina.

lunes, 29 de octubre de 2007



Las cosas del júrgol



Después de mis arranques melancólicos, he regresado. Hace tiempo que no hacía un nuevo comentario en esta, mi bitácora personal, y he decidido hacerla acerca de un tema que sí que mueve multitudes: El fútbol.

Para comenzar, quiero dejar bien en claro que me gusta el fútbol. O más bien, me gusta verlo jugar. Me parece un deporte entretenido y, aunque verdaderamente no tengo un club favorito, ni me sé de memoria las fechas del campeonato ni menos me acuerdo de los nombres de todos los jugadores, podría decirse que sí me gusta el fútbol. Hago esta aclaración porque sé que alguien podría pensar que tal vez diré lo que diré por una aversión al balompié, cosa que no es efectiva para nada.

Habiendo hecho la salvedad anterior, quisiera señalar qué es lo que me molesta del fútbol (después de todo, este blog parece un muro de los lamentos), y no, no son las modelos que se casan con futbolistas ni la intromisión de la mal llamada farándula en el deporte, lo que realmente me molesta del fútbol chileno es el chauvinismo cultivado primero, por los medios de comunicación, y luego por los propios hinchas.

Claro que todos queremos que la selección nacional gane, que sea un buen equipo, que meta goles y ojalá fuese algún día (gracias a Dios soñar aún es gratis) campeona del mundo. Pero de ahí a decir que prácticamente los destinos de la nación dependen del resultado de las clasificatorias, me parece más que una exageración.

Para que hablar de la patriotería barata que significan los partidos, pareciese que a quien no le gusta el fútbol es menos chileno que a otro que sí le gusta. Los medios, para variar, nos han vendido la pomada de que ser chileno y patriota es alentar a la "roja" en todo. Sinceramente, no creo que nos haga más o menos chilenos ver o no ver los partidos de la selección.

Hay gente en nuestro país que lamentablemente, entiende que un partido de fútbol es prácticamente una guerra entre dos países. Que los jugadores son soldados, los entrenadores generales y la cancha el campo de batalla. ¡Cómo si por el resultado pudieramos probar que raza es superior!

Salir a celebrar a la Plaza Italia que Chile le haya ganado 2 a 0 a Perú, me parece fuera de todo foco. Yo guardaría ese festejo para cuando clasifiquemos si así Dios y Bielsa lo quieren. Pero no puedo dejar de decir que me parece que el fútbol muchas veces saca lo peor de lo nuestro. La violencia, la vulgaridad, la falta de respeto hacia nuestros hermanos (que ninguna seleccción extranjera intente canta su himno en Chile) y esa vieja superchería del patriotismo mal entendido.

El fútbol es un deporte, un juego. Nada más. El mundo no se acaba porque perdamos, ni serán más prósperas nuestras vidas porque ganemos.

A fin de cuentas, ser chileno, creo yo, es mucho más que una camiseta roja. No permitamos que también el fútbol sea un instrumento de dominación de nuestras mentes.
Vale.

miércoles, 17 de octubre de 2007





... Y yo me iré, y se quedarán los pájaros cantando...

Hoy cumplí 27 años, y no recuerdo haber tenido nunca un cumpleaños tan triste, tan solo. Estuve tres semanas con licencia médica, viendo a mi papá enfermo y sufrir todos los días, como lo vengo viendo hace ya seis meses. Hoy, decidí volver a trabajar y allí estaba el colegio, igual que siempre, como si yo me hubiese ido ayer y hubiera vuelto hoy.

Nada cambió por mi ausencia.

Debo andar más melancólico que en otras oportunidades, pero me dolió desayunar solo. El café me supo amargo. No puedo culpar a nadie, en mi casa todos están cansados con lo de mi papá. ¿Iba yo a pedir a mi mamá que se levantase a tomar un café conmigo a las seis de la mañana?

No había salido en casi un mes a la calle no había hecho el trayecto al trabajo. No importa, pues todo estaba igual. Ayer, 16 de octubre, fue día del profesor. Me acuerdo que el primer año en que trabajé, todo el curso de mi jefatura me preparó una tarjeta, me regalaron un dibujo hecho por ellos y hasta flores recibí. Claro, coincidía mi cumpleaños casi con el día del profesor. Hoy todo fue tan diferente. No hubo discursos, ni flores, ni tarjeta. Apenas unos saludos esporádicos, algunas preguntas por mi ausencia y algunos comentarios acerca de los simpático que fue el profesor reemplazante en comparación a mí. Los adolescentes pueden ser brutalmente honestos.
Los alumnos más antiguos sí se acordaron más del día del profesor y de mi cumpleaños y me saludaron. ¡Qué tonto me he puesto con los años! ¡Miren que importarme esas cosas de saludos!

¡Pensar que solo hace unos años, recibía hasta treinta llamados telefónicos para saludarme! Recuerdo que nunca había tenido un cumpleaños donde me sintiese tan querido como en tercer año de universidad ¡Sí hasta los profesores me saludaron!, recibí tarjetas y muchos abrazos. Antes, mi abuelo me llamaba poco antes de las siete para desearme un feliz día. Nunca más volverá a llamarme. Antes, tenía amigos que me invitaban a almorzar, que me hacían "capoteras", tenía muchas amigas que me deseaban lo mejor de la vida y felicidad eterna. Hoy, debo ser sincero, me sentí profundamente solo...

Hoy, no me llamaron mis amigos, menos me visitaron. Nadie de mis colegas se acordó que estaba de cumpleaños y mi polola no me fue a buscar a la salida. Hoy, almorcé solo, a las cinco y media de la tarde frente a un televisor y la única persona que me sonrió fue el mozo para cobrarme la cuenta.

Los regalos que recibí, me los hice yo mismo. Los pagué a crédito por lo que, en estricto rigor, son del banco hasta que pague la última cuota.

No hubo mi comida favorita al llegar a la casa, y mi cama estaba tan sin hacer como cuando me fui. No hubo fotos, ni velas ni "que los cumplas feliz". Gracias a Dios, mi abuelita vino a visitarme. Dios bendiga a las abuelas.

Por favor, no quiero que me mal interpreten, ni que crean que soy un desagradecido. No culpo a nadie de nada. Todos tiene muchos problemas como para además, tener que andar recordando cumpleaños ajenos. Yo mismo le dije a mi polola, que tenía muchas cosas que hacer hoy, que ni se preocupara de andar viniéndome a ver. Total, yo no me iré a ningún lado y bien podrá saludarme otro día. Pero igual reconozco que me hubiese gustado un abrazo de ella.

Realmente, lo que me duele, es darme cuenta -nuevamente- de lo intrascendente que es mi existencia. Nada dejaría de funcionar sin mí. Si yo desapareciera nadie dejaría de respirar y todo seguiría funcionando como siempre. Es como este blog. A nadie le importaría nada si lo suprimiera ahora mismo. No he hecho nada para merecer mayor consideración, así que no tengo mucho derecho a quejarme. Soy otro más, soy uno más. Soy del montón que un día se dijo "no quiero ser del montón".

Es triste para mí, pero es verdad. Si no están de acuerdo conmigo, simplemente hagan el siguiente ejercicio: si nunca me hubiesen conocido o si nunca hubiesen visto este blog: ¿Cambiaría en algo sustancial su vida? ¿Verdad que no?

Bastante razón tenía Juan Ramón Jiménez en su "Viaje definitivo". Pero al menos a él, lo recordamos por su poesía. Yo, ni un árbol he plantado.

Bueno, mejor me voy a dormir, he tenido un semestre difícil, he dormido poco y ya ni sé que estupideces estoy hablando.

viernes, 5 de octubre de 2007



Nuestro Darth Vader de cada día

Pocos villanos en la historia del cine (o incluso en la historia de la humanidad) son tan reconocibles como el ya a estas alturas mítico Lord Vader. ¿Quién no ha dicho alguna vez la famosa frase de "Yo soy tu padre", intentando imitar la profunda y grave voz del malévolo Vader? Incluso quienes no han visto jamás alguna de las películas de Star Wars podrían identificarlo. Y es que no es necesario ser un fanático "cosplayero" de la Guerra de las Galaxias, para saber quién es el malo y quién es él. Así como no es necesario ser un literato para identificar a don Quijote o decir "To be or not to be..." aunque no se tenga ni idea de lo que quiso decir Hamlet.
Pero no es de cine de ciencia ficción que quisiera hablaros hoy, mis muy escasos, pero amados lectores, sino de lo que podría representar la oscura figura de Vader y de la analogía que podría hacerse a veces entre él y nosotros.
Por si no han visto completita la saga (le encanta esa palabra a los fans), recordemos que Darth Vader no siempre fue malo. Ni siquiera se llamaba así. Pero sus miedos y sus furias lo fueron transformando en alguien despiadado, sediento de poder y con ganas de venganza contra quién él sentía le había hecho mal. En pocas palabras, se dejó llevar por los "negativo" que había en él.
Todos tenemos nuestras flaquezas. Nuestros miedos e inseguridades que encubrimos de mal humor. Todos nos hemos desquitado con inocentes de nuestras frustraciones. Todos hemos querido vengarnos alguna vez. Todavía nos queda esa parte siniestra dentro de nosotros, tal vez como parte de lo que es la naturaleza humana.
Seamos honestos. A mí me pasa con los abusivos que más encima se creen lo máximo. ¡Qué ganas de arrojarlos desde la punta de la torre Entel! O en las pequeñas discusiones diarias, o con los flaytes que roban en las esquinas y en las micros. Siempre parece haber una ocasión para que nuestro lado oscuro quiera salir de nosotros. Pero, afortunadamente, la mayor parte del tiempo, se impone en nosotros la razón, y somos capaces de contar hasta diez, de perdonar y, en menor medida, hasta de olvidar.
Por eso, gracias a Dios, no somos unos seres vengativos. Al menos yo, no me considero vengativo. Las pocas ocasiones en que me he vengado -esa palabra es tan horrible, prefiero llamarla desquitado- me he sentido tan mal después que todavía me arrepiento. Es raro, pero siempre termino sintiendo pena por el que me trata mal.
La revancha que más recuerdo fue cuando estaba en 8º básico. Durante años mi curso, y particularmente yo, debió soportar los abusos y golpizas de un compañero que todos conocíamos simplemente como 'el choro Ernesto'. Me quitaba la colación, me sacaba los libros y los rompía, me robaba útiles, me hacía bromas pesadas y, por supuesto, me golpeaba con más frecuencia de la recomendada. Fueron varios años de soportar la situación. Mis padres, férreos creyentes en la razón humana, siempre me habían inculcado el absoluto rechazo de la violencia y el valor que el diálogo podía tener en la convivencia humana. Pero créanme, con tipos como el choro Ernesto, no había diálogo posible. De hecho, intentar dialogar con él solo acrecentaba el número de hematomas en mis brazos. Ni hablar de defenderme físicamente; una vez lo intenté y fui humillado públicamente frente a la niña que me gustaba. Pero llegó el día en que me cobré parte de los años de humillaciones recibidos. Si había algo que choro Ernesto cuidaba, era su presentación personal y en especial su vestón. El día anterior a nuestra licenciatura de octavo, mi amigo Mauricio y yo nos quedamos un rato más en la escuela. No recuerdo por qué, pero volvimos a la sala y, adivinen qué había colgado en el perchero: ¡Sí, el vestón impoluto del choro Ernesto! Mi hermano se encargó de hacer guardia, mientras Mauricio y yo jugábamos fútbol con la chaqueta del pobre choro. Limpiamos la pizarra -que entonces aún era de tiza-, le echamos yogur, trapeamos el piso y qué se yo cuántas otras atrocidades hicimos con ese pobre pedazo de género. ¡Fue catártico! Cuando ibamos saliendo del colegio, nos encontramos con el Choro que venía de su casa. Lo primero que hizo fue preguntarnos si habíamos visto la chaqueta. "No -respondimos- estábamos en la capilla" Jamás usé tanta hipocresía en mi vida. Ni les cuento lo que fue verlo llegar a la licenciatura con el vestón como repollo y lleno de manchas. Me sentí tan mal, que una de las tres veces que me he confesado en mi vida, fue sólo por eso.
Con los años, no mejoró mucho mi situación frente a los abusones de siempre. Yo hacía las tareas del grupo y seguí recibiendo como pago sus "buenos coscachos" de mis tiernos compañeros de colegio. Pero descubrí algo que podía causar más daño que un buen combo: la palabra. El sarcasmo y la ironía se volvieron parte de mi vida. La palabra afilada dicha en el momento preciso, podía desintegrar a mis enemigos. Un compañero de los que me molestaban más en la Media, me pidió con lágrimas en los ojos, que por favor no lo molestara más con mis "tallas" frente a los demás. Ese día llegué a mi casa sintiéndome poderoso, pero a la vez, muy mal...
He tratado desde entonces, de no ser vengativo, pero cuesta mucho, realmente. Sobre todo, con los que piden a gritos que alguien les baje los humos. Lo importante es intentar que no nos gane el lado oscuro de la fuerza y armarnos de paciencia. Mucha, muchísima paciencia. Después de todo, nosotros también debemos despertar la ira en otros a veces ¿o no?

Y tú, ¿tienes alguna historia de tu "lado oscuro" que quieras contar?

domingo, 30 de septiembre de 2007

Estar apestado...

Sí, amables blogespectadores, estoy hecho una peste. Tal es el poder que la dichosa primavera tiene sobre este humilde servidor. Mi refrío crónico se agravó, ergo, visita al médico, muchos antihistamínicos, exámenes varios y una nunca bien ponderada licencia por siete días.

Aquí me tienen ahora, detrás de este mesón inconfortable embrutecido por el sonsonete de las quinientas pruebas que me traje para corregir y de las tanta guías que confecciono para que se pueda hacer algo durante mi ausencia en las clases. Ya me siento mejor, es verdad, pero la primavera otra vez me tumbó. Pero estoy apestado por más cosas que solo las alergias. Estoy apestado de muchas cosas.

Estoy apestado de mal dormir, de levantarme temprano, de ser "amable" todo el tiempo, estoy apestado de los compromisos, de que falte tanto aún para las vacaciones, de no tener casi tiempo libre, de andar por horas en micro o metro, de soportar a la gente que fuma en la fila del bus, de mi responsabilidades, de mi contexto y de mis circunstancias, en fin, principalmente, estoy apestado de mí.

Sí, de mí, de mi mal genio, de estar cansado, de ser inseguro, blando e intolerante. Estoy harto de andar a patadas con la vida, solo porque creo que es la vida la que anda a patadas conmigo.

Estoy haciéndome muy viejo y muy rápido y los sueños se me van diluyendo como si nunca hubiese escuchado carpe diem en el colegio. Voy a cumplir 27 y me siento abatido, solo tengo ganas de dormir.

A veces, solo quisiera escabullirme una noche, salir por la puerta y largarme muy lejos y por mucho tiempo. Sin decir nada a nadie. Sin dar explicaciones. Irme y respirar profundo, acostarme tarde y relajado, sabiendo que no hay nada que hacer mañana. Quisiera volver a sentirme libre, dueño y señor de mi tiempo.

Perdónenme, debe ser la primavera lo que me tiene así, sintiendo que tengo estos huesos echos a las penas y a las cavilaciones estas sienes, es la cantidad de desloratadina que tengo en el sistema lo que me tiene soñando con fugas adolescentes al sur y hablando cabezas de pescado. Pero, ahora visito más las farmacias que las bibliotecas y eso me pone un poco angustiado.

Ya, mejor me voy a dormir, ni siquiera sé que tonterías hablo con sueño. Y no se preocupen (si es que se preocupan) no me iré a ningún lado, no me fugaré a Puerto Montt o Valdivia o a cualquier lugar del sur. Me conozco lo suficiente para saber que seguiré aquí, como siempre, atado a mí mismo.

P.D.: Para que recuerden los efectos de la "maldita primavera" que se hacen patentes en mí, visiten la entrada que hice el año pasado sobre ésta haciendo clic aquí

domingo, 23 de septiembre de 2007


El mono y la mona…


Viendo, hace unas semanas televisión, uno de mis pasatiempos más ejercitados, me encontré con el programa más exitoso entre los jóvenes por el momento, me refiero a Canal Copano de Vía X. La idea del programa no es nada nuevo, solo el rescate de viejas fórmulas, sin embargo entretiene y, a veces, sus conductores, los hermanos Copano, dan en el clavo con sus comentarios, sarcasmos, dobles sentidos y comentarios críticos. Hablaban de algunos videos sacados del Youtube y entre ellos de un tal «Niño Predicador» y como música de fondo escuché la chillona voz de un mozalbete gritando “¡El mono y la mona...!”

«¡Dios me guarde!», pensé. El dichoso pequeñín me pareció el anticristo en persona. Busqué en internet el video y es para morirse de espanto. Para muchos es un mero reírse con las palabras del pseudo predicador, pero yo no me reí, por el contrario, me horrorizó hasta la médula.

Si usted, amable lector, no ha visto el video, le conmino a verlo en el siguiente enlace, luego siga leyendo: http://es.youtube.com/watch?v=b8SHX7qfZf8

Horroroso, ¿No?

Pues bien, lejos de lo pintoresco que pueda parecer a muchos la figura de este rapaz al parecer poseso por el Espíritu Santo mismo, creo que más bien es para preocuparse. Entre ese niño y un terrorista kamikaze no ha de existir tanta diferencia en un futuro. Ese niño es la prueba viviente de lo que la manipulación de la fe puede hacer en los seres humanos.

Sería tal vez interesante debatir acerca de las curiosas afirmaciones del mocoso sobre el origen del hombre y las especies (verbi gracia: “yo no soy pariente del mono, pues el mono y la mona producen monitos… (¡!)”) y más interesante quizá conjeturar qué nos diría Darwin de que de un plumazo se borre toda su teoría de la evolución, porque un preescolar así lo afirma. Pero, que el creacionismo se ponga o no de moda no es lo que realmente me impacta (pese a que me parece absurdo), sino que la forma de hablar del joven predicador.

¿Qué es ese niño sino un pobre títere? Sé que quizá alguien piense realmente que es el mismísimo Dios quien habla a través de él, pero siendo bien objetivos, esa posibilidad es muy, muy remota. La otra posibilidad, las más factible, es más siniestra –no, no tiene nada que ver con el Malo- y es que sean los adultos quienes tienen ciento por ciento adoctrinado al chaval. Ese niño no debe tener más de diez años, y habla como el peor de los fundamentalistas. Que no les quepan dudas, si el mocoso tuviera el poder, haría quemar los libros, laboratorios y universidades, y MATARÍA A QUIEN OSARA SUGERIR CUALQUIER SEMEJANZA CON UN HOMÍNIDO.

¡Qué clase de padres permiten que un hijo sea así! Sé que uno tal vez no tiene el menor derecho de meterse en la crianza de hijos ajenos, pero cómo un padre puede transar la felicidad y el normal desarrollo de sus hijos de una forma tan aberrante.

Ese niño jamás tendrá una vida normal. No podrá salir a jugar, no asistirá a la escuela y tal vez ni monte una bicicleta, por ver en ella una invención del demonio. Ha sido adoctrinado en la peor cara de la fe: el fundamentalismo. Al igual que los niños mártires iraníes, entrenados para ser carne de cañón en la guerra, el chico no es más que una marioneta entrenada por sus padres y el supuesto pastor, para dejarse matar (o matar a otros) con tal de defender una creencia.

La fe sin libertad no puede ser una fe para el amor. El cristiano es por esencia libre, siempre me enseñaron eso. Dios nos ha regalado el mayor de sus dones, la Libertad, tanto así, que somos libres incluso, de no creer en Él. Para mí, y para muchísimos otros, las artes, la ciencia y la técnica, no son más que maneras de buscar las verdades de Dios, de intentar revelarlo. Cuando una fe te quita tu libertad, esa fe deja realmente de amar, pues no te ve más que como un objeto de fácil manipulación.

Así que, me lo he prometido. Cuando tenga un hijo –con la ayuda de Dios-, le transmitiré mis creencias, pero no por ello dejaré de enseñarle las de otros. Quiero que mi hijo viva lo más feliz posible, que vaya al colegio, juegue Nintendo, monte en bici, tenga polola, estudie, se cuestione las cosas, vaya a fiestas y sepa amar.

No quiero superdotados, no quiero moldearlo, manipularlo, no quiero que parezca un trofeo, como hacen esos padres que presentan a sus hijos con ese: “Este es mi campeón, un as del fútbol, puros sietes en el colegio, va a ser ingeniero”.

Quiero un hijo que crea en Dios, pero que no por ello reniegue de buscar respuestas. Un hijo que esté dispuesto a ver, a oir y hablar cuando sea necesario. Y ojalá mi hijo se diga, alguna vez: “el mono y la mona en un momento se pusieron a caminar erguidos…”

Vale.

jueves, 30 de agosto de 2007

En el Metro

"Me metí en un vagón del metro y no he podido salir de aquí.."

La verdad, la primera vez que escuché la canción El metro de Café Tacuba, me pareció una buena canción con una divertida hipérbole. ¿Cómo es eso de "He querido salir, pero siempre hay alguien que empuja para adentro"? No, no. Yo y la mayoría de los santiaguinos no conocíamos eso de andar en metro como en ciudad de México. Acá el metro siempre fue un medio de transporte cómodo y seguro, y hasta cierto punto elitista. Sí, ha escuchado bien, desocupado lector, elitista, porque para andar en metro había que poseer cierta cultura y ciertos conocimientos que muchos no poseían (la verdad, aún no la poseen). En el metro, no te levaban por 100, ni se subían vendedores ambulantes. La gente daba el asiento, había que pasar por torniquetes y saber orientarse en donde no hay señales orientadoras, es decir, la única manera de orientarse era interpretando instrucciones, capacidad bastante reducida en la mayoría de los chilenos.

En el metro, no sentía miedo de sacar mi reproductor de música e incluso mi Palm. La mayor parte del tiempo se podía viajar sentado y, salvo en los veranos a eso de la 15 horas, no era desagradable el ambiente. Pero todo eso cambió. Quizá para siempre. Viajar en metro se convirtió en una odisea. Más encima, el paro de ayer se transformó en el peor viaje en metro de mi vida. Vean por qué:

1. Hora y media para poder abordar un tren. Nos dejaron salir más temprano, y a las tres ya iba rumbo a la estación. Vaya uno saber por qué, se me ocurrió llamar a la casa y preguntar "¿hay pan?" Pasé a comprar. Todo bien. Acompaño a una colega hasta la estación Lo Vial (craso error), y descubro con horror, que la estación estaba cerrada: "Aviso de bomba". 15 minutos después la reabren. Mientras, y para aguantar el calor y mi resfrío crónico- me bebo un jugo de un sorbo.

2. Boletería llena. Trato de botar la botella del jugo. No encuentro ni un solo basurero en la estación(?). Paso mi Bip! por el torniquete, luz verde, ¡paj! el maldito molinillo no mueve, golpe en el bajo vientre y sin tiempo para sobarse: diez personas detrás de mí con ganas de pasar. El guardia, con cara de hastío trata de hacer girar el maldito aparato. Cinco minutos después paso por "el lado".

3. A esas alturas, mi hombro ya estaba adolorido por el peso del bolso -lleno de pruebas por corregir y el notebook-, y sujetando con una mano el pan y con la otra una botella vacía. Andén dos veces más lleno que la boletería. Primer tren: no cabía un alma. Cuando me paro frente a la puerta del carro que ilusamente quise abordar, siento el "compuesto" aire que sale del interior del carro. Algo así como vapor, pero formado del sudor y los gases de desechos de los pasajeros. espero, mejor, otro.

4. 15 minutos después, sigo esperando. ¿Qué hago con la botella? En el bolso no me cabe nada. Mi hombro ya estaba inflamado.

5. 20 minutos después sigo en el andén. Al igual que el típico quiltro que entra a la cancha en lo mejor del partido, aparece el típico "flayte" para mejorar aún más las cosas. Como él tampoco puede subir, amablemente y con un florido lenguaje que ya se lo hubiese querido Cervantes, comienza a vilipendiar a los pasajeros porque no se encogen y lo dejan subir. El guardia chaqueta amarilla, lo mira desde un más que prudentísima distancia, mientras silba.

6. A punta de codazos, don flayte a conseguido subir a un vagón. ¿y si hago lo mismo? A quién quiero engañar, no podría hacer eso. Como no puedo simplemente dejar la desgraciada botella en el suelo del andén. Mi profunda educación cívica me lo impide, como mi moral y los mil pesos que me costó, me impiden botar ese pan que se me ocurrió comprar.

7. Se abren las puertas de un carro. Estoy dispuesto a subir cueste lo que costare (sí, así se dice). Pero, cae de espaldas desde el interior una joven desmayada. Las piernas quedan adentro y el tronco fuera. Unos piden que la muevan, otros que mejor no, no vaya a tener alguna lección cervical. El guardia aparece cinco minutos después con la camilla, pero no sabe si moverla. Diez minutos después, se reanudan los viajes, pero yo sigo ahí.

8. Por fin me subo a un tren. como puedo me afirmo del techo. Sin querer, le pongo un bolsazo en las costillas un pasajero. Apenas si puedo decir "perdón". Me mira con cara de pocos amigos. A esas alturas el condenado jugo ha hecho efecto. La palabra "micción" aparece con frecuencia en mi cabeza.

9. Estación La Cisterna, combinación con línea 4A. El jugo no solo me tiene la vejiga hinchada, sino que también mis intestinos. Siento moverse algo dentro de mí, y no es un alien. Como si fuera poco, he comenzado a moquear, señal inequívoca de alergia. En el andén, hay múltiples peleas entre pasajeros.

10. Ya abordo, quiero estornudar, pero no me atrevo por miedo a que algo más que un ¡achú! salga de mí. Como va tan lleno, ni pensar en poder sacar un pañuelo de mi bolsillo para sonarme. Tengo la mano morada por el peso del pan y todavía con la dichosa botella.

11. Vicuña Mackenna. Me siento horrible, pero queda ya poco. Como sea, tomo el primer metro que viene. En la estación ningún basurero. Los han quitado, para que a nadie se le vaya a ocurrir poner una bomba dentro.

12. En el tren, quedo de espaldas a la puerta. A mi costado una ancianita que a mí y a varios otros nos pide en no muy buenos términos que nos hagamos más "flexibles", porque ella va muy incómodo. Pienso, "cómo le hago para ser más flexible". Frente a mí, a menos de diez milímetros, se sube una muchacha con un prominente escote. Mi dolor de guata aumente mientras intento con todas mis fuerzas mirar el techo.

13. Hospital Sótero del Río. Necesito un baño. Como no hay micros de acercamiento, debo caminar. No se ve un cochino taxi por ningún lado. Siempre pasa lo mismo cuando más se les necesita.

14. A las 18:35 horas llego a mi casa. Con una tortilla en lugar de pan, pues con el calor y el despachurramiento se fusionó cual Gokú con Vegeta y una botella de Néctar Watts boca ancha. Me saluda mi padre y me pregunta ¿Por qué esa cara?. Lo miro con saña mientras camino hacia el baño, giro el pomo, pero desde dentro me grita: ocupado. ¡Ley de Murphy!

martes, 28 de agosto de 2007



Se viene el estallido...

Mañana, después de mucho tiempo, al parecer seremos nuevamente testigos de una marcha nacional y un semi paro. Por lo que he escuchado en las calles, la cosa viene seria, y muchos serán los que se movilicen. En casi todos los sentidos me parece bien.

Y es que las cosas hace rato se venían mal en Chile. El modelo socio económico y cultural imperante no da para más. Era cuestión de tiempo para que el descontento, aplacado por años gracias al chorreo, brotara por los poros de los trabajadores del país. Cómo no, con la pésima distribución de la riqueza, la educación de peonaje en muchas escuelas, la crisis del sistema público de salud y, más encima, el malogrado Transantiago, guinda para una torta que nadie se quiere comer.

Yo voté por Bachellet, y a veces, siento vergüenza de reconocerlo. No es que hubiese votado por Lavín o Piñera, eso nunca, pero siento una profunda decepción de la concertación, por la que llevo votando desde mis tiernos 18.

Lo han hecho mal. Perpetuando lo que por siempre criticó. La concertación terminó por parecerse tanto a la derecha, que cuesta muchas veces saber cuál es cuál. La alegría no vino para la mayoría de los chilenos. Sí, recuperamos la libertad, tenemos una democracia, imperfecta, pero democracia al fin y al cabo, hemos avanzado mucho, pero a la vez, mucho menos de lo que podríamos ser.

El Estado, se desligó de sus responsabilidades intrínsecas. Se confió de los grandes grupos económicos, se dejó sobar el lomo por cuanto economista MBM se topaba en foros internacionales que le decía que lo estaba haciendo muy bien, That's the way, my bro!

Mientras, se desincentivaban los sindicatos, los sueldo se hacían eternamente bajísimos, y los avances en educación eran minúsculos y en muchos casos, retrocesos. La revolución pingüina, y las últimas huelgas son solo la antesala de lo que vendrá. La cosas van a tener que cambiar, solo así el descontento social dejará de crecer.

Los empresarios, mientras, en lugar de pedir mano de hierro contra los "subversivos" trabajadores que osan pedir más, debieran empezar a cuestionarse el rol social que le cabe, pues toda empresa, les guste o no, es más que un negocio; es una comunidad que debe velar por el bienestar de sus miembros. Pero ha habido empresarios que por los medios de comunicación, poco menos piden que la fuerza pública, "palomee rotos" (expresión usada por los dueños de las calicheras cuando pedían al ejercito acabar con el problema ametrallando la escuela Santa María de Iquique) a la entrada de las fábricas por esto de la protestas.

Y a nuestros gobiernos, cabeza del Estado, dejarse de hacer los tontos y venderle su alma al demonio. Cumplan la función que le corresponde, esto es, velar por el bien social de TODOS y no solo de quienes puedan pagarlo.