miércoles, 27 de diciembre de 2017

Abuela






El recuerdo de mi abuela está ligado a muchas cosas, cosas tangibles, materiales. Su delantal, por ejemplo. Siempre llevaba puesto su delantal de cocina en casa. No solo ella, sus vecinas también. Siempre el delantal... los delantales, porque eran varios, de colores diversos, modelos diferentes, a veces más grandes y a veces pequeños. Los paños de cocina blanquísimos, hechos de sacos de harina, porque decía mi abuela, que secaban mejor que cualquier otro paño los platos. La artesa de madera que por años estuvo en el patio, bajo la sombra del ciruelo, donde los sábados la abuela refregaba y escobillaba la ropa, o bien la enjuagaba después de sacarla de la "lavadora redonda" marca Fensa. La caja de Omo siempre al lado, junto a la tabla de escobillar. 
La bolsa del pan que alguna vez fue de una resistente tela verde. La panadería donde de lunes a sábado, a eso de las cinco de la tarde, compraba el pan y los "dulces" que allí se preparaban. La panera de metal, la azucarera abollada, la tetera saltada, la frutera siempre llena, porque para ella era una afrenta si estaba vacía.
El viejo refrigerador con la palanca en la puerta (tenía hasta cerradura, para echarle llave), la puerta de la cocina siempre abierta... como la puerta de la reja de entrada. Casi nadie pedía nunca permiso para entrar en su casa, la casa de mis abuelos.
Las plantas, los árboles. El laurel, el almendro, el nogal siempre medio podrido. La yerbabuena, el toronjil, la menta, la ruda y su fragancia contra el mal... las rosas del jardín.
Las Fiestas Patrias y sus miles de empanadas. Los pasteles de choclo cocidos en horno de leña (¡un tambor adaptado!), las humitas... los Años Nuevos y la gente colmando la casa. Los vasos llenos, la comida abundante, la música que salía del viejo National Panasonic. 
La mermelada de damascos...
Las manos de mi abuela. Pecosas. Arrugadas. 
Me quiso mucho, lo sé. A su particular forma de mujer sencilla. Niña de campo que antes de la pubertad supo del trabajo en la ciudad adonde tuvo que emigrar. Mujer que lavó ropa ajena, cocinó para otros, planchó camisas y trapeó pisos que no eran el suyo.
No sé si mi abuela fue feliz alguna vez en realidad. No era una mujer de sonrisa, ni menos de risa. Nunca la escuche cantar o silbar (bueno, en misa sí cantaba... y muy mal). Pero cuando la senectud le fue minando la cabeza, la vi reír como nunca antes con tonterías, con películas de la tele. Vi la alegría y el gozo en sus ojos con las películas de Jorge Negrete y sus rancheras. Era como si el tiempo le hubiese dado una pequeña tregua para volver a la infancia, esa infancia que la injusticia, la pobreza y la iniquidad del mundo le habían negado. Aún cuando ya no sabía quién era yo, ni recordaba dónde había vivido por más de sesenta años... aún cuando ya su cuerpo dejó de responderle, la vi reír, como me hubiera gustado que siempre riera.
Se consumió, se fue empequeñeciendo y apagando. Se fue haciendo tan leve como un suspiro. Yo no tuve el valor de verla cuando dejó la casa y el patio, y los árboles, las plantas, su cocina, la bolsa del pan y sus delantales...
No sé, abuela, si fuiste feliz alguna vez. Con todo mi corazón deseo que ahora sí lo seas. Que te presenten a Jorge Negrete y que con mi abuelo tengan la casa lista para celebrar cuando nos veamos de nuevo.
Gracias, abuela.


1 comentario:

xurxo dijo...

Ha sido leerte y venirme un aroma de madreselvas...

Un abrazo, tanto tiempo...