viernes, 16 de febrero de 2007


"TRANSANTIAGO"



Vaya, hacía tiempo ya que no escribía. No importa, no son muchos los que me leen. En fin, vamos a lo que vinimos, es decir al tema que guarda relación con el título de esta entrada.

Desde el sábado pasado somos testigos del tan esperado y anunciado cambio en el transporte público de nustra querida Capital. Debo reconocer que era yo uno de los más entusiastas defensores del plan y, cómo no, si habiendo sido un asiduo usuario de "micros", tuve el placer y privilegio de ser no sólo una, sino varias veces, el objeto del afecto de algún simpático homínido a cargo de la conducción de una Metalpar amarilla. Frases como "Pasen pa'trás, sha, sha, rapiíto, atrah hay ehpacio" eran las más suaves, y eso que "atrás" no cabía ni el alma de una modelo anoréxica. Pero había otras más cariñosas como: "¿Escolar, shushtuma**? ¿Me'stai viendo la cara, guasho cul****?" No vale la pena seguir recordando tan floreado léxico, sé que más de alguno de ustedes, amables lectores, debe haber recibido tan cándidas palabras en algún bus de nuestra ciudad. Y eso que no quiero entrar en detalles acerca del comportamiento animalesco (que me perdonen los animales) de estos individuos, que gozaban no parándote en el paradero, corriendo carreras con otras líneas, pasando el cambio o frenando antes que lapobre abuelita se siente, como para que ojalá saltara volando por la puerta que nunca cerraban.

Por fin eso iba a acabar. Por fin no más payasos cumas, no más chocopanderos cómplices de los lanzas, por fin no más sapos de micro, adiós a esos autoadhesivos "Dios es mi copiloto", "Papito no corras", "No, sin aceite no", nunca más esas palancas de cambio con una jaiva dentro o luces estroboscópicas en el pasillo. Soñaba con no tener que ir con el paraguas abierto en las micros cuando llovía, coñaba con ventanas que se podían abrir y cerrar y motores silenciosos. ¿Cómo no anhelar recibir siempre tu boleto cuando pagas y no un "Si no te gusta, bajate" cuando se alegaba?

Llegó transantiago, como tenía que llegar. Con un caos y una confusión propia del culto y ordenado pueblo de Chile. Yo aún creo en él (Pese a la leyenda negra que los medios, controlados por la derecha, han ido creando), pero no soy tan ciego como para no darme cuenta de que tiene falencias. Verbi gracia:

1. Estamos en Chile. La gente, pese a la "era digital", aún le tiene fobia a las máquinas con luces y botones en lugar de palancas y perillas. El metro llevaba años usando la Multivía y ni la mitad de los usuarios tenía una.

2. Estamos en Chile, otra vez. Basta que alguien hable mal de algo, para que todos hablemos mal. "Esto es una lesera", "No va a funcionar", "Va ha ser un caos", "Marzo", "Nosotros los pobres..." La mayoría de la gente a conseguido llegar a sus destinos, solo que antes tenía como diez recorridos para un mismo destino y ahora solo tienen uno o dos. Que hay que caminar, ¡pues claro!, ¿qué querían, seguir como antes? ¿Que los choferes te pararan en la puerta de la casa?

3. En tercer lugar, Estamos en Chile. La gente no entiende el titular del diario e iba a entender el mapa. Había que tener claro que cualquier texto de más de tres líneas que contenga además códigos y números iba a ser indesifrable para el común del santiaguino.

4. Adivinen... ¡Estamos en Chile! Sólo aquí, en el país de las oportunidades y la misericordia, se le podía otorgar una concesión a un mafioso del antiguo sistema, con micros viejas y "enchuladas" para que operara el sistema que siempre quiso destruir. ¡Por Dios! A ese tipo ya debieron hace tiempo expropiarle las micros. ¡No cumple con ninguna ley laboral y lo dejan operar!

5. Como es costumbre, en Chile, copiamos un experimento fallido de otro país. Antes fue la reforma educacional (Made in Spain) que permitiría crear buena y fácilmente dominable mano de obra barata y luego copiamos el "Transmilenio" de Colombia, que tiene más de cinco años sin funcionar... (!) Parece que, obviamente, es más barato comprar malos proyectos.

Sin embargo, sucede, sin embargo, que al menos yo aún le tengo fe al vapuleado "Transantiago", después de todo, nada puede ser peor que lo de antes y ahora solo puede mejorar. Espero. Pero para eso, hace falta que todos "Atornillemos para el mismo lado", que la gente aprenda a comportarse como ciudadano, que los opositores (principalmente la UDI) dejen de criticar por criticar, que los "psudorevolucionarios trasnochados molotovforever" se dejen de llamar a la quema de micros y el gobierno se ponga de una vez los pantalones y castigue a los empresaurios saboteadores y sinvergüenzas de siempre.

Así, quizá algún día, diremos "qué rico pasear en micro".
(Soñar no cuesta nada)

viernes, 12 de enero de 2007

"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio"



Hace algún tiempo hablé de la fe y los problemas que a veces tengo con ella. He hablado también de mi negra envoltura, que no sólo es oscura, sino también amarga. Confesé también por allí mis altos y mis bajos, este péndulo entre la felicidad y la amargura que es la vida. ¿Qué se puede hacer?A todos los seres humanos se nos está encomendado aprender a vivir, o más bien, a sobrevivr a pesar de todo. A pesar de que hace cinco minutos se nos inflamaba el corazón de alegría, orgullo o pasión y luego, una fracción de tiempo solamente, no encontramos de nuevo con todo lo fútil que es nuestra existencia. Y así como ayer creíamos en la vida y sus posibilidades, hoy podemos estar pensando en que bien haría Dios con borrar a los seres humanos de su infinita memoria. Eso, claro, si es que ya no lo ha hecho.

Todo lo que he dicho no tiene nada de nuevo. Lo sé. Otros lo han señalado o estudiado antes y mucho mejor. Pero nunca está de más recordar que, a pesar de existir, no somos casi nada. De que somos casi como un suspiro, nadie podría asegurar con certeza que estuvo en la boca de alguien alguna vez. Todo en lo que creemos, nuestras esperanzas y nuestra fe, podría venirse abajo en un parpadeo, desmoronarse como un castillo de arena. ¿No es acaso eso, un castillo de arena nuestra existencia? Como los niños en la playa, vamos pala y balde en mano intentando levantar los muros y las torres, dándoles forma, construyendo almenas y cavando fosos. Algunos consiguen edificar un castillo precioso. Casi como si éste fuera real. Otros, los más, apenas si lograrán levantar una mediocres torres que se resquebrajan y amenazan con caer a cada instante. Pero eso no importa. No. De todas formas, pese a nustras prevenciones, pese a nuestro orgullo, pese al empeño que pusimos en construir nuestro castillo, siempre, SIEMPRE vendrá el mar y lo derribará. O quizá el viento, o tal vez alguien lo pisará, ¡Qué se yo! Todo es inútil. No podremos quedarnos con el castillo para siempre. Quizá alguien le tome una foto al castillo. La gente verá el castillo en los libros, las revistas, en alguna nota veraniega en la tele. Así conseguirá estar de pie un poco más, por lo menos en la memoria de algunas personas. Pero será sólo eso, un impulso nervioso en alguna neurona perdida.

También, y no conformes con construir nuestros propios castillos de arena, tenemos muchas veces la mala costumbre de construirles castillos a los demás. Ponemos nuestra fe en ellos. Confiamos ciegamante. ¿Cómo podrían fallarnos? Conversamos sobre nuestros proyectos, sobre la vida y los sueños. A veces, colocamos en los altares a esas personas y no nos damos ni cuenta que son ellas mismas las que botan sus propios castillos. Y generalmente, derriban una buena parte del tuyo.

"Nunca es triste la verdad..." No dice es gran cantautor que es Serrat. Tiene razón "La verdad os hará libres" Nos dice el Maestro. La verdad siempre es buena, es como la luz, que siempre es buena, apesar de que nos permita ver lo feos que somos o podemos llegar a ser. También nos muestra las pocas cosas buenas que van quedando. A mí, la verdad, me mostró lo equivocado que estaba. No es algo nuevo, ya me había desengañado unas cuantas veces antes. No, no es triste la verdad, lo que no tiene es remedio... cuando se quiebra una copa de cristal no tiene arreglo. Se puede pegar, pero nunca será lo mismo.

En fin, me gustaría saber, para terminar: ¿Qué se puede hacer con el amor, la esperanza, la confianza y la fe, cuando éstas se rompen y se quedan dentro de ti, pudriéndose lentamente? No creo que exista una respuesta para eso. Mejor, me voy a reparar mis muros, pues esta semana una ola se llevó la mitad de mi castillo...


viernes, 29 de diciembre de 2006


Diciembre
Fin de año ¡Uf!

Así es, ciudadanos de la tierra. Se va el viejo (el año, no el otro viejo) y como siempre, al igual que todos los otros años que se han ido, este 2006 no puede irse tranquilo y ser un "low profile", tiene que irse dando problemas. Diciembre es para mí, sin duda, el mes mas contradictorio, esperado, amado y odiado del año.

Cuando se es pequeño, se ansía diciembre. Sinónimo de vacaciones, regalos y juegos. Cuando pequeño, sentía una emoción pocas veces vivida a medida que se acercaba el día 25. Tus padres y abuelos, se esmeraban por hacerte sentir mágica la fecha. Todo te parecía bello en esa época y ni siquiera caminar por el paseo Ahumada el día 23 podía agriarte el ánimo.

Cuando se es adulto y se trabaja, se ansía diciembre porque falta menos para las vacaciones, pero se repele porque es sinónimo de compromisos, deudas y viajes interminables del trabajo a la casa y viceversa. Y se vienen esas latas de "amigos secretos2, "Saque un papelito de la bolsa, vea el nombre de quien le tocó. Regalos mínimo, desde 5.000 pesos". ¡Qué lata! Los almuerzos o desayunos corporativos, con discursos acerca de "La misión cumplida" y las "Metas para el 2007". Se viene el terrible día "28" para los profesores, los finiquitos y las cartas de despido. Los alumnos implorando por una nueva oportunidad y uno explicándoles que ni aunque se saque un 9,5 en una prueba le alcanza para subir el promedio a cuatro. Luego vienen los apoderados, primero humildes y gentiles, luego desafiantes y, finalmente, descorteses, agresivos y amenazantes. "Voy a ir la ministerio. Voy a ir, usted discriminó a mi niño, si es casi un santo". El amor de madre debe ser algo increíble, el mocoso puede haber quemado a lo bonzo a un compañero, pero siempre es un querubín.

Es la época de las graduaciones y licenciaturas, del desfilar de gladíolos y fotógrafos, de los discursos y los "Llegó la hora de decir adiós, decir adiós...", las misas eternas con letanía, incienso y curas que si de ellos dependiera, hablarían en latín.

Y ni se te ocurra ir a comprar. Compras pan en el supermercado, te demoras cinco minutos en envasarlo y pesarlo y unas dos horas en pagarlo. Y eso que es la caja expreso. Cuando se era estudiante, se recurría al ingenio para regalar algo. Papel lustre, poemas, cola fría, cartulina, flores secas ¡Cualquier cosa! Pero después, casi inevitablemente y aunque reniegues de eso, te conviertes en alguien de absolutos gustos burgueses. Y no te basta un saludo y una tarjeta. Debes comprar, regalar "alegría" envuelta en papel dorado y cintas. Si antes eras feliz con las papas cocidas, ahora no aceptas otra cosa que papas duquesas. Antes bebías vino o cerveza, luego pides un Baileys. Y hay quienes piensan que hasta el cuesco de la aceituna es de rotos. Diciembre, el mes de los créditos de consumo, las tarjetas y la guerra de las tiendas. Y uno, cual tonto que es, dentro de esa centrífuga sin poder (o querer) escapar.

Debo reconocer que me gasté casi todo el aguinaldo en regalos. Me he defendido de mi sentido común y mi conciencia diciéndole que al menos, no he sido egoísta, pues no compré nada para mí, sino que para otros. Pero es no es tan así. En el fondo, aunque nos duela, regalamos porque queremos ser más queridos, valorados. Nos gustan los "¡Gracias, para qué te molestaste!" Nos gusta saber que nuestro regalo es mejor que el de alguien más. Así somos, lamentablemente. Eso no nos hace malos, solo imperfectos.

Dentro de toda esta vorágine, entre la champaña puesta a enfriar y los fuegos artificiales que pronto estallarán, al menos, me di el tiempo de hacer algo que me permitiera estar en contacto con mi interior y con la realidad que representa diciembre. Aparté un poco de mi aguinaldo y compre una figuras de yeso del Nacimiento. Desempolvé pinceles, compré témpera y barniz y pinté mi propio pesebre. Quedó horrible. Pero, por lo menos, me acordé que en esa tosca figura de yeso de un niño nacido en un establo, estaba la razón de muchas cosas. Allí estaba la Verdad, esa con mayúsculas. Ahí estaba la raíz primera de mi querer estar con mi familia y seres queridos, de mi querer regalar cosas. En el fondo de mi corazón ( y en el de muchas otras personas) estaba Jesús recién nacido, quizá cubierto de algo de egoísmo y vanidad, pero presente aún.

No permitas, Niño, que te saque alguna vez de allí.


miércoles, 13 de diciembre de 2006


Adiós general...
(Sí, sin coma)

Es raro, pero lejos de lo que creí, al enterarme de la muerte de Pinochet no sentí lo que durante años creí que sentiría. Se produjo en mi una total indiferencia, como si el otrora dictador ya hubiese estado muerto desde hacía años y no fuese más que un mal recuerdo. Pero no, como escuché por ahí, el ansiado "Día del níspero" fue el domingo 10 de noviembre del 2006.

¡Qué cosas hemos visto a causa de la acertada ocurrencia de Pinochet de morirse! Personalmente, no me alegré de que muriera, no puedo alegrarme de la muerte de ningún ser humano, incluso de alguien como el Capitán general II (Pobre O'Higgins, debe revolcarse es su tumba), que hizo méritos suficientes para escapar a la categoría de "ser humano". Pero, obviamente no sentí ni una pizca de pena. Aunque a momentos casi me conmovía con esa expresión de "tata bueno", me bastaba con acordarme de los degollados, de los quemados, de los exiliados, de los desaparecidos y de muchas señoras con una foto colgando en el pecho que se murieron esperando encontrar a su hijo o a su marido, para volver a la realidad de que detrás de esa máscara beatífica no había más que un tirano reducido a escombros.

Es cierto que cristianamente no era quizá correcto destapar champaña en la Plaza Italia, pero me produce mil millones de veces más horror ver a la clase de adherentes pinochetistas que se agolpaban a las puertas del Hopital Militar. ¡Cuánto odio, Dios mío! Viéndolos a ellos, no me cabe duda que la tortura y los homicidios de Estado podrían vover a sucederse. Viendo y escuchando a quienes formaron parte del gobierno militar, justificando lo injustificable. ¡Señores, ningún avance económico vale lo que una persona! Aquí, simplemente se mató e hizo desaparecer a quienes no le llevaran el amén al gobierno.

He escuchado también a muchos que dicen que Pinochet hizo tantas cosas malas como buenas. Con el respeto que me merece esa opinión, disiento de ella por los siguientes motivos:

1. El supuesto "milagro económico" de Chile, impuso un modelo que nos alejó de los valores humanistas y cristianos que teníamos. Ahora se valora la competecia y el éxito por sobre la solidaridad y el estoicismo. El modelo de los "Chicago boys" hizo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, acrecentando las diferencias en la distribución de la riqueza. Si ahora tenemos más cosas no es necesariamente porque seamos más ricos o mejor valorados, sino porque el "chorreo" es muy grande.

2. La "modernización del Estado", que en el fondo fue una reducción. Es cierto que el Estado no tiene por qué participar en todos los sectores productivos, pero también es cierto que eso no justifica las privatizaciones "dudosas" de empresas estatales vendidas a "precio de huevo". Además, el estado se desligó de sus responsabilidades más básicas de una manera atroz, como sucedió con la educación, la salud y la vivienda.

3. De la constitución, mejor ni hablar. A Dios gracias, pudo ser reformada. Los militares SIEMPRE deben estar subordinados al poder civil. El sistema binominal es casi decir: "puedes ser gris claro o gris oscuro, pero nunca negro o blanco". Nada más antidemocrático.

Podría enumerar muchas más razones pero no tiene sentido hacerlo aquí y ahora. Lo importante es decir que siempre que el mundo tiene un dictador menos, se convierte en un lugar un poco mejor. Querámoslo o no, nuestra vida fue, es y será por mucho tiempo más, influenciada por Pinochet y lo que hizo. Los jóvenes que dicen que no "están ni ahí" con él porque no lo conocieron se equivocan: muchachos, la sociedad en la que viven en gran medida es producto de 17 años de dictadura, por lo mismo, valoren y aprovechen su libertad.

Con Pinochet se muere un trozo doloroso de nuestra historia. Que nos sirva de lección para no cometer los mismos errores, para valorar la democracia y la libertad. Para respetar a nuestros hermanos, para aceptar las diferencias. Para trabajar juntos por la verdad, por la justicia, por la solidaridad. Para que nunca exista el olvido, pero sí el perdón. Solo así, algún día, podremos sentirnos ciento por ciento orgullosos y dichosos de ser chilenos.

Y que Dios, en su infinita misericordia, se apiade de esa pobre alma... porque lo va a necesitar.

lunes, 27 de noviembre de 2006


La fe

Nunca he podido llegar a la certeza plena acerca de si la fe es una cuestión fácil o difícil. Hay días en que creo que no existe nada más sencillo que tenerla, basta con entregarse, con tener la mente y, sobre todo, el corazón dispuesto a creer. No cuestionarse las cosas, simplemente recibir, percibir, decirse "sí, todo es verdad, no necesito ver. Me basta con sentir". En Dios creo pues, aunque jamás lo he visto, veo todo los días su sombra, que es la vida; la mía, la de todos.

Sin embargo, en otros días la fe se me complica. Necesito pruebas, necesito la empírica. Ver, tocar, probar. Saber que nada es un sueño, una quimera. Tener la escritura y no sólo el compromiso. Esto me pasa menos con cosas trascendentes que con las pequeñas cosas de todos los días. No sé que nombre darle, pero para mí es más fácil cree en Dios que creer en el cariño que alguien me profese (palabra que tiene relación con fe). Debe ser, sin duda, la inseguridad.

Como somos los seres humanos imperfectos -y yo en mayor escala- tendemos a dudar de los demás. Aún cuando sabemos que esa duda es irracional y, lisa y llanamente, estúpida. Lamentablemente, ese dudar va de la mano con la falta de acciones y, en gran medida también, con la autocomplacencia.

Me di cuenta de lo anterior sólo el sábado recién pasado. Durante una comfirmación a la que fui invitado, viendo a esos jóvenes confirmar su fe en Cristo y la iglesia, recordé que un día también yo lo hice. Me sentí bien, otra vez entoné las canciones que tanto me gustaba cantar (verbigracia, "aclaró", o la "Canción del misionero") y en ese ambiente de la iglesia estaba cómodo, contento. Me sentí así porque estaba en contacto con mi fe, porque la fe no se pierde, lo que sucede es que se atrofía, igual que los músculos que no se ejercitan. Al menos a mí eso me pasa. Si no estoy cerca de lo que creo, mi creer pierde la vitalidad. No sé si es un defecto o no. Creo que sí.

¿Y si no me llaman una noche? ¿Cuál será mi reacción? ¿Podría alguien medianamente inteligente como yo, creer que porque a uno no lo llaman una noche, ya no lo quieren? ¿Podrán mis sentimientos falquear in absentia?

Debo ejercitar mi capacidad de creer, de tener fe inquebrantable. Hasta ahora soy como una llama que arde fuertemente cuando está cerca de otro fuego, pero que comienza a extinguirse cuando se separa de la otra flama. Es mi fuego el que debe acrecentarse para alcanzar al otro. Arder y arder, para nunca apagarse.

Después de todo, el combustible siempre está más cerca de lo que uno cree.

P.D.: Un poema muy hermoso, que algo tiene que ver con esto.

"Qué alegría vivir" (Pedro Salinas)


Qué alegría, vivir
sintiéndose vivido.
Rendirse
a la gran certidumbre, oscuramente,
de que otro ser, fuera de mí, muy lejos,
me está viviendo.
Que cuando los espejos, los espías,
azogues, almas cortas, aseguran
que estoy aquí, yo, inmóvil,
con los ojos cerrados y los labios,
negándome al amor
de la luz, de la flor y de los nombres,
la verdad trasvisible es que camino
sin mis pasos, con otros,
allá lejos, y allí
estoy besando flores, luces, hablo.
Que hay otro ser por el que miro el mundo
porque me está queriendo con sus ojos.
Que hay otra voz con la que digo cosas
no sospechadas por mi gran silencio;
y es que también me quiere con su voz.
La vida —¡qué transporte ya!—, ignorancia
de lo que son mis actos, que ella hace,
en que ella vive, doble, suya y mía.
Y cuando ella me hable
de un cielo oscuro, de un paisaje blanco,
recordaré
estrellas que no vi, que ella miraba,
y nieve que nevaba allá en su cielo.
Con la extraña delicia de acordarse
de haber tocado lo que no toqué
sino con esas manos que no alcanzo
a coger con las mías, tan distantes.
Y todo enajenado podrá el cuerpo
descansar quieto, muerto ya. Morirse
en la alta confianza
de que este vivir mío no era sólo
mi vivir: era el nuestro. Y que me vive
otro ser por detrás de la no muerte.

(de La voz a ti debida)


lunes, 20 de noviembre de 2006


"Press start to play..." Video juegos y yo....

No me da para nada vergüenza reconocerlo. Sí, me gustan los videojuegos, y en particular los de consola. Más bien, los de Nintendo (sí, nunca me ha terminado de convencer el PlayStation).
Todo comenzó con la (hasta altura no sé si afortunada o aciaga) idea de mi padre de adquirir un computador por el 85. Ese fue mi primer encuentro con los compuatadores y los videojuegos. Para mi decepción, no era un Atari, como pensaba, sino un computador completamente desconocido para mí: Commodore 64. Hasta hoy, el C64 es el computador más vendido de todos los tiempos, y superaba con creces al Atari más moderno de la época, pues tenía la increíbe cifra de (tomen asiento, por favor) 64 kilobytes de memoria ram ¡Oh my God!. Pensar que solo años después tuve una agenda personal Casio con esa memoria y cabía en mi bolsillo.

En el viejo C64 mi hermano y yo aprendimos los fundamentos de la computación y los juegos electrónicos. En ese ordenador y cargándolo desde casetes jugué por primera vez Donkey Kong (aún recuerdo que se escribía Ready: load "DK"). En ese entonces jamás hubiese creído que existiría un juego como el Donkey Kong Country para Snes. En fin, pasó el tiempo.

Mi fervor por los juegos no creció mucho sino hasta por allá en el 92. Mi amigo Mauricio recibió un regalo inesperado: una extraña consola que su padre le trajo de la zona franca de Iquique; su nombre "Family": la versión pirata de la Nintendo Entertaiment System (Nes). No había mucho que llamara mi atención hasta que vi a un bigotudo personaje que saltaba, crecía al ingeriri hongos y podía arrojar conchas de tortugas a sus enemigos: Super Mario Bross. ¡Realmente increíble! Nunca había vsito algo así: música, movilidad, enemigos, gráficos, etc...

Por un año ahorramos con mi hermano, hasta que nos compramos en Almacenes Paris (no me pregunten como me acuerdo de esos detalles) la original Nintendo, con el SMB y el juego de matar patos Duck Hunt. Buscamos un videoclub donde arrendaran juegos (Videoclub "Gómez", tenían una credencial de chiste) y los fines de semana trasnochabamos para sacarle el jugo a los 300 pesos que costaba arrendar un cartucho. ¡Noches sin dormir para terminar los 6 Megaman de Nes! ¡Qué tiempos!

Después vino la Super Nintendo: 16 bits de entretención: Super Mario World, Mario Kart, DK Country, Megaman X, The legend of Zelda: A Link to the past, y tantos otros...
Llevarse la entretención en el bolsillo fue el siguiente paso: un GameBoy usado, para jugar al verdadero Tetris (¡vaya música la de ese juego!), y años después encontrarse con los amados y odiados Pokémon.

Después, ya en la universidad, me encontré con el que creo es el mejor juego que he jugado nunca: The legend of Zelda: Ocarina of time, para Nintendo 64. ¡Me demoré 6 meses en terminarlo y 8 en encontrar todos los ítemes. Mención honrrosa para el Mario 64 y el Mario Kart 64.

En el GameCube no he encontrado muchas maravillas (quizá porque insisto en mi fidelidad a Nintendo sin cambiarme al PlayStation), aunque el Zelda Wind Waker no deja de ser un gran juego, al igual que el Super Smash Bross.
Lo único que me queda en concreto, es que esta Navidad, tendrá que hacer grandes esfuerzos para no gastarme el 90% de mis sueldo en una Wii, sobre todo después de ver el Zelda Twinlight en video.

Recen por mí (o mejor, regálenme la Wii...)

miércoles, 8 de noviembre de 2006


Un día de furia... (O "volverse loco un rato")

Para alguien como yo, que siempre me he considerado pacífico y sosegado, resulta extraño convertirse en un energumeno completamente enajenado en solo 5 segundos y, de paso, producto de esa transformación, dejar la escoba en el inmobiliario de mi hogar.
Sí. Cual olla a presión rellena de hidrógeno, terminé por explotar después de una vida de quedarme callado, evitar la confrontación y soportar estoicamente aquello que me pareciese mal. Era obvio; algún día debía ocurrir. Y ocurrió.
Por una tonta discusión (como lo son la mayoría) que se produjo en mi casa, el desayuno del sábado pasado se me arruinó. En medio de palabras hirientes, acusaciones y recriminaciones mutuas y argumentos pueriles, yo quise intervenir en favor de la paz y el entendimiento, pero mi balbuceo no fue escuchado y las palabras se ahogaron en mi laringe.
Portazos más, portazos menos, cada uno se fue enojado y enrabiado por su lado. Yo no estaba enojado, sino más bien triste y con una especie de angustia, que es lo que siempre me ocurre en estos casos.
Me di a la tarea de intentar ordenar unos cables que siempre se enredan en el televisor del living y no sé por que extraño artilugio el dichoso cable no se desprendio de su enchufe con la facilidad que esperaba... entonces sucedió...
Todo me parece hoy como un sueño y a veces no estoy muy seguro de si me ocurrió en verdad. Recuerdo algo así como chispazos. Arrojé -creo- cables y todo lo que estuviese unido a ellos por los aires, desbaraté una silla de computación contra las paredes, tiré las flores (florero incluido) al suelo y, me dijeron, quise voltear la mesa del comedor con todo lo que tuviere encima. Al parecer gritaba como poseso quizá qué sarta de incoherencias. De lo único que me acuerdo bien es que desperté de una especie de transe en el suelo, con el rostro desencajado, medio ahogado y con mi madre abarazandome e intentando que calmarme.
No hubo después de eso enojos, regaños ni recriminasiones. Lejos de lo que esperaba, sólo hubo una comprensión que a mí me parecía inverosímil. Era si como todo el mundo hacía tiempo hubiese esperado algo así de violento de mi parte. Mis enojos nunca habían pasado de amoratarme y gritar un rato. Pero esto fue más de lo que nunca me creí capaz. Y saben qué; me sentí muy bien después.
Claro que me tardé unos días en ser capaz de volver a mirar a los ojos a mi familia, pues me avergoncé profundamente de mi brutal actitud, actitud que siempre critiqué en los demás. Pero realmente fue catártico y enmancipador. Creo que fue bueno, pues debo haber botado rabias acumuladas desde mi más tierna infancia. Disipé las golpizas escolares que recibí, los motes ofensivos, las humillaciones públicas, las injusticias de las que fui objeto, los malos ratos, las incomprensiones de 26 años, ¡Qué sé yo cuánto más!
Desde hoy trataré de ser más activo en cuanto a mis emociones, señalar con más arrojo y decisión mi enojo o inconformismo. Así, si Dios quiere, nunca más volveré a explotar de esa manera.
No sería bueno que algún día arroje a un alumno por la ventana del tercer piso...

martes, 24 de octubre de 2006


La indecisión

Estoy escribiendo al fin. Me ha costado bastante decidirme a hacerlo. Vencer la inmensa abulia que me carcome desde dentro, superar esa pesadez de mi alma, que contagia cada fibra de mi cuerpo.

Con el tiempo, me he ido convenciendo de que lo difícil no es emprender una tarea; lo difícil, lo realmente difícil, es decidirse a comenzar. Y mi vida ha estado llena de esa flagelante y culposa indecisión. Probablemente, este problema proviene de la formación de la que somos el resultado. Mi carácter pasó por el tamiz incierto del pacifismo; del no molestar. "No hagas lo que no quieres que te hagan" se transformó en mi consigna, pero también lo fue el "no molestes" "no hagas el redículo" "la risa abunda en la boca de..." "La inteligencia es proporcional a la seriedad" "el espíritu prevalece sobre la carne" y muchas otras más.

Por lo anterior, me convertí desde pequeño en un ser que se debatía entre el pasar desapercibido y el sobresalir, lo que a fin de cuentas, es una mezcla de agua y aceite, algo que a la postre no junta ni pega.

En consecuencia: nunca destaqué en nada. Probablemente, fui el alumno más perfectamente estándar de mi generación. Quizá también el más deseable por el modelo educacional chileno: lo suficientemente normal para no reprobar y lo suficientemente bruto para no opacar a nadie. Fui (aunque, casi con seguridad aún lo soy) un producto fácil de digerir, agradable al paladar, pero inocuo, que no deja regusto y, por sobre todo, fácil de olvidar. Mucha gente me conoció, conversó conmigo, me sonrió, pero no me recordarían ni aunque fuésemos vecinos.

No los culpo por olvidarme. Es muy sencillo echar al olvido a alguien que jamás tuvo la voluntad de ser "algo" en la vida. Y por algo, no me refiero a tener un título o comprarse una casa o un auto. Eso lo hace cualquiera con un poco de suerte y una pizca de esfuerzo. Por ser "algo" me refiuero a "hacer algo", bien o mal, pero a hacerlo, a actuar, moverse; a arrastrar y no simplemente flotar cómodamente.

¿Cuánto no me atrevo? ¿cuánto "mejor que no" ha habido en mi vida? ¿Cuántas oportunidades desperdiciadas? ¿Cuántos sueños infecundos?

¿Decir: "me gustas" es tan difícil? ¿decir "no", decir "sí"? Evidentemente, es más fácil decir "podría ser" o "lo voy a pensar"

La mayoría de los sueños se mueren porque no se atrevió alguien a realizarlos. Yo soy uno de ésos, que prefiere mirar el bosque antes de atravesarlo, por lo mismo, nunca será un gran hombre. Para mí, las cosas y las personas, son objetos de estudio, no de pasión. Ni la religión, ni la política ni las artes. De todo sé un poco, de nada me he hecho guerrero.

Los grandes hombres son los que se atrevieron a emprender el camino, aunque después se arrepientan de ello.

Nunca es tarde, dicen. El problema es: ¿me atreveré a tomar mi mochila y salir a caminar, algún día?

martes, 17 de octubre de 2006


Años

Ha pasado un año más en mi vida. Aquí estoy nuevamente. Me pregunto, como a diario, qué será de mí mañana. Me levantaré temprano e iré a trabajar. Por la tarde volveré a mi casa para pensar en qué será de mí pasado mañana. Así es la rutina, tal vez así es la vida.
Recuerdo que la víspera de mis cumpleaños, cuando era pequeño, no podía dormir. Era emocionante cumplir años, ser más grande, recibir regalos y saludos. Si tenías suerte, hasta el o los profesores te saludaban. Tus compañeros te daban una "capotera" o te hacían un manteo.
En la adolescencia, los cumpleaños comienzan a cambiar. Muy a mi pesar, se acabaron las piñatas, las sorpresas y la leche con chocolate. Ya eres "grande" y debes hacer "carretes" con baile y ojalá "copete". Quizá por eso desde los 15 hasta los 20 no volví a celebrar mi cumpleaños. Nunca me adapté a ser un adolscente normal.
En la universidad tuve mis mejores cumpleaños. Recuerdo uno en particular. Jamás había sido tan saludado como cuando cumplí 21. Sé que es una superficialidad, pero es muy agradable que te saluden, te abracen y te deseen cosas buenas. Se siente muy bien recibir tarjetas y algún lápiz o chocolate de añadidura.
Los años pasaron por mí, como pasan por la mayoría de las personas, dejando huellas imborrables. Buenos recuerdos, grandes dolores, remordimientos incurables, alegrías y etapas que no viví. Me cuesta creer que viví tantos años preguntándome si este año encontraría un amor... ¡Qué cosas!
No puedo evitar sentirme melancólico en este momento. Pienso en lo que he hecho, pero pienso más en lo que no he hecho. Siempre es difícil aceptar que no se puede recuperar el tiempo perdido. Cuesta resignarse a que lo que no se vivió, lo que no se hizo ya nunca podrá hacerse o vivirse. No puedo volver y decir lo que no dije, abrazar a quien no abracé, besar a quien debí atreverme a hacerlo.
¿Pude haber sido otro? Sólo Dios lo sabe. La gracia está en aprender a vivir con lo que somos y seguir intentando alcanzar nuestros sueños, porque en el fondo son éstos, los sueños, los que te dan la fuerza para vencer el desánimo y la indecisión.
Lo malo es que cada día, sueño menos.

martes, 3 de octubre de 2006


Los libros y yo

Hay olores que nos encantan. Todos tenemos nuestros preferidos. Por ejemplo, cuando era estudiante, muchas veces sentía el olor de las mujeres recién perfumadas en la mañana, cuando pasaba junto a ellas en la micro. Llegué a pensar, en una ocasión, "esta mujer huele a verano". ¿Qué cosas, no?
Sin embargo, otro de mis aromas favoritos no es tan sensual como el de las bellas mujeres, pero es igualmente poderoso para mí: el olor de los libros, el olor a biblioteca, a galería de la calle San Diego. Ese olor del papel amarillo y reseco, de las tapas desteñidas, de la negra tinta sobre el papel.
¿Cuándo nació este amor por los libros, por la literatura? No lo sé a ciencia cierta, pero creo tener una noción. Antes de la reforma, no existían todos esos libros infantiles que leen los niños hoy -léase Barco a vapor, por ejemplo-, por lo que leíamos los clásicos en cuanto a aventuras se refiere. Tocó, cierto buen día, que después de leer varios Papeluchos que sí me habían gustado, mi profesora nos mandara leer Colmillo blanco. Escuché a mis compañeros quejarse acerca de lo largo que era el libro, pero, por sobre todo, sobre lo aburrido que resultaba leer. Para mí, la lectura era algo habitual. Crecí en casa de mis abuelos, mi tata leía todo el tiempo, dos o tres libros a la vez. El diario, al menos los domingos, era sagrado. En mi casa, había una biblioteca abundante y añosa. Mi padres se encargaron de aumentarla, comprando enciclopedias, colecciones y diccionarios. ¿Por qué habría entonces de resultarme fome leer?
No obstante, quizá prejuiciado por los nefastos comentarios de mis compañeros, no conseguía avanzar en la lectura de Colmillo blanco. Mi madre se dio cuenta de esta situación, y en lugar de llamarme la atención por estar viendo Pipiripao en vez de leer, hizo algo de lo que estaré agradecido por toda mi vida: tomó el libro, me dijo que me tendiera juento a ella en la cama, y comenzó a leerme. Aún no podía concentrarme y me aburría, pero ella me dijo "imagina. Imagina que es una película. Cierra los ojos e imagina". Entonces la vi. Era la nieve, los bosque, los perros y los lobos. Era Kiche y sus cachorros que aparecían, de súbito ante mí. Por primera vez en mi vida me di cuenta de estar en un espectáculo creado para mí. Era el director de la película, tenía el guion, ahora solo debía filmarla. ¡Qué maravilla fue ese día!
Desde ese entonces, jamás dejé de leer, y mi apetito ante los libros solo era comparable con el de los helados.
Prácticamente todos los clásicos Zig-Zag pasaron ante mis ávidas pupilas. Julio Verne, Salgari, London, Manuel Rojas... ¡Qué humanidad hay en Manuel Rojas! ¡en sus personajes desarraigados y sufrientes, pero poseedores de una dignidad universal! Muchos años después, esas características las encontré en los personajes de Óscar Castro y su maravillosa La vida simplemente.
Fui reprendido duramente muchas noches a causa de mis deseos de leer hasta altas horas, y creo que debo usar gafas hoy, por el mal hábito de leer con la luz apagada y bajo la colcha. Y probablemente, mi papá nunca sabrá que fui tan feliz, cuando a mi hermano y a mí nos leía cada noche un fragmento de 20.000 leguas de viaje submarino.
Había leído a chilenos y europeos, pero a casi ningún hispanoamericano, pero cuando gané el concurso de cuentos de mi liceo, el premio fue un libro: Crónica de una muerte anunciada. ¡Aquello fue encontrarse con otra realidad, que a mis quince años, era incapaz de explicar!
En mi mente, todavía retumban esas palabras como si fuesen parte de un conjuro: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar la remota tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo". Tan maravillosa como Cien años de soledad es la novela de amor más humana que he leído, y también es de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.
Perdón, ya sé que me estoy extendciendo demasiado, pero ¿Cómo dejar afuera a Borges y Cortázar?, ¿si son capaces con sus cuentos de ganarte por knock-out y dejarte en silencio y con los ojos abieros por largo rato? ¿Cómo no mencionar a Benedetti y su Tregua, que me dejo llorando una hora sobre la cama? ¿Cómo no nombrar a Kafka, a Carpentier, a Camus? ¿Cómo no contarles que yo también sufro de los mismos males de Martín Romaña, trasunto de Bryce Echenique? ¿De qué manera no hablar de los traumático y fascinate que resultó leer 2666 o Los detectives salvajes del finado Bolaño? ¿Cómo no hacer una pequeña referencia a un Gigante Egoísta, a Un Príncipe feliz o a un Fantasma de Canterville? ¿Es posible no hablar de la poesía alada de Neruda, la sensualidad de Garcilaso, la desasón de Mistral, la profundidad de Quevedo, la acidez de Parra? Imposible y doloroso resultaría para mí dejar a alguien fuera.

Favor no se molesten, ya me llevo mi boca.
Para terminar, solo quisiera hacer mención al mejor libro que existe (y si alguien no está de acuerdo, que se atenga a las consecuencias), y, lo siento Señor, no me refiero a la Biblia, sino a El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Por ahí decía un famoso quijotista: "dichosos los que no han leído el Quijote, pues aún tienen algo importante que hacer en la vida".

Disculpen el apasionamiento, pero habló un hombre que sobre el papel, ha podido ser muchas veces, lo que nunca será en la realidad.
Vale.