jueves, 30 de agosto de 2007

En el Metro

"Me metí en un vagón del metro y no he podido salir de aquí.."

La verdad, la primera vez que escuché la canción El metro de Café Tacuba, me pareció una buena canción con una divertida hipérbole. ¿Cómo es eso de "He querido salir, pero siempre hay alguien que empuja para adentro"? No, no. Yo y la mayoría de los santiaguinos no conocíamos eso de andar en metro como en ciudad de México. Acá el metro siempre fue un medio de transporte cómodo y seguro, y hasta cierto punto elitista. Sí, ha escuchado bien, desocupado lector, elitista, porque para andar en metro había que poseer cierta cultura y ciertos conocimientos que muchos no poseían (la verdad, aún no la poseen). En el metro, no te levaban por 100, ni se subían vendedores ambulantes. La gente daba el asiento, había que pasar por torniquetes y saber orientarse en donde no hay señales orientadoras, es decir, la única manera de orientarse era interpretando instrucciones, capacidad bastante reducida en la mayoría de los chilenos.

En el metro, no sentía miedo de sacar mi reproductor de música e incluso mi Palm. La mayor parte del tiempo se podía viajar sentado y, salvo en los veranos a eso de la 15 horas, no era desagradable el ambiente. Pero todo eso cambió. Quizá para siempre. Viajar en metro se convirtió en una odisea. Más encima, el paro de ayer se transformó en el peor viaje en metro de mi vida. Vean por qué:

1. Hora y media para poder abordar un tren. Nos dejaron salir más temprano, y a las tres ya iba rumbo a la estación. Vaya uno saber por qué, se me ocurrió llamar a la casa y preguntar "¿hay pan?" Pasé a comprar. Todo bien. Acompaño a una colega hasta la estación Lo Vial (craso error), y descubro con horror, que la estación estaba cerrada: "Aviso de bomba". 15 minutos después la reabren. Mientras, y para aguantar el calor y mi resfrío crónico- me bebo un jugo de un sorbo.

2. Boletería llena. Trato de botar la botella del jugo. No encuentro ni un solo basurero en la estación(?). Paso mi Bip! por el torniquete, luz verde, ¡paj! el maldito molinillo no mueve, golpe en el bajo vientre y sin tiempo para sobarse: diez personas detrás de mí con ganas de pasar. El guardia, con cara de hastío trata de hacer girar el maldito aparato. Cinco minutos después paso por "el lado".

3. A esas alturas, mi hombro ya estaba adolorido por el peso del bolso -lleno de pruebas por corregir y el notebook-, y sujetando con una mano el pan y con la otra una botella vacía. Andén dos veces más lleno que la boletería. Primer tren: no cabía un alma. Cuando me paro frente a la puerta del carro que ilusamente quise abordar, siento el "compuesto" aire que sale del interior del carro. Algo así como vapor, pero formado del sudor y los gases de desechos de los pasajeros. espero, mejor, otro.

4. 15 minutos después, sigo esperando. ¿Qué hago con la botella? En el bolso no me cabe nada. Mi hombro ya estaba inflamado.

5. 20 minutos después sigo en el andén. Al igual que el típico quiltro que entra a la cancha en lo mejor del partido, aparece el típico "flayte" para mejorar aún más las cosas. Como él tampoco puede subir, amablemente y con un florido lenguaje que ya se lo hubiese querido Cervantes, comienza a vilipendiar a los pasajeros porque no se encogen y lo dejan subir. El guardia chaqueta amarilla, lo mira desde un más que prudentísima distancia, mientras silba.

6. A punta de codazos, don flayte a conseguido subir a un vagón. ¿y si hago lo mismo? A quién quiero engañar, no podría hacer eso. Como no puedo simplemente dejar la desgraciada botella en el suelo del andén. Mi profunda educación cívica me lo impide, como mi moral y los mil pesos que me costó, me impiden botar ese pan que se me ocurrió comprar.

7. Se abren las puertas de un carro. Estoy dispuesto a subir cueste lo que costare (sí, así se dice). Pero, cae de espaldas desde el interior una joven desmayada. Las piernas quedan adentro y el tronco fuera. Unos piden que la muevan, otros que mejor no, no vaya a tener alguna lección cervical. El guardia aparece cinco minutos después con la camilla, pero no sabe si moverla. Diez minutos después, se reanudan los viajes, pero yo sigo ahí.

8. Por fin me subo a un tren. como puedo me afirmo del techo. Sin querer, le pongo un bolsazo en las costillas un pasajero. Apenas si puedo decir "perdón". Me mira con cara de pocos amigos. A esas alturas el condenado jugo ha hecho efecto. La palabra "micción" aparece con frecuencia en mi cabeza.

9. Estación La Cisterna, combinación con línea 4A. El jugo no solo me tiene la vejiga hinchada, sino que también mis intestinos. Siento moverse algo dentro de mí, y no es un alien. Como si fuera poco, he comenzado a moquear, señal inequívoca de alergia. En el andén, hay múltiples peleas entre pasajeros.

10. Ya abordo, quiero estornudar, pero no me atrevo por miedo a que algo más que un ¡achú! salga de mí. Como va tan lleno, ni pensar en poder sacar un pañuelo de mi bolsillo para sonarme. Tengo la mano morada por el peso del pan y todavía con la dichosa botella.

11. Vicuña Mackenna. Me siento horrible, pero queda ya poco. Como sea, tomo el primer metro que viene. En la estación ningún basurero. Los han quitado, para que a nadie se le vaya a ocurrir poner una bomba dentro.

12. En el tren, quedo de espaldas a la puerta. A mi costado una ancianita que a mí y a varios otros nos pide en no muy buenos términos que nos hagamos más "flexibles", porque ella va muy incómodo. Pienso, "cómo le hago para ser más flexible". Frente a mí, a menos de diez milímetros, se sube una muchacha con un prominente escote. Mi dolor de guata aumente mientras intento con todas mis fuerzas mirar el techo.

13. Hospital Sótero del Río. Necesito un baño. Como no hay micros de acercamiento, debo caminar. No se ve un cochino taxi por ningún lado. Siempre pasa lo mismo cuando más se les necesita.

14. A las 18:35 horas llego a mi casa. Con una tortilla en lugar de pan, pues con el calor y el despachurramiento se fusionó cual Gokú con Vegeta y una botella de Néctar Watts boca ancha. Me saluda mi padre y me pregunta ¿Por qué esa cara?. Lo miro con saña mientras camino hacia el baño, giro el pomo, pero desde dentro me grita: ocupado. ¡Ley de Murphy!

martes, 28 de agosto de 2007



Se viene el estallido...

Mañana, después de mucho tiempo, al parecer seremos nuevamente testigos de una marcha nacional y un semi paro. Por lo que he escuchado en las calles, la cosa viene seria, y muchos serán los que se movilicen. En casi todos los sentidos me parece bien.

Y es que las cosas hace rato se venían mal en Chile. El modelo socio económico y cultural imperante no da para más. Era cuestión de tiempo para que el descontento, aplacado por años gracias al chorreo, brotara por los poros de los trabajadores del país. Cómo no, con la pésima distribución de la riqueza, la educación de peonaje en muchas escuelas, la crisis del sistema público de salud y, más encima, el malogrado Transantiago, guinda para una torta que nadie se quiere comer.

Yo voté por Bachellet, y a veces, siento vergüenza de reconocerlo. No es que hubiese votado por Lavín o Piñera, eso nunca, pero siento una profunda decepción de la concertación, por la que llevo votando desde mis tiernos 18.

Lo han hecho mal. Perpetuando lo que por siempre criticó. La concertación terminó por parecerse tanto a la derecha, que cuesta muchas veces saber cuál es cuál. La alegría no vino para la mayoría de los chilenos. Sí, recuperamos la libertad, tenemos una democracia, imperfecta, pero democracia al fin y al cabo, hemos avanzado mucho, pero a la vez, mucho menos de lo que podríamos ser.

El Estado, se desligó de sus responsabilidades intrínsecas. Se confió de los grandes grupos económicos, se dejó sobar el lomo por cuanto economista MBM se topaba en foros internacionales que le decía que lo estaba haciendo muy bien, That's the way, my bro!

Mientras, se desincentivaban los sindicatos, los sueldo se hacían eternamente bajísimos, y los avances en educación eran minúsculos y en muchos casos, retrocesos. La revolución pingüina, y las últimas huelgas son solo la antesala de lo que vendrá. La cosas van a tener que cambiar, solo así el descontento social dejará de crecer.

Los empresarios, mientras, en lugar de pedir mano de hierro contra los "subversivos" trabajadores que osan pedir más, debieran empezar a cuestionarse el rol social que le cabe, pues toda empresa, les guste o no, es más que un negocio; es una comunidad que debe velar por el bienestar de sus miembros. Pero ha habido empresarios que por los medios de comunicación, poco menos piden que la fuerza pública, "palomee rotos" (expresión usada por los dueños de las calicheras cuando pedían al ejercito acabar con el problema ametrallando la escuela Santa María de Iquique) a la entrada de las fábricas por esto de la protestas.

Y a nuestros gobiernos, cabeza del Estado, dejarse de hacer los tontos y venderle su alma al demonio. Cumplan la función que le corresponde, esto es, velar por el bien social de TODOS y no solo de quienes puedan pagarlo.

martes, 14 de agosto de 2007

Nuevamente, la derecha.

Hace tiempo que no se producía en Chile una discusión tan interesante como la del llamado "salario ético". En un país como el nuestro, que rápidamente se acostumbró a comentar como noticias temas como el tamaño de las pechugas de la Olivari o si tal o cual casquivana anda con tal o cual "jurgolista" new rich, discutir realmente acerca de cómo se está repartiendo la "súper torta" del Chile neoliberal es para mí un motivo de alegría.
Cómo serán las cosas que un obispo medio díscolo (palabra de moda) o al parecer abiertamente "rojo" se atrevió a señalar que tal vez, podría ser, es quizá factible, posible, probable y altamente beneficioso, establecer y pagar un sueldo "ético" a los trabajadores. ¡Habráse visto, Dios mío, tal falta de respeto! ¡Un cura proponiendo medidas económicas! ¡alguien que no sabe absolutamente nada de economía! Qué falta de respeto y que atropello a la razón... Por lo visto, los curas de Chile no aprendieron nunca que deben abocarse a sus altares, a sus sermones y a sus oraciones en vez de estar metiédose es la política del país.
Obviamente, y poniéndose a la altura de la situación, los verdaderos sabios en la materia, es decir, los empresaurios, digo, empresarios, hicieron ver al dicho obispo su poco tino y absoluta falta de razón. ¡Si aquí muchos empresarios se sacan el pan de la boca para darle su galleta, quise decir, sueldo a los peones, perdón, trabajadores!, ¡Muchísimos miembros de la SOFOFA sacrifican una semana de vacaciones en Europa para pagar un año de sueldos mínimos! ¡Innumerables socios de la CPC dejan de cambiar el four wheel drive todos los años para pagar 20 años de salarios mínimos a sus empleados subcontratados a una empresa subcontratista de subcontrataciones filial de una contratista!

¡No, Señor, no hay derecho a tanta injusticia!

Este es el pago de Chile. Después de que los grandes empresarios de la patria salvaron a este país de mal agradecidos de la debacle en que ellos mismos por su irresponsabilidad se habían metido, los atacan, diciendo que quizá podrían pagar mejores sueldos. ¡No es posible! Si fueron nuestros grandes empresarios los que han hecho progresar a Chile, ellos, hombres "hijos del rigor", que se han forjado solos, sin la más mínima ayuda de nadie; hombres que compararon a las ineficientes empresas estatales y las transformaron en las maravillosas empresas privadas que soy hoy en día, juntando pesito a pesito, con su limitada educación de colegio privado. ¡Qué injusto es este país!

Además, que le interesas a la iglesia, ¿que haya mucho trabajo o que haya poco trabajo, pero bien pagado? Ven... es más importante muchos trabajadores con sueldo mínimo que unos pocos con buenos salarios. Es una perogrullada, ¿no?

Lo más emocionante de toda esta discusión absurda es que la derecha volvió al redil. Nuevamente se mostró tal y cómo es; como una alianza de hombres liberales que entienden que es el lucro y sus afanes los que mueven y desarrollan las sociedades. Si daba gusto ver a esa gran mujer que es la senadora Matthei -miembro del partido popular- defendiendo el derecho de los hombres trabajadores de este país de fijar ellos lo que consideran justo o no. Después de todo, si la empresa es mía, yo veré lo que pago, ¿o no?

YA, BASTA DE BROMAS

Lejos de toda broma está el hecho de que el salario no es "ético" sino justo. TODOS sabemos que con 145.000 pesos una familia no sobrevive al mes. El Estado debe asumir su responsabilidad eludida por tantos años en esta materia, pero sobre todo deben hacerlo los grandes empresarios del país.

No hablamos de subir los sueldos en 100% de la noche a la mañana en todas las empresas, principalmente en las pequeñas, pero sí en aquéllas que facturan miles de millones de dólares de ganancias todos los años y que SÍ pueden pagar muchísimos mejores sueldos. Hablemos de aquélla temporera que recibe 10.000 pesos por romperse la espalda recogiendo fruta de exportación que es vendida en miles de dólares. ¿Es eso justo?

Este tema es complicado de resolver en su raíz, porque involucra fibras muy finas del ser humano, como son el egoísmo, la codicia y la ambición. Y porque la solución pasa también por el complejísimo proceso de hacer verdad la justicia y la solidaridad.

En fin, como país tampoco hemos sido capaces de exigir y construir lo justo. Tenemos la mente tan dormida por la farándula, las teleseries y el reggaeton que no vemos más allá. Como dijo Marañón, "Cada pueblo tiene lo que merece" y Chile se merece a sus empresarios y a sus políticos. Sobre todo a su derecha, que, al fin y al cabo, siempre ha sido la misma. Al menos, es "consecuente" en defender lo que considera suyo por derecho, en este caso, la riqueza.

A mí, al menos, me sigue viniendo a la cabeza una de las frases celebres del Padre Hurtado: "comencemos por practicar la justicia, pues mientras no se ha cumplido la justicia no se puede pensar en caridad".

Vale.



Perdón, Señor, perdón y clemencia...

Me disculpo con mis pocos, pero fieles lectores, por el escaso (más bien nulo) avance de mi blog, pero ha habido en mi vida una serie de situaciones desafortunadas en este último tiempo que no me dejaron escribir con la constancia y rapidez que debí.
Prometo hacerlo lo antes posible.
Mientras, perdón y clemencia, como dice esa clásica canción de Vía Crucis.

domingo, 6 de mayo de 2007

Mi abuelo



En abril, como bien habrán notado, desocupados lectores, no escribí nada, eso a pesar de que tenía tema para una nueva entrada.
Muchas veces antes me propuse hablar de mi abuelo; de mi tata Moisés. No lo hice porque nunca creí encontrar las palabras adecuadas para referirme a él. Este año se cumplieron, precisamente en abril, cuatro años desde que ya no está más en su casa. Cuatro años desde que no he vuelto a conversar con él, cuatro años de no acostarnos a dormir siesta escuchando la radio. Cuatro otoños sin sus historias, cuatro años de no sentir su colonia, de no verlo podar la parra, de no besar su mejilla. Se fue en abril, muy joven para mi gusto, pero como bien dicen por ahí, uno se va cuando no tiene nada más que hacer por acá.
Yo me crié con él. No es que viviera en su casa, pero después del colegio, me iba para allá. Mi hermano y yo, luego mi hermana. No iba a buscar. Comíamos con él, jugábamos, paseábamos, íbamos al cine. Lo acompañaba a comprar el pan o la parafina para su anacrónica estufa. Salíamos al parque he íbamos de vacaciones juntos. Él me hablaba de los libros que había leído, me contaba sus historias y yo me podía pasar horas escuchándolo, fascinado.
Sus relatos no eran de viajes o aventuras heroicas. Eran las historias de un niño huérfano, cuya madre murió cuando daba a luz. Eran las historias de alguien que a los quince años ya tenía ahorros para la pensión, que aprendió a leer y a escribir casi solo. Eran las venturas de quien vivió en conventillos, se iluminó con "chonchones" por las noches y pasó un año en el hospital por tener tifus sin ser visitado por nadie. Eran las historias de un carpintero, de un pintor de brocha gorda, de un obrero, de un dirigente sindical. La historia de un hombre que vivió el siglo XX como en primera fila.
Tal vez con su historia de vida, mi abuelo no debió ser feliz, sino todo lo contrario. Pero no, él fue feliz y un optimista crónico. Fue un luchador incasable, con una fe a toda prueba en el ser humano y sus posibilidades. ¡Cómo habría querido yo ser como él! La injusticia lo desbarataba, no podía soportarla, era de quienes se estremecían hasta la médula ante ella, y apretaba los puños, se remangaba la camisa y se ponía a combatirla. Creía en la unión de los trabajadores, en los sindicatos, en la justicia social. Admiraba a Clotario Blest, estudió, se capacitó, paso de obrero simple a calificado, de calificado a maestro, a empleado, a jefe de sección, sin jamás venderse a quienes el llamaba sus "patrones". Y ellos, lo respetaban, primero como hombre, luego como trabajador y finalmente, como presidente del sindicato.
Luchó contra la dictadura y su iniquidad, sus atropellos y su capitalismo inmoral. Formó sindicatos, cuando nadie se atrevía a hacerlo, cuando otros prefirieron la seguridad del exilio. Creía que el trabajador debía capacitarse, estudiar y ser un hombre culto. Él mismo, se dedicó a ello. Se hizo de una considerable biblioteca, leyó y leyó, nunca dejaba de leer los diarios ni escuchar las noticias.
Era encantador. Tenía un bigote de actor de cine. Hay que reconocer que era pretencioso, nunca aceptó sus canas. ¡A las mujeres les encantaba!, y en ese sentido, no era un santo. Se arreglaba por horas, se perfumaba y con que ternura, se repintaba las incipientes canas. Todos en la casa lo sabíamos, pero nos hacíamos los tontos.
Cuando mi abuela salía de vacaciones, yo me quedaba con él en su casa. Le cocinaba y el hacía el aseo. La pasábamos muy bien. Tomábamos once bajo el parrón, nos sentábamos a ver anochecer y a esperar las noticias de la televisión. Lo acompañaba a pagarse, primero para pasear con él, luego para ayudarlo a subir a las micros.
De un día para otro, se fue haciendo más pequeño, más flaco, más débil. Un día, en que fue a cobrar su pensión donde siempre había ido, se perdió y demoró horas en orientarse. Nunca más fue solo. Tenía dolores a toda hora y ya no podía dar sus interminables caminatas de antes. Sus ojos se fueron opacando. Yo lo veía y sabía que se nos acababa el tiempo de estar juntos.
Un día, con lágrimas en los ojos, me dijo que no podía leer más. ¡Ya no entendía lo que leía! Sus manos comenzaron a tiritar. Su pelo se hizo por fin gris.
Un día enfermó. "Es una indigestión", dijeron los médicos. Pero no mejoró más. Finalmente, hubo que llevarlo al hospital: tenía una neumonitis grave. Yo recién llevaba dos meses trabajando. Me avisaron de su muerte mientras volvía del trabajo.
Cosa rara, no lloré como siempre imaginé. Cuando llegué a su casa, me dirigí a su dormitorio y cumplí con mi promesa: él había dejado todo preparado para cuando le llegara la hora y yo me hice cargo de hacerlo cumplir. Escogí un ataúd, un cementerio, y debía ir a reconocerlo y retirar el cuerpo. Mi papá, en un gesto que agradeceré siempre, me libró de este último trago amargo: entró él a reconocerlo. Nunca vi a mi papá llorar tanto como ese día.
No entraré a detallar mis dolores. Sólo yo puedo saber cuánto lo quise y cuánto lo quisieron mis hermanos y mi mamá. Sólo puedo dar gracias por haber tenido en un abuelo. Por ser afortunado, y haberlo tenido 23 años conmigo. Por pasar mi infancia en esa casa que él levantó con sus propias manos, por haber sido mi amigo.
Después de muerto, no quise mirarlo. Sé que quizá debí acercarme a su féretro, pero no lo hice, porque desde un comienzo decidí recordarlo vivo y alegre, con sus manos pequeñas y fuertes, con su eterno peinado hacia atrás y sus ojos tristes y brillantes.
Algún día volveremos a vernos, él me estará esperando y nos abrazaremos y conversaremos todas las tardes bajo el parrón.
Hasta pronto, tata.



jueves, 29 de marzo de 2007

La peste




Ya en más de alguna ocasión he comentado aquí mi afición a los libros. Comenté también qué libros consideré que marcaron mi vida. Mas, una de las grandes gracias de leer, radica en que siempre podrá leerse algo nuevo y podrá pensarse entonces "Qué bueno es esto que he leído". Eso me pasó hace poco.

Muchas veces tuve la intención de leer La peste de Albert Camus, pero por uno u otro motivo no lo hice. De él, solo había leído algunos artículos y su novela más famosa: El extranjero. Ésta última, me parece una obra maestra y, de hecho, insisto mucho a mis alumnos su lectura. Y, sorprendentemente, muchos de ellos consideran que es uno de los mejores libros que les toca leer en el colegio. Sin embargo, quiero dejar claro que considerar a El extranjero como una obra fundamental, no significa que me suscriba plenamente a sus ideas. Para algunos Mersault es un héroe, pero para mí representa todo lo que no quiero en el ser humano. Es verdad que Mersault desenmascara mucha de las grandes hipocresías de nuestra sociedad, pero también puede hacernos ver cuán peligrosa puede ser la libertad desprovista de todo sentimiento que podríamos llamar "noble".

Pero en La peste, descubrí (o confirmé) una nueva faceta de los seres humanos que, lejos de lo que pasa en El extranjero, me llenó de esperanza. Valiéndose del argumento de una supuesta peste que afecta a la ciudad de Orán, Camus logra que podamos ver cómo la adversidad logra grandes cosas en las personas.

Sin llegar a ser héroes, las personas pueden (y en cierta forma están obligadas) hacer cosas grandes y nobles. No hay santos ni ascetas, sino hombres comunes y corrientes, como cualquiera de nosotros, que puestos en la encrucijada de escoger, escogen el camino de la lucha, de la resistencia, el camino de la "no muerte", solo porque el hombre está hecho para la vida y no para la resignada muerte.

Eso es lo que a veces me cuesta entender: ante un problema en mayor o en menor medida grave, tenemos varias opciones: entregarnos y bajar los brazos, sin hacer nada y esperar, solo esperar a que el tiempo u otras personas solucionen las cosas; también podríamos sacar provechos personales del problema, aprender a ganar con las desgracias, hacer crecer nuestros negocios, acaparar para luego revender, unirse a nuestro enemigo, cambiarse de fila. Y está la tercera alternativa, la más difícil siempre: pelear. Luchar, rebelarnos, poner todas nuestras fuerzas, porque es nuestro deber, porque podemos conseguir las cosas o al menos haberlo intentado hasta el cansancio. Y la lucha de uno, poco a poco se irá transformando en la lucha de muchos, porque todos descubriremos más temprano que tarde que el problema de uno es el problema de todos. Quizá no como santos y mártires, tal vez no como héroes, pero sí como ciudadanos, personas, seres humanos comprometidos con nuestra realidad, comprometidos con el mundo, con la vida.

Parece que cuando más crecemos de verdad es cuando estamos obligados a enfrentarnos a algo más grande que nosotros, ya sea una enfermedad, ya sea un invasor o nuestro propio destino. La peste es una gran metáfora sobre eso, sobre la lucha y la resistencia.

"No hay otro mundo que el que nos ha tocao..." dice Serrat en una de sus canciones, y tiene razón, pues el mundo que no ha tocado es el que construimos nosotros mismos, con nuestros valores y nuestros egoísmos.

No hay fórmulas fáciles para superar nuestros problemas, es pelear o morir. Nada más. Dios quiera que nunca deje de luchar y si he de perder, que sea peleando.

Para terminar, quisiera citar el final de la novela, pues el comentario que hace allí el narrador o cronista está tan pleno de verdad que no debiera ser olvidado nunca por ninguna persona:

"Oyendo los gritos de alegría que subían desde la ciudad, Rieux tenía presente que la alegría está siempre amenazada. Pues el sabía que la muchedumbre dichosa ignoraba lo que puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa".

Atentos siempre a "las ratas" que nos acechan mucho más cerca de lo que creemos.

viernes, 16 de febrero de 2007


"TRANSANTIAGO"



Vaya, hacía tiempo ya que no escribía. No importa, no son muchos los que me leen. En fin, vamos a lo que vinimos, es decir al tema que guarda relación con el título de esta entrada.

Desde el sábado pasado somos testigos del tan esperado y anunciado cambio en el transporte público de nustra querida Capital. Debo reconocer que era yo uno de los más entusiastas defensores del plan y, cómo no, si habiendo sido un asiduo usuario de "micros", tuve el placer y privilegio de ser no sólo una, sino varias veces, el objeto del afecto de algún simpático homínido a cargo de la conducción de una Metalpar amarilla. Frases como "Pasen pa'trás, sha, sha, rapiíto, atrah hay ehpacio" eran las más suaves, y eso que "atrás" no cabía ni el alma de una modelo anoréxica. Pero había otras más cariñosas como: "¿Escolar, shushtuma**? ¿Me'stai viendo la cara, guasho cul****?" No vale la pena seguir recordando tan floreado léxico, sé que más de alguno de ustedes, amables lectores, debe haber recibido tan cándidas palabras en algún bus de nuestra ciudad. Y eso que no quiero entrar en detalles acerca del comportamiento animalesco (que me perdonen los animales) de estos individuos, que gozaban no parándote en el paradero, corriendo carreras con otras líneas, pasando el cambio o frenando antes que lapobre abuelita se siente, como para que ojalá saltara volando por la puerta que nunca cerraban.

Por fin eso iba a acabar. Por fin no más payasos cumas, no más chocopanderos cómplices de los lanzas, por fin no más sapos de micro, adiós a esos autoadhesivos "Dios es mi copiloto", "Papito no corras", "No, sin aceite no", nunca más esas palancas de cambio con una jaiva dentro o luces estroboscópicas en el pasillo. Soñaba con no tener que ir con el paraguas abierto en las micros cuando llovía, coñaba con ventanas que se podían abrir y cerrar y motores silenciosos. ¿Cómo no anhelar recibir siempre tu boleto cuando pagas y no un "Si no te gusta, bajate" cuando se alegaba?

Llegó transantiago, como tenía que llegar. Con un caos y una confusión propia del culto y ordenado pueblo de Chile. Yo aún creo en él (Pese a la leyenda negra que los medios, controlados por la derecha, han ido creando), pero no soy tan ciego como para no darme cuenta de que tiene falencias. Verbi gracia:

1. Estamos en Chile. La gente, pese a la "era digital", aún le tiene fobia a las máquinas con luces y botones en lugar de palancas y perillas. El metro llevaba años usando la Multivía y ni la mitad de los usuarios tenía una.

2. Estamos en Chile, otra vez. Basta que alguien hable mal de algo, para que todos hablemos mal. "Esto es una lesera", "No va a funcionar", "Va ha ser un caos", "Marzo", "Nosotros los pobres..." La mayoría de la gente a conseguido llegar a sus destinos, solo que antes tenía como diez recorridos para un mismo destino y ahora solo tienen uno o dos. Que hay que caminar, ¡pues claro!, ¿qué querían, seguir como antes? ¿Que los choferes te pararan en la puerta de la casa?

3. En tercer lugar, Estamos en Chile. La gente no entiende el titular del diario e iba a entender el mapa. Había que tener claro que cualquier texto de más de tres líneas que contenga además códigos y números iba a ser indesifrable para el común del santiaguino.

4. Adivinen... ¡Estamos en Chile! Sólo aquí, en el país de las oportunidades y la misericordia, se le podía otorgar una concesión a un mafioso del antiguo sistema, con micros viejas y "enchuladas" para que operara el sistema que siempre quiso destruir. ¡Por Dios! A ese tipo ya debieron hace tiempo expropiarle las micros. ¡No cumple con ninguna ley laboral y lo dejan operar!

5. Como es costumbre, en Chile, copiamos un experimento fallido de otro país. Antes fue la reforma educacional (Made in Spain) que permitiría crear buena y fácilmente dominable mano de obra barata y luego copiamos el "Transmilenio" de Colombia, que tiene más de cinco años sin funcionar... (!) Parece que, obviamente, es más barato comprar malos proyectos.

Sin embargo, sucede, sin embargo, que al menos yo aún le tengo fe al vapuleado "Transantiago", después de todo, nada puede ser peor que lo de antes y ahora solo puede mejorar. Espero. Pero para eso, hace falta que todos "Atornillemos para el mismo lado", que la gente aprenda a comportarse como ciudadano, que los opositores (principalmente la UDI) dejen de criticar por criticar, que los "psudorevolucionarios trasnochados molotovforever" se dejen de llamar a la quema de micros y el gobierno se ponga de una vez los pantalones y castigue a los empresaurios saboteadores y sinvergüenzas de siempre.

Así, quizá algún día, diremos "qué rico pasear en micro".
(Soñar no cuesta nada)

viernes, 12 de enero de 2007

"Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio"



Hace algún tiempo hablé de la fe y los problemas que a veces tengo con ella. He hablado también de mi negra envoltura, que no sólo es oscura, sino también amarga. Confesé también por allí mis altos y mis bajos, este péndulo entre la felicidad y la amargura que es la vida. ¿Qué se puede hacer?A todos los seres humanos se nos está encomendado aprender a vivir, o más bien, a sobrevivr a pesar de todo. A pesar de que hace cinco minutos se nos inflamaba el corazón de alegría, orgullo o pasión y luego, una fracción de tiempo solamente, no encontramos de nuevo con todo lo fútil que es nuestra existencia. Y así como ayer creíamos en la vida y sus posibilidades, hoy podemos estar pensando en que bien haría Dios con borrar a los seres humanos de su infinita memoria. Eso, claro, si es que ya no lo ha hecho.

Todo lo que he dicho no tiene nada de nuevo. Lo sé. Otros lo han señalado o estudiado antes y mucho mejor. Pero nunca está de más recordar que, a pesar de existir, no somos casi nada. De que somos casi como un suspiro, nadie podría asegurar con certeza que estuvo en la boca de alguien alguna vez. Todo en lo que creemos, nuestras esperanzas y nuestra fe, podría venirse abajo en un parpadeo, desmoronarse como un castillo de arena. ¿No es acaso eso, un castillo de arena nuestra existencia? Como los niños en la playa, vamos pala y balde en mano intentando levantar los muros y las torres, dándoles forma, construyendo almenas y cavando fosos. Algunos consiguen edificar un castillo precioso. Casi como si éste fuera real. Otros, los más, apenas si lograrán levantar una mediocres torres que se resquebrajan y amenazan con caer a cada instante. Pero eso no importa. No. De todas formas, pese a nustras prevenciones, pese a nuestro orgullo, pese al empeño que pusimos en construir nuestro castillo, siempre, SIEMPRE vendrá el mar y lo derribará. O quizá el viento, o tal vez alguien lo pisará, ¡Qué se yo! Todo es inútil. No podremos quedarnos con el castillo para siempre. Quizá alguien le tome una foto al castillo. La gente verá el castillo en los libros, las revistas, en alguna nota veraniega en la tele. Así conseguirá estar de pie un poco más, por lo menos en la memoria de algunas personas. Pero será sólo eso, un impulso nervioso en alguna neurona perdida.

También, y no conformes con construir nuestros propios castillos de arena, tenemos muchas veces la mala costumbre de construirles castillos a los demás. Ponemos nuestra fe en ellos. Confiamos ciegamante. ¿Cómo podrían fallarnos? Conversamos sobre nuestros proyectos, sobre la vida y los sueños. A veces, colocamos en los altares a esas personas y no nos damos ni cuenta que son ellas mismas las que botan sus propios castillos. Y generalmente, derriban una buena parte del tuyo.

"Nunca es triste la verdad..." No dice es gran cantautor que es Serrat. Tiene razón "La verdad os hará libres" Nos dice el Maestro. La verdad siempre es buena, es como la luz, que siempre es buena, apesar de que nos permita ver lo feos que somos o podemos llegar a ser. También nos muestra las pocas cosas buenas que van quedando. A mí, la verdad, me mostró lo equivocado que estaba. No es algo nuevo, ya me había desengañado unas cuantas veces antes. No, no es triste la verdad, lo que no tiene es remedio... cuando se quiebra una copa de cristal no tiene arreglo. Se puede pegar, pero nunca será lo mismo.

En fin, me gustaría saber, para terminar: ¿Qué se puede hacer con el amor, la esperanza, la confianza y la fe, cuando éstas se rompen y se quedan dentro de ti, pudriéndose lentamente? No creo que exista una respuesta para eso. Mejor, me voy a reparar mis muros, pues esta semana una ola se llevó la mitad de mi castillo...


viernes, 29 de diciembre de 2006


Diciembre
Fin de año ¡Uf!

Así es, ciudadanos de la tierra. Se va el viejo (el año, no el otro viejo) y como siempre, al igual que todos los otros años que se han ido, este 2006 no puede irse tranquilo y ser un "low profile", tiene que irse dando problemas. Diciembre es para mí, sin duda, el mes mas contradictorio, esperado, amado y odiado del año.

Cuando se es pequeño, se ansía diciembre. Sinónimo de vacaciones, regalos y juegos. Cuando pequeño, sentía una emoción pocas veces vivida a medida que se acercaba el día 25. Tus padres y abuelos, se esmeraban por hacerte sentir mágica la fecha. Todo te parecía bello en esa época y ni siquiera caminar por el paseo Ahumada el día 23 podía agriarte el ánimo.

Cuando se es adulto y se trabaja, se ansía diciembre porque falta menos para las vacaciones, pero se repele porque es sinónimo de compromisos, deudas y viajes interminables del trabajo a la casa y viceversa. Y se vienen esas latas de "amigos secretos2, "Saque un papelito de la bolsa, vea el nombre de quien le tocó. Regalos mínimo, desde 5.000 pesos". ¡Qué lata! Los almuerzos o desayunos corporativos, con discursos acerca de "La misión cumplida" y las "Metas para el 2007". Se viene el terrible día "28" para los profesores, los finiquitos y las cartas de despido. Los alumnos implorando por una nueva oportunidad y uno explicándoles que ni aunque se saque un 9,5 en una prueba le alcanza para subir el promedio a cuatro. Luego vienen los apoderados, primero humildes y gentiles, luego desafiantes y, finalmente, descorteses, agresivos y amenazantes. "Voy a ir la ministerio. Voy a ir, usted discriminó a mi niño, si es casi un santo". El amor de madre debe ser algo increíble, el mocoso puede haber quemado a lo bonzo a un compañero, pero siempre es un querubín.

Es la época de las graduaciones y licenciaturas, del desfilar de gladíolos y fotógrafos, de los discursos y los "Llegó la hora de decir adiós, decir adiós...", las misas eternas con letanía, incienso y curas que si de ellos dependiera, hablarían en latín.

Y ni se te ocurra ir a comprar. Compras pan en el supermercado, te demoras cinco minutos en envasarlo y pesarlo y unas dos horas en pagarlo. Y eso que es la caja expreso. Cuando se era estudiante, se recurría al ingenio para regalar algo. Papel lustre, poemas, cola fría, cartulina, flores secas ¡Cualquier cosa! Pero después, casi inevitablemente y aunque reniegues de eso, te conviertes en alguien de absolutos gustos burgueses. Y no te basta un saludo y una tarjeta. Debes comprar, regalar "alegría" envuelta en papel dorado y cintas. Si antes eras feliz con las papas cocidas, ahora no aceptas otra cosa que papas duquesas. Antes bebías vino o cerveza, luego pides un Baileys. Y hay quienes piensan que hasta el cuesco de la aceituna es de rotos. Diciembre, el mes de los créditos de consumo, las tarjetas y la guerra de las tiendas. Y uno, cual tonto que es, dentro de esa centrífuga sin poder (o querer) escapar.

Debo reconocer que me gasté casi todo el aguinaldo en regalos. Me he defendido de mi sentido común y mi conciencia diciéndole que al menos, no he sido egoísta, pues no compré nada para mí, sino que para otros. Pero es no es tan así. En el fondo, aunque nos duela, regalamos porque queremos ser más queridos, valorados. Nos gustan los "¡Gracias, para qué te molestaste!" Nos gusta saber que nuestro regalo es mejor que el de alguien más. Así somos, lamentablemente. Eso no nos hace malos, solo imperfectos.

Dentro de toda esta vorágine, entre la champaña puesta a enfriar y los fuegos artificiales que pronto estallarán, al menos, me di el tiempo de hacer algo que me permitiera estar en contacto con mi interior y con la realidad que representa diciembre. Aparté un poco de mi aguinaldo y compre una figuras de yeso del Nacimiento. Desempolvé pinceles, compré témpera y barniz y pinté mi propio pesebre. Quedó horrible. Pero, por lo menos, me acordé que en esa tosca figura de yeso de un niño nacido en un establo, estaba la razón de muchas cosas. Allí estaba la Verdad, esa con mayúsculas. Ahí estaba la raíz primera de mi querer estar con mi familia y seres queridos, de mi querer regalar cosas. En el fondo de mi corazón ( y en el de muchas otras personas) estaba Jesús recién nacido, quizá cubierto de algo de egoísmo y vanidad, pero presente aún.

No permitas, Niño, que te saque alguna vez de allí.


miércoles, 13 de diciembre de 2006


Adiós general...
(Sí, sin coma)

Es raro, pero lejos de lo que creí, al enterarme de la muerte de Pinochet no sentí lo que durante años creí que sentiría. Se produjo en mi una total indiferencia, como si el otrora dictador ya hubiese estado muerto desde hacía años y no fuese más que un mal recuerdo. Pero no, como escuché por ahí, el ansiado "Día del níspero" fue el domingo 10 de noviembre del 2006.

¡Qué cosas hemos visto a causa de la acertada ocurrencia de Pinochet de morirse! Personalmente, no me alegré de que muriera, no puedo alegrarme de la muerte de ningún ser humano, incluso de alguien como el Capitán general II (Pobre O'Higgins, debe revolcarse es su tumba), que hizo méritos suficientes para escapar a la categoría de "ser humano". Pero, obviamente no sentí ni una pizca de pena. Aunque a momentos casi me conmovía con esa expresión de "tata bueno", me bastaba con acordarme de los degollados, de los quemados, de los exiliados, de los desaparecidos y de muchas señoras con una foto colgando en el pecho que se murieron esperando encontrar a su hijo o a su marido, para volver a la realidad de que detrás de esa máscara beatífica no había más que un tirano reducido a escombros.

Es cierto que cristianamente no era quizá correcto destapar champaña en la Plaza Italia, pero me produce mil millones de veces más horror ver a la clase de adherentes pinochetistas que se agolpaban a las puertas del Hopital Militar. ¡Cuánto odio, Dios mío! Viéndolos a ellos, no me cabe duda que la tortura y los homicidios de Estado podrían vover a sucederse. Viendo y escuchando a quienes formaron parte del gobierno militar, justificando lo injustificable. ¡Señores, ningún avance económico vale lo que una persona! Aquí, simplemente se mató e hizo desaparecer a quienes no le llevaran el amén al gobierno.

He escuchado también a muchos que dicen que Pinochet hizo tantas cosas malas como buenas. Con el respeto que me merece esa opinión, disiento de ella por los siguientes motivos:

1. El supuesto "milagro económico" de Chile, impuso un modelo que nos alejó de los valores humanistas y cristianos que teníamos. Ahora se valora la competecia y el éxito por sobre la solidaridad y el estoicismo. El modelo de los "Chicago boys" hizo más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, acrecentando las diferencias en la distribución de la riqueza. Si ahora tenemos más cosas no es necesariamente porque seamos más ricos o mejor valorados, sino porque el "chorreo" es muy grande.

2. La "modernización del Estado", que en el fondo fue una reducción. Es cierto que el Estado no tiene por qué participar en todos los sectores productivos, pero también es cierto que eso no justifica las privatizaciones "dudosas" de empresas estatales vendidas a "precio de huevo". Además, el estado se desligó de sus responsabilidades más básicas de una manera atroz, como sucedió con la educación, la salud y la vivienda.

3. De la constitución, mejor ni hablar. A Dios gracias, pudo ser reformada. Los militares SIEMPRE deben estar subordinados al poder civil. El sistema binominal es casi decir: "puedes ser gris claro o gris oscuro, pero nunca negro o blanco". Nada más antidemocrático.

Podría enumerar muchas más razones pero no tiene sentido hacerlo aquí y ahora. Lo importante es decir que siempre que el mundo tiene un dictador menos, se convierte en un lugar un poco mejor. Querámoslo o no, nuestra vida fue, es y será por mucho tiempo más, influenciada por Pinochet y lo que hizo. Los jóvenes que dicen que no "están ni ahí" con él porque no lo conocieron se equivocan: muchachos, la sociedad en la que viven en gran medida es producto de 17 años de dictadura, por lo mismo, valoren y aprovechen su libertad.

Con Pinochet se muere un trozo doloroso de nuestra historia. Que nos sirva de lección para no cometer los mismos errores, para valorar la democracia y la libertad. Para respetar a nuestros hermanos, para aceptar las diferencias. Para trabajar juntos por la verdad, por la justicia, por la solidaridad. Para que nunca exista el olvido, pero sí el perdón. Solo así, algún día, podremos sentirnos ciento por ciento orgullosos y dichosos de ser chilenos.

Y que Dios, en su infinita misericordia, se apiade de esa pobre alma... porque lo va a necesitar.